Martín Aguirre
Martín Aguirre

La aspirina y el infarto

Dos columnas en un mes dedicadas al fútbol parece mucho. Pero estamos en Uruguay. Y el impacto de la votación para decidir qué marca vestirá a la selección ha sido tan grande que es imposible de obviar.

Dos columnas en un mes dedicadas al fútbol parece mucho. Pero estamos en Uruguay. Y el impacto de la votación para decidir qué marca vestirá a la selección ha sido tan grande que es imposible de obviar.

Cuando 70 mil personas ingresan a ver la votación en vivo a Ovación, cuando el Director Nacional de Trabajo y líder del Partido Comunista se la juega por Nike, cuando dos prestigiosos medios postergan por una vez las noticias de 1972 o las fotos de la miseria en Sudán del Sur, para poner fútbol en sus tapas, es que el tema es de veras importante.

Y las reacciones confirmaban la relevancia del hecho. La noticia de que por primera vez en años, la empresa que maneja el fútbol en Uruguay había perdido una votación en la AUF generó una tormenta. Las figuras más destacadas del “mundo Tenfield” lo vieron como una traición. Las figuras más destacadas del mundo “anti Tenfield” lo celebraron como una declaración de Independencia.

Tal vez la novedad fue que una gran masa de ciudadanos que no participa de esta tediosa dialéctica, se inclinó por el festejo, ya sea por ponerse del lado de los jugadores de la selección, que dieron fuerte apoyo a la propuesta ganadora, o por la escasa simpatía que generan algunas figuras mediáticas de la empresa en cuestión.

Debe ser culpa del descreimiento que es consecuencia normal de los años vividos en una redacción, pero todo el entusiasmo patriótico generado por esa supuesta emancipación resulta extraño y ajeno. Y hace pensar si la gente no está viendo como culpable de un fenómeno indudable, la crisis casi terminal del fútbol uruguayo, a algo que no es más que un síntoma de una enfermedad más complicada de sanar.

Esta enfermedad tiene varios efectos visibles. El fútbol uruguayo vive hace décadas en una crisis económica crónica. El fútbol uruguayo destrata desde hace décadas a su principal cliente, que es el público, al que se le brindan espectáculos deplorables, en canchas horribles, con calendarios ridículos y torneos cuya forma de definición no lograría descifrar ni Stephen Hawking. El fútbol uruguayo padece hace décadas un conflicto binario irracional que convierte cualquier decisión banal, en una guerra civil a muerte. Mientras tanto, las canchas están cada vez más vacías, los resultados internacionales de los equipos locales son cada vez peores, y la situación financiera de la AUF se hunde cada vez más.

El único soplo de esperanza en este tiempo ha sido la selección nacional, a caballo de un par de generaciones doradas, que en algunos años nos daremos cuenta que fueron un milagro casi irrepetible. Y acá viene la clave del asunto; esta situación ya era así antes de que llegara Tenfield, y probablemente seguirá igual aunque se cumpliera el sueño de Sánchez Padilla, y mañana se abriera un gran cráter en la calle Divina Comedia y la empresa desaparecieran de la faz de la Tierra.

El problema central es que esa “celeste de todos”, no es de todos, y que el fútbol uruguayo, por más expresión cultural y nacional que sea, tiene un dueño muy claro, que son los clubes actuales. Clubes que tienen un sistema de organización anacrónica, que se manejan como centros sociales de barrio, pero que después deben definir cosas de enorme complejidad y manejarse en un océano lleno de tiburones e intereses megamillonarios. Por dar un ejemplo: hace poco hubo elecciones en Wanderers, uno de los clubes más “prolijos” en muchos aspectos (y del cual es hincha el autor) y la “masa social” que fue a votar no llegó a los 500 socios. Imagínese lo que será en Boston River o El Tanque, equipos cuyo voto luego vale lo mismo que el de Nacional o Peñarol. Sin embargo, los dirigentes producto de esas elecciones son los que luego van a manejar los destinos del deporte.

Así pasan cosas como que el equipo original del capitan de la selección, Diego Godín, cuyo valor de mercado hoy debe superar los 20 millones de dólares, lo vendió en su tiempo por 37 dólares. El mismo dirigente que hizo semejante negocio, es posible que haya estado sentado en la AUF el pasado martes para definir lo de la camiseta. Es cierto que la empresa de Casal opera hoy un negocio cuasi monopólico, que se beneficia de la debilidad institucional del sistema, y que los gobiernos (sobre todo el de Mujica) han sido cómplices y funcionales a todo esto. Pero ¿es razonable creer que si no estuviera Tenfield todo sería genial? ¿O aparecería otra empresa por el estilo a llenar el vacío?

Ahora, si se hablara de cambiar la organización de los clubes, exigirles un mínimo de profesionalismo, que tuvieran una estructura adecuada al mundo hiper competitivo en que se mueven, y que los dirigentes se hicieran responsables de alguna forma de lo que deciden cuando están a cargo de los equipos, o sea volverlos algo parecido a una empresa, ¿cuántos de los indignados de hoy estarían de acuerdo? Lo demás, parece como tomarse una aspirina para enfrentar un ataque al corazón.

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