Martín Aguirre
Martín Aguirre

Enemigos íntimos

Cuando el panorama político local exaspera, una buena opción era mirar televisión de Argentina o de Brasil. Comparado al nivel de virulencia, enfrentamiento, y chatura que domina el debate público en ambos costados, nuestras aldeanas discusiones parecían de un nivel ateniense. Ya no más.

"Ojalá que lo que te paguen por mandadera del enemigo te ayude a cuidar a tu familia por lo menos". Ese es el mensaje que el director de Artes y Ciencias de la intendencia de Montevideo envió a la presidenta del gremio municipal. Toda una muestra de cómo se deben manejar las artes y ciencias en una comuna que, dicho a la pasada, sigue sin poder mostrar una ciudad mínimamente limpia.

Pero lo interesante, (o deprimente) es el uso de la palabra "enemigo" por parte de un dirigente político para referirse a un simple rival electoral. Claro, se podrá decir que el emisor del mensaje es una figura política inexistente en el escenario nacional. Y es verdad. Pero el mencionado lejos está de ser un caso aislado, en un panorama político que se muestra cada vez más exasperado.

Un episodio bastante más trivial confirma esta sensación. La semana pasada, El País celebró 100 años de vida, y pese a la general invitación a jerarcas y legisladores del oficialismo, ni uno solo logró acercarse hasta el Auditorio del Sodre, donde el cuerpo de ballet realizó una presentación especial para un nutrido grupo de personalidades de la sociedad uruguaya. Mención especial para el presidente del Sodre Doreen Ibarra, que sí dijo presente. A ver, no se trata de ofensas o que nadie tuviera la obligación de asistir. Pero son pocas las instituciones que llegan al siglo de vida, y parte de las responsabilidades de la vida pública implican a veces tragarse un sapo y juntarse con gente a la que tal vez uno no quiera demasiado. Que no todo puede ser canapés y paseos con chofer.

En el caso de El País, además, se da un hecho particular. Nada disfrutan más muchos dirigentes del Frente Amplio que quejarse de su cobertura e inventar complots y conspiraciones. Sin embargo, no hay uno que no haya sido entrevistado, o que su punto de vista no haya aparecido reflejado con propiedad en sus páginas en estos años. Es más, El País tendrá una línea editorial cercana al Partido Nacional, pero en una sociedad donde ese partido solo ha gobernado tres veces en el siglo de vida del diario, la popularidad del mismo, particularmente en sectores urbanos y clase media que son masivamente votantes del Frente Amplio, deja ver que su tarea no puede haber sido tan flechada. ¿Entonces?

A todos nos pasa que en el fragor de la tarea cotidiana, y a veces debido a las prisas que implican la tarea política y la periodística, podemos perder el centro. El autor recuerda siempre con culpa una columna que escribió tras la primera vuelta electoral de 2014, cuando el hoy presidente Vázquez lanzó una batería de medidas vestido con un traje negro retinto, con un exagerado trabajo de maquillaje blanco. Y en un rapto de pretendido ingenio lo comparó con Bela Lugosi. Desde ese día, carga con el convencimiento de haber cruzado una línea de respeto a una figura política que no debió haber pasado.

Ahora bien, ¿en qué momento el clima histórico de respeto en el debate político uruguayo se empezó a perder? ¿Por qué nos parecemos cada vez más a los peores ejemplos de la región?

La primera tentación es culpar al expresidente Mujica, y la forma impostadamente populachera a la que apela para comunicarse, en la cual parece tener barra libre para decir cualquier cosa. Pero los más memoriosos podrán recordar al exministro Juan Castillo y sus invectivas poco caballerescas respecto al expresidente Jorge Batlle en tiempos de la crisis del 2002. Y tantos otros episodios, sin hablar de cuando la violencia era la forma de intercambio político más habitual en los 60 y 70.

Hay dos preguntas que hacer-se respecto a esto. ¿Se trata de un fenómeno generalizado que atraviesa filas y partidos políticos? El autor se esfuerza por recordar casos semejantes de parte de dirigentes de la actual oposición, y no los halla. La segunda, ¿por qué hay gente que cree válido endilgar a quien defiende un camino distinto para lograr el bienestar general, mala fe o instintos negativos como para ingresar en este tono?

Sobre todo porque, primero, en un sistema democrático no hay mejor receta para el éxito electoral que lograr mejorar la calidad de vida de la mayor parte posible de sociedad. Y, segundo, porque nadie ha descubierto una receta mágica que asegure el éxito en esta tarea, por lo cual los países a los que mejor les va son aquellos que logran alternar políticas distintas, según lo que la coyuntura del momento demande.

Si este es el tono hoy, y si los dirigentes políticos que tienen (algo de) formación, (algo de) cultura y experiencia, no logran imponer un debate respetuoso tolerante y civilizado, ¿qué se puede esperar de aquellos que los siguen?

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