Martín Aguirre
Martín Aguirre

Un Gulag para el tanguero

La reunión cotidiana para definir la tapa de un diario suele ser un canto al cinismo. No es que los periodistas (todos) sean mala gente. Pero cuando cada día la charla profesional va por el lado de cuantos muertos dejó el último atentado islámico, el aumento de los accidentes de tránsito, o la serie diaria de “ajustes de cuentas”, poco a poco se va perdiendo la capacidad de sorpresa ante la vileza humana.

La reunión cotidiana para definir la tapa de un diario suele ser un canto al cinismo. No es que los periodistas (todos) sean mala gente. Pero cuando cada día la charla profesional va por el lado de cuantos muertos dejó el último atentado islámico, el aumento de los accidentes de tránsito, o la serie diaria de “ajustes de cuentas”, poco a poco se va perdiendo la capacidad de sorpresa ante la vileza humana.

Por eso, cuando hay un grupo de periodistas reunidos, y una noticia levanta las cejas y dispara polémica, es señal clara de que el tema traerá cola. Y esta semana eso fue lo que pasó con el debate sobre el baile prohibido en la Plaza Fabini.

El asunto comenzó el pasado lunes cuando dos chicas que aguardaban para ingresar a un show de Ana Prada decidieron cruzar la calle para tirar unos pasos de baile en la tradicional “milonga” que tiene lugar en esa plaza. Ahí explotó el escándalo.

Según denunciaron las jóvenes, un señor mayor se les acercó, y en tono poco amable les expresó su molestia por el hecho de que bailaran dos mujeres juntas. No contento con eso, elevó la apuesta, y les habría dicho a viva voz que allí no se aceptaban “maricones ni tortas”, lo cual recibió un cerrado aplauso de los presentes, en su abrumadora mayoría gente de edad elevada y poco afecta a las “agendas de derechos” y a los cambios sociales actuales.

El impacto que generó la noticia es un reflejo muy expresivo de algunos de los problemas que enfrenta el Uruguay de hoy.

Por un lado, el hecho causó un repudio sonoro de activistas, políticos, y comunicadores representantes de la vanguardia reformista que hoy reina intocable en la sociedad uruguaya. Por otro, la postura irredenta del tanguero y su esposa, cuyo nombre artístico es el muy apropiado Yunta Brava, generó la simpatía discreta de una cantidad de gente que si bien no suele exteriorizar su postura, mira con recelo la ola de modernidad que en estos temas se viene imponiendo aceleradamente en el país.

Pero lo más impactante fue la reacción del poder.

La Intendencia de Montevideo, por ejemplo, salió con rapidez propia de tiempos de campaña a condenar al responsable del acto de segregación. Le suspendió el permiso, le exigió un arrepentimiento público, y hasta que asista a cursos de “formación en políticas de género e inclusión”. Una reacción que parece pariente de los campos de reeducación de los tiempos del socialismo real. Sería apasionante poder ser testigo de como funcionan esos cursos para convertir en un par de semanas a un tanguero de 75 años chapado a la antigua, en alguien aceptable por los cánones políticamente correctos de hoy. ¿Incluirá aplicaciones eléctricas a lo Pavlov? ¿Un postgrado en el Cabo Polonio, tal vez?

Igual o más chocante fue la respuesta de la senadora Constanza Moreira. Con ese tono tan suyo, que mezcla arrogancia, una pizca de desprecio, y una convicción poco humana acerca de donde está el bien y donde el mal en la sociedad, dijo que el tanguero era un “cavernícola”, y que ese género musical tiene un claro componente machista y paternalista.“Queremos otro tango y otros bailarines”, afirmó, y criticó al tango porque “no ofrece una imagen de mujer autónoma y de avanzada”. Menos mal que no se ha puesto a leer letras de rap.

Es curioso. Hasta no hace mucho, las concepciones “progresistas”se caracterizaban por una apertura y una tolerancia hacia las distintas formas de vida y de pensamiento. Y veían como su mayor enemigo a los “fachos” que pretendían que todo el mundo compartiera sus mismos valores. El mundo ha cambiado tanto...

Dejando de lado ironías, el tragicómico episodio deja un par de lecciones. Por un lado, está claro que en los tiempos que corren todo tipo de discriminación de género, racial o sexual, es inaceptable, y especialmente en un espacio público. Con eso no puede haber negociación.

Ahora bien, parece evidente que en muchos casos hay matices que generan estos cambios, que demandan un tiempo de adaptación por parte de la sociedad. Que no se le puede exigir a gente de cierta edad, que construyó toda su vida en base a cánones radicalmente distintos, que de un día para otro se suban al carro de estos cambios, y los tomen como propios. Algunos lo harán a su ritmo, otros nunca. Es la ley de la vida.

Con un agravante, si durante mucho tiempo las parejas gays o las minorías raciales fueron el lado debil que sufrió la discriminación y la segregación, hoy por suerte ya no es así. Y si hay un sector que padece una exclusión es el de la gente de edad avanzada. Que una de las pocas actividades públicas que tienen en esta ciudad, donde reunirse y pasar un buen rato, termine aplastada por una reacción destemplada de la patrulla bienpensante, con auspicio de una autoridad política, parece cuando menos un abuso. Algo como para generar incomodidad hasta en el más cínico de los periodistas.

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