Martín Aguirre
Martín Aguirre

Carnaval "degenerado"

La discusión más interesante de la semana no tuvo que ver con la cadena nacional con Vilar, ni con el avión de Tabaré.

Fue una polémica desatada por el periodista del diario Carlos Tapia al señalar que la victoria de Los Saltimbanquis en el Carnaval puede ser una reacción de ciertos sectores de la sociedad ante la aplanadora de la corrección política y el discurso de género.

Aclaremos algo. La sapiencia del autor en la materia es nula, ya que si lo forzaran a elegir entre pasar tres horas en el Teatro de Verano o el mismo plazo en una mazmorra fangosa de la Inquisición española... digamos que la opción sería muy dura. No se trata de prejuicio ni de un impostura snob, ya que los años formativos estuvieron marcados por un padre fanático del rubro, y en general se valora que la sociedad uruguaya vuelque esa pasión popular en algo artístico, en vez de riñas de gallos o cosas así. Tema de gustos, nomás.

Pero volvamos al disparador. El argumento de Tapia era que la murga tuvo un discurso totalmente a contrapelo de lo que está en boga, metiéndose con temas sexuales, de género, y rompiendo con las normas del canon bienpensante que, al parecer, viene ganando espacio en el Carnaval. Al punto que ya ni reinas hay. Que una postura así haya contado con la bendición del público y los expertos, debería justificar una reflexión en nuestra sociedad.

Algo que en una entrevista reciente, el filósofo español Antonio Escohotado graficaba de manera poco filosófica: "¡Estamos hasta las pelotas de la corrección política!". Escohotado profundizaba en el tema señalando que la victoria de Trump en EE.UU. y otros fenómenos actuales, es el triunfo de la incorrección. Agregando que "vemos que detrás de ese buenismo hay crueldad y el viejo autoritarismo".

Tal vez esto de la "corrección" complica un poco el entendimiento del fenómeno. Lo que ha sucedido es que, en los últimos años, una serie de sectores ilustrados y con influencia política han agudizado su manejo de las nuevas herramientas comunicacionales, y a lomos del generoso financiamiento que aportan las fundaciones y ONG globales, han impuesto un discurso que marca límites muy estrictos sobre lo que se puede decir y pensar. Esto, desde ya, con la mejor intención posible.

Pero se sabe que de buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno. Y en un mundo donde han caducado las grandes narrativas, donde es tan difícil encontrar causas que alimenten el sentido épico, hay gente que ha abrazado estas cruzadas con un fervor absolutista. Las reacciones que recibió el pobre Tapia tras su reflexión son ilustrativas.

Pero el tema es más concreto y doloroso que un fallo de carnaval.

Por ejemplo, hace unos días se difundió una encuesta de la empresa Opción que revela que el 78% de los uruguayos apoya la idea de instaurar la cadena perpetua, y un 43% la pena de muerte. Un dato interesante es que los sectores más jóvenes y de menor nivel económico, son quienes más apoyan estos institutos retrógrados.

Vamos a proponer dos lecturas desafiantes sobre este dato. La primera, un tanto obvia, es que se trata de los sectores que más están sufriendo la ola de violencia delictiva que padece hoy el país. Se suele decir que en los promedios se ahogan los petisos, y cuando se habla de las cifras de violencia en Uruguay, las autoridades dicen que aún son mejores que la región. Pero cuando se analiza esos números en contexto de barrios o de la edad de las víctimas, es claro que en los sectores más jóvenes y empobrecidos los datos de violencia son casi centroamericanos.

La segunda tiene que ver con el famoso plebiscito de baja de edad de imputabilidad. Cuando se dio esa discusión, el movimiento del No a la Baja planteó el tema de una forma peligrosamente maniquea. Se trataba de una reacción fascista de viejos y ricachones que querían imponer medidas draconianas para sojuzgar a los jóvenes humildes a quienes veían como amenaza. Recuerde el lector el eslogan: "ser joven no es delito".

Eso generó un peligro. El plebiscito no salió, porque muchos que creían (creíamos) que el tema de la violencia protagonizada por menores no estaba siendo bien manejada, veíamos que la propuesta no era la solución. Pero pensar que esa victoria electoral era un triunfo final y que todo iba bien fue un grave error. Y, tal como se advirtió incluso desde este espacio, si no se tomaban medidas de fondo y se insistía en convertir el debate en un tema de gente de avanzada versus reaccionarios, la consecuencia iba a ser grave. La encuesta lo muestra claro.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Que una sociedad no es una majada de ovejas que puede ser llevada de la nariz por un grupo de iluminados por mejores intenciones que tengan. Que los cambios sociales llevan tiempo y no se pueden hacer a contrapelo de la sensibilidad mayoritaria marcándole límites morales desde lo alto. Porque la consecuencia suele ser una reacción que puede llevar las cosas tres lugares más atrás del que se comenzó.

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