Martín Aguirre
Martín Aguirre

La heladera y el horno

Ana Olivera tuvo durante sus cinco años en la IMM un mechón de pelo rojo. Al parecer, una idea de su amiga Marina Arismendi para facilitar que fuera identificada por la gente, cosa que dice mucho sobre su imagen política al asumir. A su salida del cargo, el pasado miércoles, le dejó de regalo a su sucesor Daniel Martínez un mechón de pelo violeta. Más allá de la enigmática significación del gesto y los colores, debe ser de lo poco que le deja a favor al nuevo intendente.

Ana Olivera tuvo durante sus cinco años en la IMM un mechón de pelo rojo. Al parecer, una idea de su amiga Marina Arismendi para facilitar que fuera identificada por la gente, cosa que dice mucho sobre su imagen política al asumir. A su salida del cargo, el pasado miércoles, le dejó de regalo a su sucesor Daniel Martínez un mechón de pelo violeta. Más allá de la enigmática significación del gesto y los colores, debe ser de lo poco que le deja a favor al nuevo intendente.

Hacer un balance sobre la gestión de Olivera es difícil. Más que nada porque el lado humano que dejó entrever en este tiempo bajo los reflectores, fue el de una persona agradable, tranquila, dialogante y mesurada. Nada que ver con el perfil habitual de los dirigentes del Partido Comunista que integra. Pero si se logra dejar de lado la imagen personal, la ecuación se hace más fácil.

El Montevideo que hereda Martínez parece tierra arrasada. La limpieza deja todo que desear, el tránsito es cada vez más caótico, el estado de las calles es de malo para abajo, la seguridad vial da pena, el transporte público no ha mejorado sino más bien todo lo contrario, y el ordenamiento territorial sigue mostrando problemas sin solución a la vista.

Si analizamos el costado financiero, la cosa se pone todavía más dramática. El déficit crónico de la intendencia (que viene en rojo al menos desde tiempos de Tabaré Vázquez) se duplicó durante la gestión de Olivera, y en 2014 llegó a 140 millones de dólares. Y no será por falta de recursos, ya que cuenta con un presupuesto de US$ 653 millones al año. O sea casi dos millones al día. Que no solo no le son suficientes sino que cada uno de esos días debe pedir prestados otros 100 mil dólares para poder abrir sus puertas.

Más allá de lo cuantitativo, hay hechos puntuales que agravan el rojo en el balance de la última intendenta. Hechos como el derrumbe del Cilindro Municipal, (provocado por una decadencia y abandono que fueron alertados por varios expertos) y los sucesivos fallidos intentos de construir algo, lo que fuere, en el predio.

El fracaso del Corredor Garzón, a un costo millonario, debido a carencias de planificación y ejecución, que obligaron a dejar en suspenso todo el plan de movilidad urbana. Los conflictos sangrientos con Adeom, los choques con las empresas de transporte, la falta de respuesta al crecimiento del parque automotor, etc, etc, etc.

Del lado positivo del balance tan solo se pueden señalar algunas modestas ciclovías, alguna plaza, y el Mercado Agrícola, proyecto que en verdad comenzó en 2006, y que se pudo llevar adelante gracias a fondos de la cooperación española y al empuje de su primera directora, Beatriz Silva.

Los balances son siempre subjetivos, y alguien podría decir que hay razones personales, ideológicas o hasta de género para criticar a Olivera. Sí, hay gente que ha llegado a decir eso. Pero los números fríos muestran que se retiró con un 46% de desaprobación, la cifra más alta para un intendente capitalino en 30 años. Incluso dentro de los votantes del Frente Amplio un 31% la desaprueba.

Pero también es necesaria una puntualización. Parece injusto cargarle las culpas a Olivera por todos los déficits de su mandato, sin recordar cómo se dio su arribo al cargo. A fin de cuentas, hablamos de una dirigente política casi sin notoriedad pública al momento de su elección, que tenía apenas alguna experiencia de gestión en el Mides y en la propia IMM pero en cargos de una escala incomparable.

Y sin embargo, debido a un pacto cupular entre el MPP y el Partido Comunista, con el trasfondo del doble “complot” para derrocar las candidaturas de Astori a la presidencia, y Daniel Martínez a la IMM, terminó sentada en lo que es el segundo puesto electivo de mayor responsabilidad del país.

Una dirigente poco conocida, sin demasiada experiencia ejecutiva y con un peso político propio muy magro. Culpar por los resultados a la vista a nadie más que al electorado montevideano y a quienes la entronaron por motivos de calculo político menor, resulta una verdadera injusticia.

Ahora se abre la era Daniel Martínez, y más allá de cualquier diferencia política o ideológica, se hace con una cuota de optimismo mayor a lo visto en muchos años. Es una figura pujante y que parece haberse rodeado de gente elegida más por preparación y eficiencia que por cuotas y compromisos políticos. Tendrá por delante desafíos muy duros, y no hay garantías de su éxito. Pero hay un par de cosas a su favor que nadie puede discutir. Tiene experiencia de administración previa y un peso político propio como para asumir un cargo tan importante. Y no es alguien que tendría que pintarse el pelo para que la gente lo ubique. ¡Menos mal!

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