Martín Aguirre
Martín Aguirre

Estampas uruguayas

No parece tener nada que ver una cosa con la otra. 

Pero a poco que se lee entre líneas la reacción de mucha gente ante dos episodios tan distintos como el anuncio del arquitecto Rafael Vignoly de su proyecto para el viejo hotel San Rafael, o las disculpas del cómico Petru Valensky por firmar para el proyecto de seguridad de Larrañaga, se pueden ver algunas cosas en común. Y esos puntos de contacto no hablan bien del estado de ánimo del uruguayo de hoy.

El primer episodio era previsible. El anuncio de un proyecto tan rupturista como el que plantea Vignoly, con una torre de 60 pisos, pasadizo techado para llegar al mar y otra serie de ideas impactantes, causó una tormenta. A la que seguramente agregó virulencia la expresión del arquitecto: "Quiero que Punta del Este sea la nueva Cannes del mundo". Se ve que Vignoly no frecuenta mucho al "nuevo uruguayo".

En el país de los tres millones de directores técnicos y tres millones de periodistas, al parecer también somos tres millones de arquitectos. En menos de 24 horas había decenas de procesos de activismo online para impedir el proyecto, las redes sociales bramaban de indignación, y un mensaje era replicado de distintas formas por cada indignado: "Si ya tenemos el mejor balneario de América, qué viene este tipo a hablarnos de Cannes".

El autor no sabe nada de arquitectura, y sus amigos en esa profesión suelen acusarlo de amante de las "casitas de muñecas" cada vez que les critica esos proyectos helados, de formas modernosas y líneas inhumanas. De hecho la primera vez que vio el edificio emblema de Vignoly en Nueva York, a sus ojos no era más que un pirincho infame con ventanitas de colores que no pegan nada en esa "Ciudad Gótica" que es Manhattan.

Pero de ahí a asumir las cosas con ese nivel de furia hay un salto grande. ¿Por qué la gente se toma esas cosas de manera tan personal? ¿Son todos tan amantes de Punta del Este? ¿Leyeron algo a fondo sobre los motivos y fundamentos de un proyecto así? ¿Están capacitados para opinar del tema con esa contundencia? Al final dan ganas de decir "sí, Vignoly. ¿Sabés qué? Meté 80 pisos. No, 100".

El segundo episodio es más serio y más alarmante. El popular cómico Petru Valensky tuvo la idea de firmar por el proyecto del senador Larrañaga para incluir en la Constitución medidas sobre la seguridad pública, alguien publicó una foto, y se armó... Iba a decir "la gorda", pero en estos días eso capaz es para problema.

El hecho es que Valensky parece haber recibido una andanada de ataques con tal nivel de virulencia, que el actor se vio obligado a publicar una carta donde se explica, se justifica, y termina en algo parecido a un pedido de disculpas, diciendo que "soy el Petru de siempre. El que alguna vez te sacó una sonrisa. Y no soy mala gente... No dejes de quererme".

"No dejes de quererme". Debe haber pocas expresiones que muestren más claro el nivel de demencia en el que se ha sumido al menos una parte de la sociedad uruguaya actual. ¿Por qué alguien tiene que disculparse por tener una determinada postura ante un tema de impacto social como ese? ¿Quién se cree con derecho a juzgar moralmente a alguien por pensar distinto? ¿Acaso esa gente tiene una solución perfecta al problema de la seguridad como para ensañarse con quien quiere probar algo diferente?

Pero lo más grave es lo de Valensky. Porque ese pedido relamido de disculpas es una muestra del nivel de asfixia que esa censura social colectiva, impuesta por grupos de fanáticos a través de las redes sociales y medios paralelos, impone en alguna gente. Y no en cualquiera.

En alguien como Valensky que ha sido por años una figura de la contracultura, que no ha tenido miedo de chocar de frente con los estigmas y estereotipos de esta sociedad aldeana y muchas veces fascistoide. Pero que ahora se siente obligado a agachar la cabeza y pedir perdón por ejercer un derecho democrático y tener una postura en un tema de políticas públicas. "Soy el Petru de siempre"...

A los más ilustrados esto les recordará el caso del escritor cubano Heberto Padilla, quien tras osar plantear críticas a la revolución, fue forzado a hacer un vergonzante "mea culpa" frente a un tablado de colegas, episodio donde al parecer nuestro Mario Benedetti cumplió un papel poco edificante.

En los hechos, esto ilustra sobre como funciona un afinado aparato de presión social, que algunas visiones políticas han adoptado con singular éxito, apoyadas en ese gran miedo atávico que tiene el uruguayo medio a sobresalir. A perder la simpatía del grupo, del "colectivo", como gusta decirse ahora. Aunque ese colectivo se haya vuelto una manada intolerante, gris, conformista y pueblerina. Con una visión tan enamorada de sí misma que castiga con la máxima sanción a cualquiera que ose cuestionar que Uruguay es el mejor país del mundo mundial.

Todavía falta la euforia de Rusia. ¡Y agarrate para la campaña electoral!

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