Martín Aguirre
Martín Aguirre

Ciencia, redes y fanatismo

¿Y si hicimos todo mal? ¿Y si las decisiones políticas a raíz del coronavirus que han causado la peor depresión en décadas, fueron producto del miedo irracional y del “pensamiento de grupo”, más que el fruto de análisis científico frío y meditado?

Esta es la tesis de un artículo en boga de un tal Yinon Weiss elogiado por gente como Elon Musk o Steve Forbes. Se puede leer una versión en español en el sitio web local “Extramuros”.

Vamos a agregar un ingrediente extra. Esta crisis sin precedentes es el primer gran estrago global causado por la era de los algoritmos que dominan internet. Y del quiebre del sistema informativo que dominó el mundo por siglos.

Para explicar esto que parece tan entreverado, vamos a empezar con una historia de amor. Resulta que cuando el inicio de la pandemia, en Gran Bretaña el primer ministro Boris Johnson había decidido evitar políticas de encierro muy duras. Eso hasta que apareció un científico del Imperial College de Londres, Neil Ferguson, cuyos cálculos alertaban que esa postura tendría consecuencias trágicas.

El revuelo generado por su trabajo, agitado desde The Guardian y otros medios “progre” británicos, fue tan grande que Johnson dio marcha atrás, e impuso las estrictas medidas de control social propuestas por Ferguson. Pese a lo cual el Reino Unido ha tenido más de 40 mil muertos, y una de las tasas de víctimas por millón de habitantes más altas del mundo.

¿Y el amor? Pues resulta que hace unos días, el diario conservador The Telegraph le “dio la captura” a Ferguson, rompiendo las reglas que él mismo había propuesto, para encontrarse con su amante, Antonia. No solo eso, sino que Ferguson había pescado el covid, y su romántico encuentro con la señora casada y con hijos, se dio sin que hubiera tenido un test negativo que lo liberara de la cuarentena. Imagínese el escándalo.

La prensa conservadora se hizo un picnic difundiendo todos los detalles más escabrosos del asunto, y Ferguson debió renunciar.

Lo que este episodio, y la guerra informativa que desató luego revela, es la tremenda polarización que marca la era actual de los medios y del debate público. Un lector algo afinado habrá notado cómo los medios y pensadores más cercanos a “la izquierda” son quienes han impulsado medidas de control social más duras. Y quienes se definen como liberales, suelen reclamar más apertura y atención al impacto económico. Hasta ahí es normal, si se quiere.

Lo que no es normal es la forma extrema en que se ha dividido la sociedad y los medios de prensa. Particularmente cuando no estamos hablando de doctrinas políticas, sino de ciencia. Y donde los datos duros, deberían estar por encima de ciertos debates, y ser un campo común para el diálogo. Pero ocurre todo lo contrario. Y cada grupo está convencido que la ciencia ratifica su sesgo, y que el otro es ignorante o insensible.

Tanto por la virulencia que domina todo debate, como por la capacidad que dan las herramientas tecnológicas, de ignorar por completo lo que dice alguien que no piensa como uno; el mundo actual parece el sueño húmedo de gente como Goebbels o Stalin.

Y acá viene el palo para las redes sociales, y sus algoritmos que manipulan el debate público hoy en día. Por un lado, un artículo publicado el mes pasado por el Wall Street Journal revela documentos internos de la empresa Facebook (dueña de whatsapp e instagram) donde se detalla cómo sus ejecutivos saben perfectamente que sus mecanismos tecnológicos promueven la radicalización de sus usuarios. No solo lo saben, sino que lo fomentan, porque descubrieron que es la mejor manera de que la gente siga “enganchada” a su red. A más tiempo conectado, más plata para la empresa. De nuevo, no es una consecuencia indeseada de los cambios técnicos, es una estrategia intencional.

Por otro, tanto Facebook, como la otra gran red, Twitter, cada día afinan más sus sistemas para generar mundos paralelos. Usted se radicaliza porque simplemente no ve los puntos de vista de la gente que piensa diferente. El sistema segmenta para que su indignación ante cualquier tema, solo se vea potenciada por gente que comparte sus aristas más fanáticas.

Así se marca el tono del debate público, y detrás vamos los medios tradicionales, que para seguir siendo relevantes en medio de una crisis sistémica y con profesionales cada vez más amateurs, replicamos estos códigos y tonos en diarios, portales y canales de TV.

Volviendo al principio, el llamado “pensamiento de grupo” es un concepto de sicología, donde la gente toma decisiones irracionales, porque cree que es el consenso general, cuando en verdad solo refleja lo que piensa su pequeño entorno.

La pregunta del millón es, ¿será que las medidas que tomamos contra el coronavirus a nivel planetario fueron las más racionales? ¿O condicionados por estos temas nos habremos tirado de cara a una crisis que puede cambiar la historia de la civilización?

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