Martín Aguirre
Martín Aguirre

No era para él

Si alguien dice que la vio venir, miente.

Es verdad que en las últimas semanas, la gente cercana a Ernesto Talvi se mostraba desconcertada, desilusionada, molesta. Algunos de sus asesores más próximos, se habían ido discretamente para su casa. Y otros no ocultaban su fastidio por los volantazos del conductor de Ciudadanos, en su liderazgo sectorial.

Pero irse de esta manera, no solo era inimaginable por lo que implica para su proyecto político, y para quienes apostaron por él. Sino que da un mensaje muy negativo sobre la política en general.

La frase que Talvi eligió para marcar su salida, dice mucho sobre la decisión: “No es para mi”. Y describe de manera chocante su desencuentro con esta actividad, que el ex ministro Alejandro Atchugarry describió alguna vez como “la carrera de los honores”.

La verdad es que hay poco honor en la actividad política hoy. Reina la zancadilla, la negociación, el chisme, la maledicencia. Por un lado porque la democracia representativa implica para su “éxito” el representar a un sector amplio de la sociedad. Y toda sociedad, la uruguaya en particular, tiene mucho de esas miserias.

Hoy la política es una competencia de popularidad, con un minuto a minuto sangriento, donde siempre hay que estar por delante de las expectativas colectivas. Casi como un concurso de belleza.

Por otro, porque como todo oficio tiene sus reglas, códigos y costumbres. Si usted ingresa a ella con el objetivo de cambiar buena parte de los mismos, tiene que tener espalda ancha y cuero duro para resistir no solo los embates del poder establecido. Sino del propio electorado que por algo ha elegido a esos dirigentes durante años.

Uno de los grandes errores que cometemos quienes orbitamos en torno a la política, sin ser parte integral de la misma, es creer que para cambiar lo que vemos que no funciona, alcanza con poner ganas y neuronas. Nos cuesta aceptar que la política es un simple reflejo de la sociedad a la que representa. En Uruguay, uno muy genuino, además. Si queremos cambiar cosas profundas, hay que trabajar primero en la sociedad, y eso no se logra en 4 meses.

Hay acciones de Talvi que solo se explican por un divorcio profundo con los códigos de una sociedad conservadora y que ama devorar a sus propios mitos. La polémica pública con Sanguinetti, el choque con el presidente Lacalle Pou, su renuncia en cuotas, y el anuncio de toda una nueva política exterior, a dos días de dejar el cargo. Y no. No funciona así la cosa acá.

La gran pregunta que habría que hacerse es en qué momento Talvi se dio cuenta que la política uruguaya no era para él. Porque tuvo tiempo para recorrer el país, para conocer a sus dirigentes y dirigidos. Para darse cuenta de sus fortalezas y debilidades.

Ahora saldrán voces que dirán que la política “se comió” a alguien que vino con buenas intenciones a cambiar prácticas negativas que venían de años. Parece injusto. Si usted quiere cambiar una sociedad, si quiere pelear con molinos de viento, lo primero que tiene que aceptar es que se va a llevar un par de revolcones. Creer que en unos meses a puro genio va a cambiar un país y a una dirigencia que es el fruto de décadas de evolución, parece un acto de soberbia. Dar un portazo a la primera frustración, dejando tirado a quienes apostaron mucho por tu proyecto, tiene aroma a ingratitud.

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