Martín Aguirre
Martín Aguirre

La era del audio “viral”

Si hay una palabra que define el momento actual del debate público, y de la interacción humana en general hoy, es “viral”.

Y no hablamos acá del coronavirus ni de nuestro venerable comité de expertos científicos. Sino de esta fiebre de liviandad, donde cualquier cosa que es compartida por un número significativo de gente se convierte en tema central de todo un país.

Esto es lo que ha pasado con el audio de un personaje de la “farándula Mides” local (gracias Ana Laura) de apellido Cristino, cuya conversación con la vicepresidenta del país terminó generando un escándalo político, con el principal partido de oposición exigiendo explicaciones y empujando sospechas.

¿Usted no tiene idea de quién es Cristino? No se avergüence. Éramos dos, pero ayer el compañero Miguel Bardesio, editor de Sábado Show y profundo conocedor de las miasmas secundarias de nuestro “star system”, nos puso a varios al día. Es un muchacho de cierto destaque en el mundillo del relacionismo público local en tiempos de esplendor del “nuevo uruguayo”, unos 10 años atrás, que, como aquel, luego cayó en una cierta decadencia. Y que ahora padecería un estado psiquiátrico precario, como puede comprobar cualquiera dispuesto a someterse al flagelo de ver alguno de sus videos que circulan por allí.

¿Cómo logró este muchacho descarriado convertirse en el tema del momento? ¿En la última arma arrojadiza que usa la oposición para intentar minar la credibilidad del gobierno?

Según lo que se ha podido establecer, el señor Cristino (no se ría) fue en algún momento socio de un hijo de la actual vicepresidenta Argimón en un proyecto editorial. Y por eso ahora llamó a Argimón a pedirle algún favor. Como esta no lo atendía (¿quién puede culparla después de ver al tipo derramando lágrimas mientras canta Color Esperanza?), dejó unos mensajes amenazadores a su secretaria, sugiriendo que tenía información que podía perjudicar al Presidente.

Es ahí que Argimón lo llama para aterrizarlo, el susodicho grabó la charla, y la hizo circular. En la misma no hay nada demasiado impactante, salvo la afirmación de Argimón de que sus llamadas podían estar siendo escuchadas, y la advertencia de que no jodiera más con eso de “dealers de Luis” y bobadas.

Pero, ya que nos metimos en el fango, vamos a hundirnos bien en la mugre. ¿Qué cosa de esta charla pueden ser de real interés público?

Lo primero tiene que ver con ese temita que genera tantas sensaciones contradictorias en la pacata sociedad uruguaya: las drogas. Es tan grande el nivel de hipocresía pese a que nos gusta vendemos como de avanzada en esto, que los mismos que empujaron para esta legalización tan particular de la marihuana, basada en un paternalismo estatal antes que en una apuesta a la responsabilidad individual de la gente, son casi los mismos que viven agitando el cuco de que el presidente o su entorno vivirían en un continuo frenesí de drogas. Hace unos meses hasta algunas figuras del “rap” local, género que sin las drogas se quedaría sin el 85% de sus letras, han dado manija con eso.

Solo cabe decir dos cosas de esta versión. Cualquiera que conozca algo, lo mínimo del asunto, sabe que nadie puede llevar adelante una campaña como la pasada, mucho menos una gestión como la que vimos estos 100 días, usando drogas. Punto. Segundo, este flaco, de sacos color pastel, bufanditas al tono, y que sostiene como credencial callejera haber salido de “Trinidad, Flores”, y limpiado waters en McDonald’s, solo puede ser “dealer” de la máquina del Dr. Kevorkian. Y gran candidato a cliente.

El segundo tema tiene que ver con los “pinchazos” a las llamadas telefónicas. Alcanza escuchar 10 segundos de la charla de Argimón para percibir que la vice intentaba asustar al plomo este para que no la moleste más. De nuevo, ¿quién podría juzgarla? Pero, más allá de eso, no hay ninguna duda que todo lo que se habla por teléfono en estos tiempos, corre el riesgo de ser escuchado por alguien.

Se trata de un proceso tan simple, y que se puede realizar con elementos tan fáciles de conseguir en cualquier lado, que cualquiera que ocupe un lugar de mínima responsabilidad, sabe que ya no hay conversaciones secretas. Vivimos en un mundo donde hay que tapar con cinta la cámara frontal de nuestras computadoras, donde cada mes y medio nos llaman del banco por gastos con tarjeta de crédito a nuestro nombre en Rumania, hasta los más sofisticados esquemas de lavado de dinero como los montados por los simpáticos Mossack y Fonseca, son derrumbados por algún adolescente granuloso con afición informática... Ya está. La privacidad es historia. Sobre todo si usted es alguien público.

Ahora, cuando uno ve al diputado Sánchez, a la senadora Cosse queriendo usar ese episodio que debería estar relegado a los programas de TV abierta pre 5 de la tarde para sugerir que puede haber algo mínimamente serio detrás, la conclusión es inquietante. Tenemos la farándula que nos merecemos. Y alguna parte de la clase política no está muy lejos.

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