Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Venezuela en su laberinto

Del magnífico libro de García Márquez, en el que relata los últimos días del Libertador, tomamos el título de esta nota. Su patria hoy se ve encerrada en un terrible laberinto de horror, y dictadura desembozada. No podemos dejar de mencionar en este inicio la generosa acogida que nuestros compatriotas exiliados encontraron en aquella Venezuela democrática. Muchos orientales encontraron paz, trabajo y oportunidades en la tierra llanera, circunstancia que nos hace preocuparnos aún más por lo que allí ocurre, por simple agradecimiento.

Del magnífico libro de García Márquez, en el que relata los últimos días del Libertador, tomamos el título de esta nota. Su patria hoy se ve encerrada en un terrible laberinto de horror, y dictadura desembozada. No podemos dejar de mencionar en este inicio la generosa acogida que nuestros compatriotas exiliados encontraron en aquella Venezuela democrática. Muchos orientales encontraron paz, trabajo y oportunidades en la tierra llanera, circunstancia que nos hace preocuparnos aún más por lo que allí ocurre, por simple agradecimiento.

Nuestro continente ha conocido durante su turbulenta historia dictaduras, golpes de Estado y retornos democráticos, elecciones limpias y más o menos sucias, pero lo que vive Venezuela en este momento escapa a todas las categorías, contiene elementos que la vuelven más compleja que cualquier otra. El fenómeno chavista, con su carismático líder, surgió de un episodio de hecho, pero luego varias veces fue legitimado por el apoyo popular.

Contrariamente a lo ocurrido durante más de medio siglo en Cuba, los ciudadanos venezolanos consagraron con su apoyo tanto modificaciones constitucionales como el ejercicio del poder político, aun en el caso de Maduro. El “socialismo del siglo XXI”, guste o no, fue avalado por votos. Sin perjuicio de ello los indicios de una gestión totalitaria asomaron gradualmente. De acuerdo con un modelo que se generalizó en otros países, se procedió a poner en marcha un plan que tiene similares características en varios países. Las limitaciones a la libertad de información, el derroche de los fondos públicos, la democracia “de balcón”, sustituido este por las peroratas televisivas y las reformas constitucionales que consagraron la perennidad del poder, fueron la fórmula preferida. Si agregamos la injerencia en los asuntos internos del castrismo, completamos los ingredientes del caso.

La muerte del líder trajo la elección de Maduro, también avalada por votación de sus compatriotas. Pero Maduro no era ni es Chávez. Lo que hoy ocurre es el desmadre de toda legitimidad, la asunción descarada del gobierno dictatorial y la más grande y torpe acumulación de poder que se haya visto en estas latitudes.

La intervención de Cuba en los asuntos internos de Venezuela fue aceptada por los gobernantes de esta última. Es más, la salvación momentánea del régimen fidelista fue asegurada por la generosidad petrolera de Chávez, encandilado por la personalidad de Fidel, considerado su numen inspirador. Pero una cosa es esa solidaridad y otra muy distinta la presencia de miles de efectivos militares y personal civil enquistados en puntos neurálgicos del gobierno como los servicios de inteligencia, las autoridades de inmigración y las aduanas de Venezuela. Cuando se reclama acerca de la no intervención, se olvida que hay una verdadera ocupación del Estado venezolano por parte de esos socios caribeños.

Muchas veces se ha mencionado al hallazgo de petróleo, con su consiguiente explosiva prosperidad, como una verdadera maldición para los países que no saben administrar la nueva riqueza. Venezuela vive sobre un mar de oro negro que ha trastornado su historia, al punto de convertir a ese país en una gran entidad rentística, indiferente a las formas de desarrollo parejo y a un equilibrio productivo y laboral. Como rey Midas al revés los gobernantes se dejaron ir por el fácil camino de la bajada, desechando todo lo que pudiera ser arduo o trabajoso en favor de cobrar, a través de Pdvsa, las fabulosas sumas generadas. No hubo fomento de industrias ni explotación de millones de hectáreas de tierras fértiles. Hoy hay hambre sobre ese mar mineral...

Cuando bajó el precio del barril de petróleo todo se derrumbó. Ese tesoro, se empleó además en un proceso de ayuda, donación y negocios con los demás países de la región, sin antecedentes. Millones de dólares se regalaron, en la difusión de este nuevo socialismo que parecía la panacea. Hospitales, puentes, ventas de crudo a precios de favor, ayudas electorales, valijas de dinero, circularon por la región consiguiendo fervorosas adhesiones. Nuestro país es un ejemplo claro. Chávez logró con su munificencia adeptos políticos que le ovacionaban en sus visitas al extranjero, apoyo en las agrupaciones izquierdistas de América y -no menos importante- una docena de votos en la OEA que bien rinden en las instancias diplomáticas actuales. Maduro tiene, además, un tremendo poder sobre muchos políticos latinoamericanos, fundado en lo que sabe acerca de trámites dudosos y fortunas logradas al socaire de negociaciones de país a país, nunca del todo aclaradas. La información es poder y el dictador tiene archivos potentes.

La elección de la Asamblea Legislativa generó un centro de poder legítimo que trajo una esperanza, pronto ahogada por la ofensiva de Maduro. Este personaje perdió una oportunidad dorada cuando no aceptó someterse a un referendo revocatorio.

Pudo haber reflexionado que contando con una legitimidad de origen, bien podía poner el futuro de su gobierno en juego ante las urnas. Si era confirmado reforzaba la legalidad de su poder. Si era rechazado, salía por la puerta grande. Lo que cabe pensar es cuan libre es ya este personaje, si no es prisionero de los cubanos o los traficantes que representan el poder real en su tierra. Laberinto de difícil salida, que ojalá se encuentre.

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