Martín Aguirre
Martín Aguirre

Devuelvan el fútbol

Señor, señora, si usted llegó a esta parte del diario huyendo de la hegemonía futbolera asfixiante, disculpas. Pero la pasión redonda que desborda al país por estos días ha destapado un problema grave que se impone denunciar. Y que no se hará desde las páginas de Ovación.

Hablamos de la invasión y conquista del tradicional debate futbolero por parte del intelectualismo "progre". Déjeme explicarme. Si algo hace apasionante al fútbol es que no hay verdades absolutas. Las mejores teorías, las estadísticas más rebuscadas, los análisis más calificados, suelen quedar en offside ante los eventos más impensados. El mejor jugador del mundo no toca la pelota en dos partidos; Arabia le pega un susto a Uruguay; Alemania pierde con México.

Esta realidad anticientífica hizo que el fútbol fuera un campo abierto para las discusiones más estériles y entretenidas. Usted podía tener en un mesa al Dr. Amadeo Ottati, catedrático en Derecho Penal, y a Alberto Kesman, catedrático en estaños y destilados, y nadie tenía la verdad comprada.

Esto habilitaba otra cosa importante: nadie estaba libre de la crítica. En este país donde el fútbol es una religión, ni obispos como Obdulio Varela, Schiaffino o Ruben Sosa han escapado al filo de la lengua del feligrés uruguayo.

Hoy en día, el debate futbolero ha sido copado por estos estamentos seudointelectuales que solo hablan del "proceso", usan expresiones exóticas como "buen pie", y festejan cada obtención del premio al fair play. Pero tal vez lo peor, es que han traído al noble caos que era cada discusión sobre fútbol su aburrida e implacable noción del bien y del mal. Tabárez es un dios, y cualquier tipo de crítica es una ofensa a la patria. La selección es la máxima expresión de la Nación, y si juega mal y usted llega a decirlo, se convierte en agente encubierto de Paco Casal.

¡Hasta El País escribe editoriales elogiando la dicción y buenas maneras de los jugadores! Definitivamente, esto es el fin.

¿En qué momento comenzó este proceso degenerativo de consecuencias imprevisibles?

Tal vez haya que culpar al propio Tabárez y su tendencia a destinar las conferencias de prensa a dar profundas lecciones filosóficas sobre el alcance de la vida y de los sueños, en vez de comentar sobre las bondades del 4-4-2.

Tal vez hay que culpar a Galeano, verdadero pionero a la hora de intelectualizar sobre el fútbol, en tiempos en que la mayoría de sus avinagrados pares lo consideraban un opio de pueblos, que entorpecía la llegada de la revolución.

O de repente hay que culpar a las universidades privadas, que han lanzado elaborados cursos sobre periodismo deportivo, nutriendo el éter de comentaristas más habituados a leer la revista Anfibia que El Gráfico, a Fernández Moores más que a Horacio Pagani.

El profe Sanabria, lúcido analista del sitio web El Aguante ha definido esta nueva ola de seguidores del fútbol uruguayo, surgidos tras el exitismo del 2010 como "calendaristas", en referencia al icónico calendario en el que Palito Pereira o Muslera posaban con gestos en las antípodas de la rusticidad y aspereza que han sido marca de orillo de nuestros jugadores.

Pocos hechos han ilustrado mejor esta decadencia del análisis futbolero nacional que lo ocurrido en la conferencia postpartido con Arabia, donde un periodista uruguayo invirtió eternos minutos en derretirse en melosos elogios a Tabárez, robándole al DT uno de sus placeres máximos, como es destratar a los que le preguntan. Y forzando al traductor a exigir la concreción de una pregunta, con el tono que usan los americanos para decir "consíganse una pieza" cuando ven a dos amantes demasiado acaramelados en la vía pública.

Otro problema, la irrupción de exjugadores con galones inapelables como Forlán y Abreu, que dejan escaso margen para los deliciosos disparates que tanto placer daban en tiempos de Ruben Casco o Julio César Gard. Y hasta pretenden hacernos sentir empatía por Messi y aflojar con la crítica porque al final "son seres humanos".

¡No! No son humanos. ¡Son jugadores de fútbol! Y si ganan los millones que ganan es porque se dedican a una profesión que vive de la irracionalidad de la gente. Cuando compran el paquete, lo compran para las buenas y para las malas. Que los triunfos no serían tan gloriosos sin su contrapartida de miseria y fracaso. Y que el mejor cirujano del planeta no gana en su vida lo que Cristiano en un mes.

¡Basta de todo esto! Recuperemos la irracionalidad sagrada que siempre ha rodeado al fútbol, de las garras de esta especie de "constanzamoreirismo" que nos lo ha robado. Que canal 5 le dé otro programa a Sandino Núñez, que Zizek saque otro libro, que Pablo Iglesias concrete la revolución en España desde su chalet con piscina y casa de huéspedes. Queremos putear a Tabárez un minuto y endiosarlo al siguiente, sin temer la sanción moral y el análisis de estos conversos aburridos. Y con la pasión incongruente que hace del fútbol el pasatiempo más adictivo del mundo.

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