Martín Aguirre
Martín Aguirre

Un cuidacoches, un amigo

El mismo día que la ministra Cosse gritaba “¡demagogia!” ante la propuesta de Lacalle Pou de eliminar la tolerancia cero en los conductores, una foto invadió las redes sociales.

Allí, un magro intendente Martínez posa junto a un joven de camiseta celeste, ambos con generosa sonrisa. Era la ceremonia de graduación del curso de cuidacoches que brinda la IMM, a la cual asistió el intendente, a interesarse sobre esta experiencia de “reconversión socioeducativa”, un “trabajo interinstitucional, que busca desestigmatizarlos”.

Si todavía no se ahogó con el pan con grasa al pronunciar mentalmente esa frase, clásico producto de las construcciones lingüísticas barrocas del mundillo de la asistencia social, usted se estará preguntando lo mismo que el autor: ¿un curso para cuidacoches? ¿qué les enseñan? ¿quién es el fenómeno que lo diseñó? ¿cuánto nos cuesta?

Responder algunas de estas preguntas es más difícil de lo que parece. Pero algunas cosas se pudo averiguar. Se trata de un “curso” donde se enseña a los cuidacoches a interactuar con la gente, reglas de tránsito, y a generar un vínculo “saludable” con las autoridades. Según contó El Observador, el punto alto fue la intervención del enviado del Ministerio del Interior, Washington Pereyra, que primero preguntó a los presentes por qué estaban allí. La respuesta unánime habría sido “por el café”. Pereyra hizo luego un par de recomendaciones: uno, dejar el “chupi” para después del “trabajo”. Sabiduría pura. Luego los exhortó a “hacer un pacto”. “Vamos a trabajar entre nosotros, a formar una red. ¿remamos todos para el mismo lado?”. “Síííííí”, respondieron al unísono los presentes, ya enfundados en sus flamantes chalecos celestes. Se trata del sueño húmedo de todo burócrata socialista kafkiano. Que hasta la actividad más injustificable esté regulada, clasificada, y con un gran número oficial a la vista.

Es verdad que el ser humano se acostumbra a todo, pero... ¿es normal que exista en la ciudad una flota de cuidacoches dominando las calles? La pregunta se responde con una experiencia real del autor. Resulta que en el entorno de la redacción tenemos, como casi todos los montevideanos, a nuestro amigo cuidacoches, a quien llamaremos “el Japonés”, que no es su verdadero apodo, no sea cosa de estigmatizarlo.

El “Japonés”, simpático, de unos 30 años, y en perfecto estado físico, salvo por esa tendencia a la pasta base, es el dueño de la manzana. Aunque a poco que se averigua, la realidad es que el dueño es otro señor a quien el Japonés le tiene que pagar una cuota mensual por el usufructo de nuestras veredas. Apenas usted aparece en la esquina, el Japonés le grita a todo pulmón “amigoooooo”, cosa de que sepa que entró en su territorio. Luego le pide sin más miramientos su cuota diaria, que según la gente del súper a la vuelta, donde convierte sus monedas a limpios billetes, ronda los 1.500 pesos diarios. O sea que el Japonés mete por mes más que muchos jóvenes uruguayos recién salidos de la universidad y que pasan 8 horas diarias bajo un tubo lux. Y sin esos molestos IRPF, ni Fondo de Solidaridad.

¿Por qué la gente le da plata a los cuidacoches? Hay una respuesta que tiene que ver con la solidaridad. Esta “profesión” se popularizó luego de la crisis del 2002 donde todos los que podían, sentían que tenían que ayudar a quienes habían quedado por el camino. Aunque luego vino el boom económico, el Mides, el desempleo de 6%, pero la cosa nunca cambió. O sea, que es una mendicidad con justificación.

La segunda explicación es menos romántica. Es una extorsión. Si usted no le da dinero al cuidacoches, corre el riesgo de que a su regreso, su coche exhiba las consecuencias lógicas de su falta de empatía. Algo que se potencia en espectáculos públicos donde el “parking” está tarifado, y si no paga por adelantado... en fin.

La tercera es todavía menos “social”. Hay zonas donde el amigo cuidacoche es en realidad un par de ojos que observan la vida del barrio al minuto. Sabe cuándo usted se va a trabajar, cuándo llegan los niños de la escuela, cuándo vuelve su mujer a casa. ¿Usted quiere ponerse en contra a alguien en esa posición? ¿Aunque tenga esa fea tendencia de hacer sus necesidades más sólidas en la puerta de su casa? Parece que no.

Ahora bien, un contrato de trabajo implica que dos partes, libremente, se ponen de acuerdo en una tarea o servicio, por la que se pacta una remuneración. ¿Tiene esto algo que ver con lo que hace un cuidacoche? No. ¿Se trata esto de un reclamo pequeñoburgués de alguien que encima que tiene auto se queja para no ayudar a otros? A menos que usted tenga la visión del mundo de Irma Leites, no. ¿Por qué la intendencia legitima una forma velada de extorsión, cuando ella misma ya está recaudando a través del estacionamiento tarifado por hacer lo mismo? La única explicación posible parece ser la de Carolina Cosse del principio.

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