Martín Aguirre
Martín Aguirre

El camino y la recompensa

La frase de Tabárez, esa de que el camino es la recompensa, vuelve a escucharse fuerte en la antesala de un nuevo Mundial. En el fondo, es una visión algo peligrosa, porque así como puede ayudar a no pasar obsesionado con logros puntuales, también puede convertirse en un canto a la abulia y al conformismo.

Pero hay un rubro donde esa frase debería ser tomada más en cuenta, y es en la actividad política. Cada día queda más claro que muchos actores convierten la lucha diaria por mantener o acceder al poder en un fin en sí mismo, que les hace perder de vista el objetivo final de su empeño: mejorar el nivel de vida de la gente.

Y si no, vea lo que le pasa a Javier Miranda.

Fresco de su éxito internacional con la tarea humanitaria de traer a aquellas familias sirias al país, Miranda decidió enfocar su masiva popularidad en presidir el Frente Amplio. Era una cara nueva, fresca, cuyo objetivo sería modernizar al FA, rescatar cierta mística erosionada por los años en el poder y suturar heridas entre los grupos.

Difícil encontrar algo de esa frescura y optimismo en el Miranda que esta semana, en un entrevista con los periodistas Alfonso Lessa y Mauricio Almada, acusó a El País de ser un "actor político", reclamó a la gente de su partido no darle entrevistas, y mostró su enojo por las continuas "filtraciones" de dirigentes a la prensa. Donald Trump le hubiera dado un abrazo.

Es verdad que hay que entenderlo a Miranda, que venía cascoteado por un bochorno doble. Primero con la revuelta de las estructuras del Frente Amplio (esas que se llaman "las bases") que volvieron a dar una cachetada a la prioridad presidencial de un TLC con Chile. Y segundo, esto más pedestre, por el papelón que hizo el partido al confundir los votos de distintos sectores, anunciando primero una cosa, y a los pocos minutos teniendo que echar para atrás.

Sobre la acusación trumpista de Miranda no hay mucho que decir. Más que preguntarle si cuando se informa de los líos internos en el Partido Nacional, o los problemas judiciales de algunos de sus dirigentes, también se trata de una "operación política".

La obsesión de Miranda con El País hace acordar a cuando asumió la nueva Presidencia Tabaré Vázquez. En aquel entonces era vox populi la molestia del nuevo mandatario con el panorama que le dejó José Mujica. El País, como casi todos los medios, informó de esto, y las consecuencias fueron unas durísimas declaraciones de Mujica, acusando al diario de operar con una "lima sorda" para minar la "unidad de la izquierda".

Cuatro años después, un libro confirma lo informado en aquel momento, con el agravante de que se dice que Vázquez cree que recibió el país en mejor estado de parte de Jorge Batlle que de Mujica.

Todo lo cual nos lleva al tema del principio. ¿Qué pasa con los políticos que se vuelcan a una actividad cuyos fines son los más puros y buenos que pueda haber, pero que en el camino se empantanan en un barrial de mezquindad y de cinismo? ¿Qué los convence que mentir, ocultar información a la gente, agraviar a otros para esconder los propios fracasos, son herramientas válidas para conseguir lo que se proponen? ¿Es ese el tipo de camino que recompensa tanto trabajo y esfuerzo? Sobre todo cuando vemos lo que está pasando en el país políticamente en estos días.

El sector productivo está en abierta revuelta por varios motivos, pero uno de los centrales es que la pugna por mercados ha vuelto a la producción nacional menos competitiva. Algo cuya consecuencia dejan en evidencia los últimos números de empleo, que dicen que hay unas 150 mil personas afectadas sin trabajo, y sin expectativas de conseguirlo pronto.

En el mismo momento, los sectores más votados del partido de gobierno, y toda la oposición, apuestan a concretar un tratado comercial con Chile que, afirman, puede ser una señal de un camino para mejorar este problema.

Sin embargo, un par de grupitos oficialistas, que sacaron menos de 200 mil votos en la última elección, terminan torciendo la voluntad de 2 millones 300 mil uruguayos que votaron en 2014, y el tratado seguirá en el limbo. Eso pasa en el año 2018, en un partido político que se dice democrático. ¿Usted le encuentra una explicación?

Lo curioso es que ese partido es el que tiene a Javier Miranda como presidente. Pero en vez de pasar desvelado por las noches pensando en cómo encauzar ese tema, en cómo resolver contradicciones que son totalmente incompatibles con una república democrática, Miranda se encuentra obsesionado con la cobertura de prensa, y con el hecho de que haya compañeros que den entrevistas a El País. "¿Usted cree que Arismendi daba entrevistas a El Debate?", argumentó indignado el dirigente.

Lo del principio. ¿En qué momento algo tan noble como la política se envilece de tal forma que sus actores creen que el fin justifica cualquier medio? Una recompensa bastante mezquina para un camino tan lleno de espinas.

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