Martín Aguirre
Martín Aguirre

Gavazzo, la ignorancia y la mala fe

El periodismo tiene muchos enemigos, adentro y afuera. Los de afuera son más fáciles de detectar: políticos, empresarios, líderes de ONG, gente que tiene algo que esconder, o cuya exposición pública podría perjudicar un interés reñido con la ley o la moral.

Pero los más dañinos son los de dentro, los que buscan usar esta profesión como medio para otros fines.

El escándalo por la entrevista a José Gavazzo mostró sin careta la forma de operar de ambos, pero sobre todo de los segundos.

Empecemos por el principio. Gavazzo, más allá de opiniones personales, es una figura de (trágico) relieve histórico en el país. En los últimos meses ha estado en los titulares de todos los medios por la polémica sobre su tribunal de honor que le costó el cargo a seis generales y a la cúpula del Ministerio de Defensa. Su testimonio era, sin duda, de interés periodístico. Máxime cuando nadie le ha escuchado la voz en 40 años, y cuando la demanda de muchos ha sido, justamente, que esta gente hable.

Pues Gavazzo habló. En una entrevista a fondo, donde se le consultó todo lo que había que preguntar, y se lo presentó acompañado del contexto necesario para valorar sus palabras. Es más, se publicaron hasta los audios con su propia voz hablando de torturas, de desapariciones, de todo. Un testimonio de valor histórico.

Se trató de un trabajo periodístico duro, exigente, y sin ninguna objeción técnica posible. De hecho, no la hubo. Pero sí hubo una ola de ataques, agravios, y todo lo que ha caracterizado a cierta forma de entender la política y el periodismo de parte de gente que se siente con derecho a ejercer de juez de la moral y el trabajo ajeno.

Los ataques estuvieron centrados en dos aspectos: uno sugerir que el publicar el testimonio de Gavazzo significaba en cierta forma adherir a sus conceptos. El segundo, que sería “dar voz” a un represor, autor de delitos de lesa humanidad, o como dijo el presidente del Frente Amplio, Javier Miranda, “sería como si un medio hubiera entrevistado a Hitler”.

Que Miranda no entienda nada sobre periodismo es lógico. Es un señor con una admirable carencia de sentido del ridículo, que ha justificado las manipulaciones informativas más burdas. Sin embargo, sus expresiones han tenido siempre espacio en El País, lo cual está lejos de significar una adhesión de parte de jerarcas o periodistas.

Con poco esfuerzo (para una persona normal), Miranda podría comprobar que algunas de las entrevistas más removedoras de la historia han sido a personajes despreciables. Son legendarias las entrevistas de Oriana Falacci con Galtieri o el Ayatolah Jomeini. Barbara Walters con Fidel Castro; Dan Rather con Saddam Hussein; Lisa Howard con el Che Guevara. De hecho, existe una interesante entrevista al propio Hitler, realizada por George Viereck en 1923, que siempre se dijo que de haberse leído en su tiempo con más atención, tal vez hubiera evitado mucho de lo que pasó luego.

El legendario periodista mexicano Julio Scherer, autor de una memorable entrevista con el Subcomandante Marcos, dijo una vez: “Si el diablo me ofrece una entrevista... voy a los infiernos”.

Por eso es rara la crítica de personas que se definen como periodistas. Su postura ha sido que nadie debe oír lo que tiene para decir el exrepresor, y condenan lo que llaman “periodismo de las dos campanas”. Una figura de gran abolengo oficialista dijo literalmente: “Yo no necesito saber lo que dice Gavazzo”.

Pero... si algo define a un periodista es, justamente, su ansia de saber. Su necesidad de entender la naturaleza humana, para lo cual es necesario explorar sus picos más altos y sus valles más profundos.

El no querer saber explica una visión ideológica que viene repitiendo los mismos errores desde hace un siglo. No quiso saber lo que pasaba tras la Cortina de Hierro (y vaya si había avisos), como no quiere hoy saber lo que ocurre en Venezuela.

El no querer saber explica que se vea al periodismo como una herramienta para imponer dogmas, no para abrir las mentes. Una persona tiene todo el derecho del mundo a no querer saber. Lo que no tiene es derecho a imponer esa sed de ignorancia a sus colegas y conciudadanos.

El no querer saber explica una forma de entender el debate público en el que la gente no está preparada para sacar sus propias conclusiones, sino que precisa de una “elite” que le filtre las cosas, no se vaya a pervertir.

El no querer saber explica que para algunos es más cómodo pretender que Gavazzo no es un ser humano, sino un villano de cómic sobre el que descargar culpas y responsabilidades sin necesidad de analizar contextos ni detonantes.

Otros prefieren (preferimos) saber. Intentar entender. Más que nada para ver qué se puede hacer para que algunas cosas no vuelvan a pasar nunca. Por suerte, viendo el impacto y las reacciones a la nota, seguimos siendo mayoría los del segundo grupo. En un momento tan confuso para esta profesión, es bueno tener claro ese detalle.

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