Martín Aguirre
Martín Aguirre

Cortando amarras

Parece mentira. Hace dos semanas aquí se hablaba de "implosión blanca", y de cómo el mayor partido de la oposición en vez de aprovechar el desgaste del Frente Amplio en el poder, daba todas las señales erradas a la población. 

Y sin embargo, en ese lapso, el Frente Amplio ha tenido actitudes y posturas que no hubiera soñado ni el más optimista estratega opositor.

Primero fue el tema de la protesta del sector agropecuario. Toda esa efervescencia ruralista, más allá de los motivos de fondo, tiene una chispa absolutamente evitable: la decisión del presidente Vázquez de negarle una entrevista al sector en diciembre, con una carta impertinente en la que los mandaba a hablar con un ministro, que al parecer ya no era ministro, pero nadie nos había contado.

Ese gesto despectivo, de un presidente que hacía unos días había recibido al peor dictador africano del último medio siglo, fue una cachetada gratis en la cara de medio país. Y contrastaba con el Vázquez que en la última campaña se ofrecía modesto y comprensivo al sector durante la tradicional charla de El País y Seragro, asegurando que desde su primera gestión había aprendido mucho sobre la realidad rural.

Lo demás, lo de siempre. El núcleo duro del oficialismo reaccionó con su naturaleza más sectaria. Que las 4x4, que son unos llorones, que latifundistas, y toda esa parafernalia de hace 40 años tan propia de una elite frentista que sigue sin interesarle entender la realidad del sector. Como será la cosa que hasta José Mujica, el tipo que consiguió romper la barrera electoral que impedía al FA conseguir votos en el interior, no tuvo mejor idea que decir que el agro no había guardado en tiempos de vacas gordas. ¡Justo él!. Astori lo debe querer matar.

El segundo tema fue la condena de Lula en Brasil. A esta altura, el futuro político del expresidente parece una quimera, y la condena solo ratifica un veredicto que el pueblo brasileño ya parece haber dado hace tiempo. Y sin embargo, desde el Frente la reacción fue de una defensa al filo de la histeria.

Lo peor son los argumentos. Se dice que la Justicia de ese país no da garantías. No se dice que esa Justicia es el producto de una década de hegemonía absoluta del PT en el poder.

Se dice que es un complot de la "elite blanca" liderada por Temer. ¿Quién llevó a Temer a la formula presidencial?

Se dice que no hay pruebas. Hay más de 150 páginas de evidencia en el expediente, y para quien dude, están en Youtube las declaraciones de todos los implicados.

Pero además, ¿alguien cree que en Brasil se pudo armar el esquema de corrupción más grande de la historia del continente, en el que estaba involucrada toda la cúpula del PT, y Lula no sabía nada?

Y de nuevo, mostrando que sus mejores años como estratega político quedaron atrás, Mujica salió a decir que es un complot porque Lula ganaría de nuevo las elecciones. Comentario que no sorprende del autor de la famosa "lo político está por encima de lo jurídico", pero que parece ignorar que las mismas encuestas dan a Lula casi al mismo nivel que Jair Bolsonaro, un personaje que hace que Donald Trump parezca un integrante de Proderechos. Y que en la última elección el PT perdió por paliza en sus reductos históricos.

Ahora bien, estas posturas del oficialismo lo reconcilian con su base y su sector "de opinión". Y varios amigos fervorosos frentistas comentaban estos días con satisfacción lo que consideraban una floja participación en el acto de Durazno, y el apoyo de algunos diputados de EE.UU. a la teoría conspirativa en Brasil. Pero esa satisfacción, bien puede ser un grave error de cálculo.

Porque los gestos de estos días solo ratifican un proceso que se viene dando hace tiempo, y es un repliegue del Frente Amplio a lo que fue siempre su cerno electoral. El sector urbano, univesitario, el mundo sindical, el militante de base dogmático. Pero el Frente se convirtió en una fuerza imbatible cuando a eso logró sumar el voto marginal y rural al que le abrió la puerta Mujica, el sector más formado y crítico que llegó por Astori, y alguno que era seducido por la postura de autoridad de Tabaré.

Las encuestas muestran hoy que, ya sea por el declive de esos dirigentes históricos, sumado al sectarismo de una nueva guardia que da el poder por descontado, hay un alto porcentaje de gente que supo votar al FA y que no está nada segura de repetir.

Muchos de esos votantes probablemente entienden que no se puede seguir defendiendo a Lula a cualquier precio. Y que cuando alguien del agro argumenta que el mismo gobierno que en 2005 vivía con 3 mil millones de dólares al año, en 2017 recauda 17 mil y no le alcanza, no basta contestarle que es un llorón de 4x4.

Eso le servirá al militante de comité, pero a la persona normal, le suena tomadura de pelo. Y es poca la gente dispuesta a votar al que le toma el pelo.

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