Martín Aguirre
Martín Aguirre

El boicot y el soldado japonés

Si usted busca la palabra “boicot” en la web encontrará resultados impactantes.

Campañas contra Israel por el tema palestino, contra Japón por la caza de ballenas, contra Facebook, contra Bolsonaro, contra los productos catalanes. Pero si se esmera en la búsqueda, le aparecerán referencias a uno muy exótico ocurrido en un pequeño país al sur de América, donde un grupo de aguerridos luchadores sociales decidieron hacer la guerra a un supermercado por... ¡abrir en un feriado!

El tema se presta para profundas elucubraciones intelectuales. ¿Acaso Marx celebraba las navidades? ¿Stalin comía lechón? ¿Mao usaría la caja automática? Pero todo el debate que se dio en Uruguay por al decisión de Tienda Inglesa de abrir en Navidad es tan triste, tan retrógrado, tan revelador de ciertos mecanismos mentales aún vigentes, que las ganas de reírse de lo absurdo de todo el planteo se van al diablo cuando comprueba que ese absurdo enorme es el debate público en el país hoy.

Dejemos los planteos del gremio. Como parte de una negociación salarial (dentro de ciertos límites) se puede entender que se use un hecho así para llevar agua para su molino. Todo bien.

Lo alarmante es todo lo otro. Las decenas de activistas de teclado que se lanzaron contra la empresa, y contra figuras públicas como Sergio Puglia por apoyar la decisión de abrir, pagando triple a los empleados respetando el carácter voluntario de la decisión de trabajar. Puglia, impulsor del turismo desde hace años, señaló con lógica que un país que aspira a tener una industria en ese rubro, debe pensar en los visitantes que por estar de vacaciones dejan para último minuto sus compras. Y que en muchos casos, vienen de países donde el hecho de que alguien considere explotación el que una tienda abra un feriado es tan actual como ensillar el carruaje para ir a pasear.

Y no hay que confundirse. Es verdad que hubo mucho de ese ruido típico del activismo de las redes de hoy, con cuentas anónimas que derrochan desprecio y fanatismo, probablemente manejadas por opacos oficinistas frustrados que aprovechan esa vía para canalizar su resentimiento. Pero también se escuchó a gente (supuestamente) racional, educada, viajada, representante genuina de cierta forma de pensar nacional, que intentaba dar argumentos válidos para justificar el enojo.

Por supuesto que fracasaban. Estamos en entrando al 2019, la teoría marxista del valor, esa que dice que el empresario explota a sus empleados para quedarse con una plusvalía solo se escucha en Venezuela o en Cuba (así les va), y el que le hable de eso a Xi Jinping, el hombre fuerte del mayor país comunista del mundo, o le sacará la carcajada del año, o terminará en un campo de reeducación en la frontera con Mongolia.

Pero más allá de confusiones ideológicas, y de gente que cree que Uruguay va a escapar a las tendencias globales de consumo como si fuera la aldea de Astérix, la polémica revela cosas peores.

La primera, una noción funesta de la cultura del trabajo. El planteo parece sugerir que el trabajar es malo, que cada hora que uno pasa en su puesto es dinero que le regala a un explotador, y que la dignidad consiste en pasar panza arriba, aunque eso implique perderse un triple jornal. Tal vez sea por trabajar en la prensa, y haber pasado las últimas 20 navidades y años nuevos bajo la tibia luz del tubo lux, pero todo el planteo parece ridículo. Si a usted le gusta su trabajo, lo hace cuando se precise. Si no tiene el trabajo más estimulante, pero las condiciones económicas lo justifican, irá a trabajar pensando en lo que podrá hacer con ese dinero extra. Hay que estar muy cómodo para despreciar esa posibilidad.

La segunda tiene que ver con la libertad individual, y la capacidad de decidir por mí mismo lo que me conviene. De acuerdo al nivel de virulencia de los comentarios, al parecer el que decide ir a trabajar un 25 de diciembre es un “carnero”. ¿Por qué? Si usted no quiere trabajar ese día, ¿qué le da derecho a atacar al que sí lo hace? Se habla de presiones sutiles y sanciones posteriores. Curiosamente, el supermercado involucrado es donde los empleados en promedio permanecen más tiempo en la empresa. Y suelen defenderla a muerte. Periodistas oficialistas, académicos ñoquis, opinólogos rentados, ¿sabrán mejor que ese empleado lo que le conviene a él o a su familia?

Hay una mala noticia para quienes piensan de esa manera. Al mundo le importa un cuerno. La sociedad no quiere verse limitada por horarios y cuestiones de ese tipo. El mercado va a saciar esa necesidad de una forma u otra. Y el tiempo en que uno tenía que ir a una farmacia a ver el cartel aquel donde decía que la de turno quedaba a 200 cuadras, no va a volver. Podemos entenderlo y sacar partido a los nuevos tiempos. O quedar como el soldado japonés aquel, perdido en una isla del Pacífico, y que seguía peleando una guerra imaginaria que el mundo olvidó hace décadas.

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