Martín Aguirre
Martín Aguirre

La cruzada libertadora

No, no. Quédese tranquilo que a este autor no se le trastocaron tanto las neuronas con el hisopado del jueves, como para confundir que ayer fue fecha de la Jura de la Constitución, y no del desembarco de los Treinta y Tres.

Y tampoco el título tiene que ver con la llamada “Revolución Libertadora” argentina, el sangriento golpe de 1955 que derrocó a Juan Perón. Aunque sí hablará de los queridos vecinos allende el Plata.

Resulta que el presidente Lacalle Pou fue el sabor de la semana en esa heladería exótica que es el mundo mediático argentino. Entrevistas en programas de radio y TV, desde el comedido Leuco a la explosiva Canosa, pusieron a nuestro mandatario en un nivel de exposición como no se veía desde los tiempos dorados de José Mujica.

Uno de los latiguillos más exitosos de esta gira artística de Lacalle Pou fue su consigna de “libertad con responsabilidad”, algo replicado con obsesiva frecuencia por los comunicadores argentinos, seguido de preguntas como ¿por qué no podemos tener un Presidente así?

No hay que “comerse la pastilla”, como dice Kesman. Cada vez que un comunicador argentino habla de Uruguay, bien o mal, no lo hace porque nos admire ni porque nos odie. El 99% de los casos eso ocurre porque cree que el tema puede llevar agua para el molino de su postura política local. Muchos de los que hoy se derriten con Lacalle Pou, hace unos años les pasaba lo mismo con Mujica, cuando creían que el contraste con el marxismo pobrista del Pepe, era útil para pegarle a los “K”, y su populismo de dólares al kilo.

Ahora bien, no hay en el planeta otro pueblo con el que tengamos tantas cosas en común como con el argentino. Y tampoco debe haber otro país con un sistema político más diferente al nuestro. Si uno escucha los discursos de figuras centrales de aquel país, Martínez, Domenech... ¡hasta Cosse!, parecen John F. Kennedy.

Pero para entender la raíz de estas diferencias, nada mejor que ver un caso concreto. Y la realidad nos regaló uno muy ilustrativo esta misma semana, cuando sindicalistas del gremio de los camioneros argentinos, bloquearon la distribución de la empresa Mercadolibre.

“Dicen que estamos todos de la cabeza/Pero eso a Moyano no le interesa/Tomamos vino tinto en damajuana/Y nos fumamos toda la marihuana”, cantaban los nenes de este sindicalista estanciero con debilidad por los pura sangre. Y que hasta hace poco siempre era seguido por un muchacho fornido con una 45 tatuada en su cabeza.

El conflicto se da porque el gremio de los camioneros quiere sumar a su “plantilla” a los trabajadores de distribución de Mercadolibre, que tienen un convenio salarial mucho mejor y no quieren saber nada del asunto.

No se trata, además, de una empresa cualquiera. Es la empresa argentina más exitosa de los últimos años, con un valor que supera los 50 mil millones de dólares (17 veces más que YPF), y que se ha negado a sumarse a la lógica gremial extorsiva que prima en ese país. Al punto que su fundador, Marcos Galperin, hace poco renunció a su puesto y se vino a vivir a Uruguay, donde ya estuvo radicado hasta 2015. La figurita que todos los periodistas uruguayos queremos entrevistar, hasta ahora sin suerte. Marcos, ¡a la orden!

Pasando raya, en un momento de crisis histórica, un sindicato dominado por una familia que se ha hecho millonaria con su intermediación laboral, extorsiona a una de las pocas empresas exitosas, para que sus empleados pasen a su gremio. Y para ello cuenta con el apoyo del gobierno. Eso da la pauta de las diferencias de un lado y otro del río.

Ahora, esas diferencias no son gratis. Y como con el tema coronavirus, exigen a la sociedad un estado de vigilancia permanente. Y si no vea lo que pasó días atrás en Uruguay con otro gremio muy especial, el de la construcción.

Primero, el líder de este gremio, el senador comunista Óscar Andrade, detonó una polémica al acusar a un grupo de trabajadores de su rubro de vendidos, por haber comido un asado con el presidente Lacalle Pou. Esto motivó que algunos de esos trabajadores lo denunciaran en las redes por extorsionar a quienes no se suman al sindicato, y de presionar a empresas para que echen a quien no acepta su liderazgo. Y esta semana, en pleno rebrote de la pandemia, organizó una Asamblea junto al Palacio Legislativo exigiendo un nuevo convenio colectivo sin pérdida de salario, y con ampliación de beneficios. Además se gritó que el Covid es el gran aliado de “la derecha”, y cosas por el estilo.

Entre Andrade y Moyano no hay un río, hay un océano de distancia. Pero si obviamos las cuentas bancarias, vemos que el tono y el objetivo es el mismo. Ganar poder en base a una intermediación prepotente, que parece impermeable a la realidad del país y el mundo. Y que no titubea en cuestionar la institucionalidad o sacrificar libertades, con tal de lograr su objetivo político. Como decía aquella canción de Sumo: “no tan distintos”. Como dicen los infectólogos, a poco que se baja la guardia...

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