Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Patria y Partido

Hace tiempo, mucho tiempo, demasiado tiempo cuando resolví en plena juventud que me iba a dedicar a la acción política, lo hice en estos términos: la felicidad de mi patria lograda a través del instrumento histórico que es el partido de mis mayores.

Desde hace sesenta años mis actos y mis pensamientos han estado encaminados en ese sentido, teniendo muy clara las respectivas dimensiones de esa dedicación, diría de ese amor. La superioridad de la idea de patria, al decir de Herrera "no de todas ni de cualquiera, sino de ésta, la nuestra" y el carácter de instrumento de acción cívica del Partido Nacional.

El Uruguay como es y también como queremos que sea, como queremos moldearlo, como queremos mejorarlo, un amor con sentido de perfección. Ni "paisito" ni "patria grande", el que tenemos es un país pequeño pero grande que a nadie debe estar sujeto y que en su singularidad no solo es para nosotros el mejor, sino que su concepción excluye toda otra idea de pertenencia o de subordinación. Libre, independiente, soberano, autónomo. República antes que todo, democracia para la legitimación del poder, unidad nacional como su más preciado tesoro, concordia como su base espiritual, paz como el estado ansiado por encima de cualquier otro.

Patria como empeño, como emprendimiento que requiere de cada uno la labor diaria de su construcción y consolidación, como tensión de la voluntad en las más difíciles circunstancias que son las de discrepar y confrontar sin herir al todo, sin hacer naufragar la barca en la que todos navegamos.

Precaución máxima para el buen derrotero y la arribada segura es la de conocer en su cabalidad el entorno geopolítico en que nos toca vivir y extremar los cuidados en no mezclarnos en conflictos vecinales ni permitir una acción de ese tipo respecto de nuestras querellas. No olvidarlo es condición esencial de sana supervivencia nacional.

Patria a la que se ama sin beneficio de inventario porque existe siempre por encima de los avatares políticos e institucionales que nos ha deparado el viaje de doscientos años. Ella es mejor cuando rigen "las seguridades del contrato” que nuestro Jefe primero exigía y cuando no tememos ni ofendemos estando en ejercicio de la libertad. Eso al punto de que la nacionalidad ha incorporado a su definición más ajustada los conceptos de república y democracia. Por ello la alienidad respecto de la nacionalidad que demostraron los subversivos del ‘63 y los autoritarios del ‘73, ambos empecinados en voltear la legitimidad gubernativa proveniente del voto.

A esta idea ha servido nuestro Partido Blanco primero y Nacional después, durante 183 años. Defensores de la Leyes, custodios de la soberanía, abanderados de la libertad del sufragio, convocantes de ciudadanos por encima de fracciones o divisas.

La vida de nuestro partido es única en la historia del mundo. Debió luchar contra potencias locales y europeas cuando éstas se inmiscuyeron en la natural rivalidad que laudábamos con armas o con argumentos, enfrentados a nuestros hermanos siameses del Partido Colorado. Desalojado del poder cuando se levantó en armas no fue para ocupar la Casa de Gobierno sino para lograr garantías para el voto, el primero de los derechos cívicos, la esencia de un gobierno. Cuando pactó con los demás partidos fue para adelantar institucionalmente. Cuando gobernó fue para hacer, transformar, mejorar social y económicamente, volver más justa la sociedad.

Partido de caudillos los aceptó y los siguió, pero también, establecidas las garantías, los plebiscitó en cada instancia electoral. Fuerza intelectual de primer nivel por ello mismo exigió que la teoría estuviera bien hundida en la realidad, basamento de toda construcción política perenne. Buscó en la ley el afianzamiento de derechos reconocidos como anteriores y propios de la condición humana. Sintió que el cerno de la norma fundamental debía de plasmar esos reconocimientos, acentuando su definición, pero fue creativo, empírico en la búsqueda de la forma de ejercer el P.E., mejor dicho, en la organización del gobierno pues siempre república y democracia figuraron en el más alto punto de la misma.

Partido defensor de la nacionalidad con fiereza y sin claudicaciones. Conocedor, tristemente conocedor de lo que representaban las apetencias vecinales y las intromisiones de los linderos en nuestras querellas domésticas, supo distinguir estos capítulos sombríos de los puentes de cooperación regional conducentes a la prosperidad recíproca, por encima de definiciones de formas de gobierno que cada país quiera darse.

Por estos andariveles hemos procurado marchar arrimando lo que hemos podido a la causa de todos. En la lucha cívica, con la pluma o con la verba. De ese trillo no nos moveremos, hasta el día final. Hoy es hora de pausa, no de despedida. Así conviene para un mejor desempeño del próximo gobierno.

Invitado por los Directores de “El País” hemos aprovechado su generosa hospitalidad para mensualmente dar nuestra opinión. La tradición partidaria de los Rodríguez Larreta, Beltrán y Aguirre en el Partido Nacional es diferente a la nuestra, pero nos unen más cosas de las que nos separan. A esa común base de ideales apelamos hoy al publicar esta última columna, personal decisión ante la nueva circunstancia política que vive nuestra patria. A Julia, Washington y Martín, un abrazo fraterno.

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