Martín Aguirre
Martín Aguirre

El enigma de Miguel Toma

Obviamente, no dudas morales, dudas legales”, dijo el presidente Lacalle Pou, para explicar su pedido de investigación acerca de los viajes oficiales del exsecretario de Presidencia Miguel Ángel Toma.

La picardía de Lacalle Pou, al supuestamente obviar todo el aspecto moral que es la comidilla de medio país luego de que se filtrara la imagen de Toma, disfrazado de “tiffosi” de la Roma junto a una sonriente señorita 40 años menor, solo aumenta la potencia de los reflectores que hoy enfocan al exjerarca.

Y si hay algo que Toma parece odiar más que un vampiro, es la luz de los reflectores.

Pero la historia del exjerarca tiene demasiados ingredientes jugosos como para escapar de esa luz, particularmente porque ha desarrollado casi toda su vida profesional a la sombra del poder público, con requiebres que matarían de envidia a Messi, y salvadas que ya quisiera Munúa. Perdón, Ana Laura, por la referencia futbolera.

Es que, como se ha refrescado en estas horas, Toma empezó su vida política en el Partido Colorado y tuvo altas responsabilidades en el gobierno de Jorge Batlle. Luego, tras emitir un fallo que benefició a Tabaré Vázquez en una investigación del Ministerio de Salud, se sumó a las gestiones frentistas en un camino que siguie-ron otros principistas del parti- do como Alberto Scavarelli o Glenda Rondán.

Pero, a diferencia de estos dos, figuras de reparto menor, Toma llegó a ocupar tal vez el cargo más influyente en el gobierno. Y no una, sino dos veces. Es más, mucha gente ha señalado que durante el último gobierno de Vázquez, donde el presidente sufrió un notorio derrumbe tras el conflicto en la enseñanza, y luego varios golpes personales serios, Toma fue quien ejerció el poder en las sombras. Sí, de nuevo las sombras...

Un primer informe que daba cuenta sobre su influencia y ascenso económico lo publicó el semanario Búsqueda hace unos años. Allí se evidenciaba el llamativo poderío económico de Toma, y la forma extraña en la que, pese a cultivar un riguroso perfil bajo, en algunos ambientes gustaba jactarse de tener un auto tan selecto que no estaba en el mercado. O de vivir en un barrio privado en Punta del Este. Una prosperidad encomiable para un abogado venido de Artigas y que había hecho casi toda su carrera en la administración pública. También se hacía notar la forma en que todos en el gobierno le tenían un temor casi reverencial a su figura.

Pero, sin dudas, su momento más complejo fue con las famosas actas del Tribunal de Honor militar de José Gavazzo, de las cuales el exministro Menéndez le informó frente a testigos de los hechos allí narrados, pese a lo cual nunca elevó el tema a la Justicia. ¿Por qué? Nunca se sabrá. Pero sí se supo que con tal de cubrir su omisión, el gobierno de la época llegó a defenestrar al pobre Menéndez que estaba en su lecho de muerte.

Es así que el enigma de Toma no es solo uno. Son muchas las preguntas que deja sobre la mesa, y aunque a las senadoras Topolansky y Cosse les parezcan irrelevantes, el lector compartirá con quien escribe que tienen bastante interés público.

Por ejemplo, ¿cómo hace una figura política de un gobierno como el de Jorge Batlle para prosperar en una gestión netamente refundacional, como la que impulsó el FA a partir de 2005?

¿Cómo hace alguien que trabaja en el Estado desde 1997 para tener ese nivel de vida?

¿Cómo hace un jerarca que no es genéticamente del FA para salir indemne de un escándalo como el de Gavazzo, y que un presidente socialista prefiera encajarle el fardo de la culpa a un agonizante ministro de su propio sector?

¿Cómo hace un jerarca del FA, para seguir orondo tras ponerse del lado de Paco Casal en un caso que implicaba pérdidas millonarias para el Estado, y no pagar ningún costo interno?

¿Cómo hace un funcionario de un partido que ha dicho hasta el cansancio que terminó con los acomodos y las “tarjetitas”, para hacer entrar a dedo en el Estado a una contadora recién recibida? ¿Y cómo hace para que esa misma contadora recién recibida sea seleccionada para acompañarlo a viajes oficiales de temas tan diferentes como los derechos humanos o Aratirí?

¿Viajan siempre en ejecutiva los funcionarios de Presidencia? ¿Pagan siempre 1.700 dólares los pasajes en turista a Europa?

¿Cómo es que la Jutep no se sorprendió de que viajara una delegación oficial a Italia para trabajar en un caso cuyo fallo estaba decidido desde hacía ya varios meses? ¿O que se precisara una contadora para un asunto donde no había nada patrimonial en juego?

¿Cómo se sienten las organizaciones de derechos humanos de que alguien usara su causa para irse de paseo a Europa bien acompañado, a costo del contribuyente?

Nos quedamos sin espacio. Pero si alguien logra responder algunas de estas preguntas, no so- lo habrá dilucidado el “enigma Toma”; habrá también echado luz sobre algunas de las zonas más opacas del funcionamiento del Estado en los pasados 15 años.

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