Martín Aguirre
Martín Aguirre

El feminismo y el ruido

Una confesión. Esta nota padeció doble censura previa. El furor desatado por la denuncia contra un actor argentino de telenovelas debió haber sido analizado la semana pasada.

Pero la sensibilidad estaba tan a flor de piel, que el autor pensó que sería bueno dejar “macerar” el tema unos días más. Una cosa es creer que el periodista debe ir un poco contra corriente. Otra distinta es ser kamikaze.

La segunda “censura” fue más bien un globo sonda. Sabiendo que en el equipo de redacción que se enfoca en la web se halla un núcleo juvenil y sensible a la causa, el autor aprovechó para tímidamente tirar algunas ideas que serían parte de una futura columna. Por un momento, pareció que la piloteaba como un campeón, hasta que la charla derivó en los “acosos” callejeros, los viejos “piropos”. Ahí se fue todo al tacho. Cuando hasta el aguerrido representante de Cerro Largo, hombre, además, te pone cara de condena al hablar de feminismo, es que definitivamente perdiste el centro.

Esta eterna introducción viene a cuento porque, tras ser testigo paciente de toda la indignación y revuelta de este movimiento feminista 3.0, y por más simpatía que se tenga con la causa, hay algo que hace ruido. Ta, lo dije.

Lo primero que chocó fue la propia conferencia de prensa de las actrices argentinas que denunciaron el hecho. Había algo extraño ahí, en ese ambiente festivo, en esos discursos impostados, en el tono de acto de bombo y corneta, cuando se está denunciando algo tan terrible como la violación de una menor, y se está exigiendo la cabeza de un ser humano. Después vino todo ese despliegue exacerbado tan argentino, que terminó por espantar toda empatía.

Es que la segunda ola de furia tuvo elementos alarmantes. Está toda esa concepción un tanto intolerante donde cualquier planteo de reparo ante la justicia de la turba o el escrache público, implicaría poner en duda la versión de la víctima. Algo que solo cabe en una cabeza muy fanática. Si alguien te dice que una persona lo robó, vos le creés, pero eso no implica que para que haya una sanción, se vaya a saltear un proceso que dé garantías al acusado.

No es machismo, es el fruto de siglos de evolución del concepto de derecho en la cultura occidental. En tiempos de facultad, las garantías del debido proceso, y la presunción de inocencia, eran defendidas por los profesores que se definían como “de izquierda”.

Esto trae a colación otros dos conceptos muy vistos en estos días. Por un lado, el de patriarcado, ese sistema pérfido que impregnaría a nuestra cultura. No profundizaremos en ello, pero citando al profesor Jordan Peterson solo aportaremos al debate elementos como que la cultura occidental es la más abierta por lejos a la participación femenina, y que en ella los hombres mueren antes, la mayoría de los suicidios son de hombres, la mayoría de los presos son hombres, la mayoría de la gente sin hogar son hombres, la mayoría de las víctimas de crímenes violentos son hombres... se podría seguir.

El segundo elemento, mencionado por alguna activista local, sería que “no se puede separar patriarcado de capitalismo”. Algo emparentado con el tono ideológico que muchas de las activistas argentinas quisieron imprimir a su presentación. Allí solo cabe repasar la nomenclatura de los países que más ostentosamente han querido separarse de ese capitalismo tan difícil de definir, desde la Unión Soviética a Cuba, desde la China actual a la Bolivia nativista de Evo, el que no come pollo. ¿Alguien se acuerda de haber visto a una mujer en esos gobiernos? Thatcher, Merkel, Condoleeza, Golda, Albright, May, y un interminable etc. se acumulan del otro lado de la cerca.

Existe otro elemento que aporta a generar ruido en todo este movimiento (la palabra campaña fue explícitamente vedada por los compañeros millennials), y es cierta banalización de los postulados. Será sensibilidad personal, pero parece difícil consustanciarse con la denuncia tremenda de una joven que dice haber sido abusada con 16 años, hace nueve, cuando hace el planteo mientras participa de una guerra sin límites por el rating en el programa de Tinelli, tal vez el lugar donde más se ha lucrado con todo lo que más indigna a los activistas.

Asumiendo que ningún movimiento genera este impacto si no está basado en sólidos motivos de fondo, la pregunta que cabe hacerse es qué se puede hacer para traducir toda esa furia e indignación en algo constructivo para la sociedad. Por lo pronto, y viendo algunas sentencias judiciales recientes, modificar el proceso y las penas en casos de agresiones sexuales. También asumir que la velocidad de ciertos cambios sociales que están abriendo a las mujeres roles que antes estaban vedados debiera ser mayor. Pero... ¿que más? Sería clave definirlo, para que tanta energía y pasión puesta en una causa, no se agoten en un fuego que, cuando se apague, no deje nada para los que vengan después.

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