Martín Aguirre
Martín Aguirre

Los castillos de arena

Jimi Hendrix es pacíficamente aceptado como el mejor guitarrista de la historia del rock. En una de sus letras más logradas plantea a través de distintas historias cómo la vida tiene la fea costumbre de derrumbar los proyectos mejor planificados, los sueños más anhelados. La canción se llama, apropiadamente, “Castillos de arena”.

Jimi Hendrix es pacíficamente aceptado como el mejor guitarrista de la historia del rock. En una de sus letras más logradas plantea a través de distintas historias cómo la vida tiene la fea costumbre de derrumbar los proyectos mejor planificados, los sueños más anhelados. La canción se llama, apropiadamente, “Castillos de arena”.

Siguiendo con la arena y con proyectos derrumbados, es razonable imaginar que la decisión del presidente Vázquez de paralizar las obras del coliseo deportivo financiado por Antel debe haber pinchado varios sueños en su propio gobierno. De pique el de la ministra y expresidenta del ente, Carolina Cosse, que lo había lanzado a todo vapor y lo tenía como frutilla de la torta de su gestión. También el de la saliente intendenta de Montevideo, Ana Olivera, que había prometido entregar una obra terminada antes del final de su mandato en ese predio donde supo erigirse el mítico Cilindro Municipal, derrumbado en condiciones nunca aclaradas.

De hecho, ambas jerarcas habían sido foto de tapa de El País apenas días atrás, cuando encabezaron una recorrida por las obras. La reacción de algunos sectores del oficialismo ante la decisión no fue corta en adjetivos. Tal vez el exintendente Mariano Arana haya sido el más duro, ya que dijo que la misma es “un desastre” y una peligrosa muestra de “falta de audacia”. Algo sorpresivo para quienes recuerdan aún que Arana fue el principal opositor en otros tiempos de la Torre de Antel. Otros tiempos. También el futuro jefe comunal capitalino, Daniel Martínez, criticó la decisión de Vázquez, y dijo que “la situación del país no es tan dramática”.

Aunque nadie elevó los decibeles al punto de la exprimera dama Lucía Topolansky, en su momento gran impulsora de Cosse, quien dijo directamente que “la obra debe seguir”, y recordó -como a la pasada- que “son conversaciones en momentos en que se empieza a discutir un presupuesto”. Frase que, para alguien con mentalidad conspirativa, podría sonar muy parecida a una amenaza.

Desde el entorno del presidente, y sobre todo desde el Ministerio de Economía, se justificó la decisión con dos argumentos de peso. Por un lado que el costo real de la obra era más del doble de lo que se había dicho en un inicio, elemento anticipado en la pasada campaña por Pedro Bordaberry. Y por otro, que en tiempos de estrechez presupuestal en el Estado, no parecía lógico gastar casi US$ 100: en un estadio deportivo.

Pero la medida de Vázquez genera de inmediato dos preguntas difíciles de responder.

La primera tiene un componente ideológico, y va por el lado de que las posturas de “izquierda”, como se acostumbra definir el Frente Amplio, suelen defender una visión keynesiana, por la cual en momentos de baja del ciclo económico, es el Estado quien debe estimularlo mediante obras públicas. Y el que no lo ve así suele ser tachado de neoliberal esbirro de algún imperio. La verdad es que más allá de su utilidad o el rédito político buscado con su construcción, el Antel Arena daba trabajo a mucha gente. ¿Cómo se explica políticamente ese achique casi “motosierrístico”?

La segunda incógnita es sobre el impacto político que la medida tendrá en el clima interno del Frente Amplio. La decisión de Vázquez es un apoyo explícito a la postura del ministro Astori y su entorno, quienes desde que asumió el gobierno han criticado con dureza el manejo financiero de las empresas públicas, y han lanzado dardos nada disimulados tanto hacia Cosse y su manejo de Antel, como hacia el vicepresidente Sendic y su gestión en Ancap. Con esta decisión tan sonora, Vázquez pone un dedo muy pesado sobre el platillo del astorismo en la balanza, y propina un severo golpe a sus rivales en la interna. Algo no demasiado distinto a lo que en su día hizo el expresidente Mujica al bocharle al BROU, y a su entonces jerarca máximo Fernando Calloia, la construcción de su fastuosa nueva sede. Y eso que ahí parecía haber plata para todo.

Por encima de estas consideraciones, la decisión de parar una obra como el Antel Arena viene a ser un sacudón significativo para todo el país. Un país que venía de una década de crecimiento e impulso, que había llevado a que el “nuevo uruguayo” asumiera un destino de prosperidad y avance casi como un derecho natural. Que cualquiera que quisiera advertir que la bonanza no sería para siempre y que había que ser cuidadoso con la economía, era poco menos que un traidor a la patria.

Una construcción mental que los síntomas de estrechez económica general que padece hoy el país, del cual el freno al coliseo de Antel es apenas una señal más, parece estar mostrando que, lamentablemente, tenía la firmeza y solidez de un castillo de arena.

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