Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Llegó la hora (I)

Como advertirá el lector esta es una primera entrega de “Llegó la hora”. Al ritmo sucesivo de las dos instancias electorales que viviremos este mes y en noviembre aparecerá la otra. Cada una con su análisis particular, a partir de la sustancial diferencia que distingue a la una de la otra.

En 1996 los partidos tradicionales llevaron adelante un cambio sustancial, diríamos que histórico, en el sistema electoral. Detrás quedaban setenta y un años de un sistema de acumulación de sufragios, malamente conocido como “ley de lemas”, cuando en realidad son diversas las normas que edificaron una estructura muy peculiar de partidos y un no menos ingenioso modo de contar los votos. Estas normas cumplieron un rol, afirmaron las identidades partidarias, impidieron la fragmentación del sistema nacional en muchos partidos diferentes, habilitando las disidencias internas a sobrevivir sin abdicar ante las mayorías. Más allá de su patología, que analizaremos, sirvieron como ortopedia que facilita la soldadura ósea, que permite que el todo se mantenga, en lo esencial unido, con ramificaciones sectoriales que, en su competencia fortalecían al sistema. Por supuesto que la realidad política y social, que los hechos con su inmejorable elocuencia, se encargaron de desnudar los defectos de esa formulación. Pero, como casi todas las instituciones, agregaron a la construcción nacional sus aportes positivos. Una vez más el viento del cambio nació dentro de los tan criticados partidos fundacionales. Fueron blancos y colorados quienes otearon correctamente el horizonte y -una vez más- entregaron al país un cambio positivo en su organización interna. Se dijo adiós al doble voto simultáneo para las elecciones nacionales y se liberó a la consideración pública nada menos que la elección de los candidatos a presidente. El Frente Amplio, diríamos que característicamente, se opuso a la reforma.

Nuestro razonamiento, el personal y el de quienes nos acompañaron en aquel plebiscito, se fundó en la realidad, materia prima esencial para actuar en política.

En las elecciones anteriores al episodio que cometamos, las de 1984, 1989 y 1994, quienes fuimos electos para la primera magistratura recibimos en forma directa, es decir por parte de quienes querían que Lacalle o que Sanguinetti fueran presidente, promedialmente un 20% de los sufragios. El resto, la sumatoria que nos hizo llegar, se formó con compañeros de lema, muy apreciados pero que no querían que fuéramos nosotros los elegidos. Ello provocaba que, al día siguiente de escrutinio solo uno de cada cinco ciudadanos sentía que realmente había elegido al primer mandatario. Tenue y débil base para ejercer el poder...

Para remediar este defecto se apeló a la candidatura única por partido completada con una apertura sin precedentes en la elección del candidato, las elecciones internas. Dos profundas reformas, dos pasos hacia la mejora del sistema que, lo repetimos, fueron obra de blancos y colorados, una vez más.

El sistema se completa con la segunda vuelta que será tema de “Llegó la hora (II)”. Hoy estamos en la primera. En ella el constituyente nos dice “presentan cada partido un candidato a presidente y los correspondientes a diputados y senadores”. Es una elección entre partidos, con banderas, símbolos y pasión partidaria. Con caracteres bien definidos y proclamados. Puede ocurrir -así fue en 2004- que el votante acepte el mensaje y diga que quiere, en primera vuelta, al presidente con todo su “paquete” político. Puede que no, como será seguramente este año.

Bajemos la teoría a la realidad actual. Desde que se vota bajo el nuevo sistema el Frente Amplio logró tres veces la presidencia, en primera o en segunda vuelta, pero más importante, obtuvo tres veces mayoría absoluta en las cámaras. La última vez que esto había ocurrido fue en 1966 cuando el Partido Colorado con el Gral. Gestido ganó la elección. Con su habitual inteligencia el Dr. Alberto Abdala comentó entonces: “no hay excusas para el error”. A todo el poder, toda la responsabilidad.

Con esa medida es que hay que juzgar al FA. Tuvo todo el poder y al “pasar raya”, a la hora de la inevitable sentencia popular, queda claro que no conviene que siga en el poder, que ha agotado sus impulsos emocionales, que se han secado sus propuestas intelectuales y que solo intenta el continuismo por razones de mero ejercicio del poder y sus beneficios.

Teniendo en cuenta que serán por lo menos nueve partidos los que ocupen bancas parlamentarias, la gran inseguridad que transmiten el Ing. Daniel Martínez y su gente es que solo pueden ofrecer un poder en solitario, habiendo volado todos los puentes de entendimiento y acuerdo, desde el año 2005. No tienen con quienes acordar, no tienen socios para solidificar una mayoría operativa.

Ante ese panorama, destacándose en el sector de los partidos opositores, se presenta el Partido Nacional, que -haciendo honor a su nombre y vocación- adelanta la idea de un gobierno de sólidas mayorías, pretendiendo que ellas sean garantía de profunda y fecunda acción de gobierno. Es lo que todos esperamos.

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