Martín Aguirre
Martín Aguirre

El fenómeno Sanguinetti

Si damos por bueno lo que dicen las encuestas, el fenómeno de este arranque de campaña es el retorno del expresidente Sanguinetti

Y, en combinación con una figura muy distinta, como Ernesto Talvi, del Partido Colorado en su conjunto, que luego de tocar un piso del 4% en algunos sondeos, hoy llega al 14%. Pero el caso de Sanguinetti es interesante por varios aspectos.

El primero tiene que ver con su edad. Vivimos tiempos donde la sociedad occidental experimenta una especie de fetichismo exacerbado por la juventud. Puede deberse a la inquietud por el dramático cambio de hábitos que ha generado la revolución de internet, pero todo el mundo vive obsesionado por lo que hacen los “millennials”, por un culto a la juventud permanente, y hasta por un infantilismo en muchos aspectos que llega a límites papelonescos. Y esto dicho por alguien que al cumplir 40 se autorregaló un skate, pero bueno...

Es verdad que Uruguay es un país envejecido, que hoy tenemos un presidente de 80 años, y dos líderes como Mujica y Astori, que también rondan las ocho décadas. Pero lo de Sanguinetti es distinto. Porque más allá de sus incursiones en Facebook, el expresidente es el prototipo del líder universalista de los años 70 y 80. Un hombre que cuando habla mecha temas de filosofía, de pintura, de historia, cosas que serían la antítesis de lo que recomendaría un estratega de campaña “cool”. Y sin embargo su receta parece estarle funcionando bien.

Un segundo tema es que Sanguinetti es la personificación de todo lo que la era frenteamplista ha buscado sepultar en la realidad y en la historia política nacional. Expliquemos esto un poco mejor. Si en algo se ha esforzado la hegemonía frentista en los ámbitos culturales y académicos del país, es en instaurar una narrativa que explica que el Uruguay fue un país bueno hasta los años 50. Y que con el inicio de una crisis estructural, surgió por un lado una fuerza política de izquierda, buena y liberadora, a la que se opuso una derecha rancia y autoritaria. Fenómeno que estalló del todo con la crisis del 2002, en la cual alumbró una nueva era luminosa y socialmente (siempre hay que meter lo “social”) refundadora.

Bueno, Sanguinetti es la figura que más perfectamente encaja en el lado negativo de esta historia. Ministro de Pacheco, artífice de una transición tutelada, ejecutor implacable de la ley de caducidad. No le falta ningún casillero para entrar en el bando de los malos. Y sin embargo, pese a una campaña que hasta ha llegado a los textos escolares, su figura parece haber escapado a esa ejecución simbólica.

Un tercer punto interesante es que Sanguinetti, así como calza perfecto en el esquema de demonización recién mencionado, también parte en pedazos los estereotipos ramplones que se han impuesto en el debate político actual.

Según se puede escuchar de boca de cualquier dirigente oficialista, hoy el debate político es entre una izquierda integradora, progresista en derechos sociales, que representa a la cultura, y una derecha tosca, cerril, manejada por el oscuro interés de las iglesias católica o evangélica, y que en lo económico es neoliberal y privatizadora. Tal vez el epítome de este discurso maniqueo e infantil sea buena parte de las consignas escuchadas en la marcha del pasado viernes.

Y sin embargo Sanguinetti te revienta esa dicotomía en dos minutos. En cuanto a formación y cultura general, pocos se le ponen a tiro. Fue el gran artífice del fracaso de la ley de empresas públicas. Nadie lo puede acusar de trabajar para ninguna iglesia. Y cuando el debate del aborto, hasta los frentistas más radicales te confesaban (bajo cuerda y con vergüenza) que la mejor argumentación en el parlamento había sido la del expresidente.

Por último, está el tema de la comunicación.

Sanguinetti ha elegido tres ideas fuerza centrales en su campaña. Habla de que esta elección será entre quienes creen en la democracia y quienes no, y que por eso Venezuela es un tema primordial. Dice que la inseguridad es un fracaso cultural del gobierno, e involucra en esto la ley de marihuana a la que marca como una señal negativa desde arriba en materia de lucha contra el crimen organizado. Y te dice que las políticas sociales han fracasado porque ha fracasado la política social por excelencia, que es la educación. Los tres temas tocan fibras sensibles de la sociedad, pero desde un lugar extremadamente peligroso. Cada vez que Sanguinetti habla de estos temas, Twitter explota de furia, y los periodistas (algunos) se indignan en solidaridad con la sensibilidad supuestamente dominante. Y Sanguinetti nada. Sigue machacando con esas tres cosas. Y le funciona.

Alguien dirá: “pará un poquito, que el PC tiene el 14%, y son probablemente los viejos votantes del partido colorado que vuelven con nostalgia”. Y es verdad. Pero también es verdad que ese crecimiento del Partido Colorado no viene de votantes blancos. Y que más allá de decidir votarlo o no, una cantidad de gente no muy politizada se para a escucharlo. Y le hace sentido mucho de lo que dice. Las consecuencias de esto, de más está decirlo, pueden ser claves en la próxima elección.

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