Manicomio laboral

RICARDO REILLY SALAVERRI

Fuentes de información, propias en muchos casos de sus protagonistas, enseñan que las primeras manifestaciones históricas de sindicalismo en Uruguay se produjeron hacia finales del 1800, en Montevideo. Les promovían tipógrafos, empleados de ferrocarril y alguna poca gente más, de una nación recién nacida, que carecía de conmoción industrial.

Los hacedores de aquellos antecedentes eran anarquistas, llegados fundamentalmente de España e Italia, que tuvieron una particularidad.

Mientras muchos se integraron a las expresiones políticas en formación, particularmente al Batllismo, asentado en el entorno portuario -especialmente cuando los inicios y evolución de la industria frigorífica, por influencia de la raigambre rural, hubieron también abundantes dirigentes gremiales pertenecientes al Partido Nacional-, a diferencia de los anteriores se estableció otra corriente diversa de la anterior para la que el ser nacional nunca existió.

Esta última, internacionalista y apátrida por definición, se nutrió de ideas anarquistas, marxistas y leninistas, y de allí salieron el honorable socialismo del Dr. Emilio Frugoni, defenestrado en vida por agitadores radicales, el comunismo y los tupamaros.

Y, fueron los comunistas, fieles súbditos de la tiranía soviética mientras existió, la fuerza prevalente en el movimiento sindical que hasta hoy opera en el país.

Todo lo de afuera, no importa sus crímenes y atrocidades y su liberticidio, llámense Marx, Lenin, Trostky, Stalin, Fidel Castro, Chávez, Morales, Kirchner, la ETA, las FARC, y cualquier manifestación disolvente adicional por despreciable que sea, es mejor que un Oribe o un Rivera, que un Leandro Gómez o un Lavandeira o un Beltrán, que un Aparicio Saravia o un "Pepe" Batlle, que un Luis Alberto de Herrera o un Wilson Ferreira Aldunate.

El nacionalismo, integrador por definición, siempre ha tratado de ser un eje de equilibrio en el manejo de los temas laborales -cuando se lo permitieron- ya que no está demás recordar que cuando los Consejos Nacionales de Gobierno del pasado siglo, se llegó a cortar la llave de la UTE y dejando sin electricidad al pueblo, hospitales incluidos.

Actualmente, los principales dirigentes del PIT CNT, son notoriamente el ministro de Trabajo y sus acompañantes, promotores de la lucha de clases, a lo que se suma la irresponsable mayoría parlamentaria sin pensamiento propio, que acorde a la hora robótica que vivimos, recibe un toque eléctrico y vota leyes a mano alzada, sea tanto para aprobar un barrido como un fregado.

Concomitantemente, el odio oficialista hacia el empresariado privado es inocultable y ya no se sabe qué más hacer para imponerle mayores castigos.

Ahora se sacó de la galera el invento de que para hacer un despido se promovería una ley que obligue a que primero lo autorice el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (lo que suma a las ocupaciones de plantas, tercerizaciones, consejos de salarios de 1940, etc.).

O sea, que se ponga actualmente al zorro a cuidar de las gallinas.

Gobernar supone arbitrar entre intereses contradictorios presentes en la sociedad (en este caso entre el capital y el trabajo). Lo que se conoce cómo hacer el bien común.

Es tiempo histórico -con elecciones a la vista- de apostar políticamente en las relaciones laborales a que tal propósito sea mañana políticamente posible.

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