Martín Aguirre
Martín Aguirre

Cinco mitos “progre”

La política esta dominada por mitos. Consignas muy generales que sirven para neutralizar la necesidad de pensar demasiado. Si aceptamos que la sociedad uruguaya está políticamente partida en dos (el autor cree que es más bien en tres), existiría una mitad “progre” y otra “conserva”.

Hagamos un breve repaso de los mitos que construyen el ideario de estos sectores, empezando por “la izquierda”.

Cuando uno habla con amigos “progre”, se da cuenta que se trata de gente que se ve a sí misma como una mezcla de Robin Hood y El Quijote. Están convencidos de ser la reserva moral de la sociedad, y que en su lucha por salvar a los pobres y modernizar al país (a veces incluso contra su voluntad), enfrentan a un conjunto de ogros maléficos, que como los molinos de Cervantes, se erigen fríos e insensibles en su contra.

Esto nos lleva al mito inicial, y es que los “progre” están convencidos de ser la voz de los postergados. Lo primero que choca de este mito es contrastar el perfil de los dirigentes que lo replican con el de esos sectores marginados. Ni Constanza Moreira, ni Murro, ni Juan Castillo, ni Danilo Astori tienen mucho que ver con el perfil de alguien de los quintiles más bajos de la sociedad uruguaya. Ni en materia educativa, ni en historia laboral, ni en los barrios que viven. Ni siquiera en los lugares donde concentran sus votos. Tal vez Mujica haya sido el único dirigente del Frente que logró sacar a “la izquierda” de sus reductos de la universidad y el mundillo sindical, para hacerla potable en los cantegriles y en los sectores pobres rurales, bastión histórico del Partido Nacional. Y no parece tener sucesor.

Ya que mencionamos al campo, vamos al segundo mito. Es el que establece que contra las políticas sociales del Frente se alza una entelequia vil y conservadora: el sector agropecuario. Gente con 4x4, latifundistas llorones, millonarios rentistas que no quieren que se toquen sus privilegios. Y que, por supuesto, explotan a sus peonadas.

Esta visión nunca fue real. De hecho, tal vez el personaje histórico que reúne todo el simbolismo atribuido al caudillo campestre conservador podría ser el de Alberto Gallinal. Y sin embargo, su obra con Mevir debe ser el programa social más exitoso de este país. Como un Plan Juntos, pero bien hecho.

Pero hay otro dato que destruye el mito. Uruguay durante una década gozó de precios de la tierra altísimos. La mayoría de la gente con cabeza rentista vendió ahí, colocó esa plata (preferiblemente afuera), y vive cómodo de intereses. Hoy, con una rentabilidad de 1 o 2%, con la inestabilidad de precios, y acoso del gobierno, quien sigue trabajando en el campo, es un patriota. Alguien digno de estímulo por su apuesta a producir, en las antípodas del ricachón parasitario que imaginan algunos.

Tercer mito, la Iglesia. No hay nada que disfrute más un “progre” mientras se toma una cerveza artesanal en algún bar cuidadamente decadente del Centro, que despotricar contra la Iglesia Católica. ¡Perdón! sí hay algo, y es despotricar contra las iglesias evangélicas, ese cuco que causó la caída de Lula, y la llegada de Bolsonaro. El tríplex de Guarujá, el Lava Jato y la peor recesión de la historia, seguro no tuvieron nada que ver. Uruguay es el país más laico de América, donde la religión ha tenido menos influencia política, por lo que atribuir la culpa de la oposición social a determinadas reformas a los dogmas religiosos, parece ridículo.

Cuarto mito, y acá agárrese: el “neoliberalismo”. Si se le pudiera cobrar un dólar al amigo “progre” cada vez que usa la palabra “neoliberalismo”, liquidaríamos el déficit fiscal en 10 minutos. La verdad es que aquí nunca hubo una ola liberal. Uruguay siempre fue un país socialdemócrata, el terrible plan de privatizaciones de los 90 no existió, y en todo caso el que frenó lo que se quiso hacer con Antel fue Sanguinetti, no el Pit-Cnt. El Pit sí quiso frenar la reforma portuaria, se hizo igual, y fue un éxito que en 15 años el Frente nunca tocó. ¿Por qué?

El último mito es una mezca de todos estos. Es el que dice que “la izquierda” impulsa una agenda que concede derechos a gente postergada, y que solo puede ser resistida por los malvados mencionados en los anteriores ítems. ¿Quién se opondría a regular la marihuana? ¿A reconocer a los trans? ¿A darle derechos a los peones rurales? Por supuesto que no importa si usted dice que la ley trans es un bochorno técnico, que lo de los peones rurales no tiene lógica con el tipo de tarea que allí se cumple. Ni que la primera ley sobre la marihuana la planteó Lacalle Pou. ¡Facho! será el grito inmediato, mientras se extrae un paquete de tabaco Cerrito de ese morral de cuero.

Es que con los mitos no se discute. No se dice que a Mujica lo apoyaron los tipos más ricos del país, que el bastión electoral de Constanza es el Parque Rodó, o que el Partido Comunista festejó la llegada de los militares. ¡Por favor! Y si usted dice algo así, solo puede ser porque ha sido víctima del gran enemigo de toda causa popular: los medios de comunicación. El mito “bolilla extra” que, como veremos la semana que viene, es común tanto para el “progre”, como para el “conserva”. Los extremos siempre, en algún lugar, se tocan.

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