Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

El gobierno como problema

Gobernar es prever, no adivinar sino estar alerta a los datos de la realidad y saber que hay un mañana del que solo podemos adivinar los resultados, las nuevas circunstancias y estimar las consecuencias.

Por ello en horas de abundancia, hay que guardar para poder aliviar días de carencia. Así lo hizo Chile con los buenos precios del cobre que se constituyeron en "colchón" para las crisis que sobrevinieron. Gobernar es hacer, mostrar a los que pagan impuestos que sus dineros resultan, tanto en obras físicas como en decisiones jurídicas que buscan modificar en un sentido positivo las condicionantes para la acción privada. Gobernar es ejercer el poder, sin miedo y dentro de la ley, para garantizar a todos el ejercicio del derecho de cada uno, contemporáneamente y sin diferencias, pues tanto vale el derecho a manifestar como el de circular por las calles. Gobernar es animar, entusiasmar a seres humanos y a entidades a ser mejores, a aplicar nuevas tecnologías, a creer que mañana puede ser mejor que hoy, a través del esfuerzo. En fin, no olvidar al gran Alberdi, "gobernar es poblar", es decir equilibrar demografía con población y hacer de nuestras tierras acogedoras regiones para que acudan inmigrantes. Gobernar es saber qué corresponde a la acción estatal y qué a la iniciativa privada, negando la lucha de clases y sustituyéndola por la competencia natural de intereses. Gobernar es prevenir el delito con la mayor intensidad y si no se logra esto, reprimirlo con la misma fuerza. Seguramente que no se agota en esta lista la descripción, pero para lo de hoy alcanza.

Hace trece años que la fuerza política que nos gobierna es el Frente Amplio con la legitimidad del voto y con mayoría en el Parlamento. Trece años que nos permiten afirmar, con pruebas, que el principal problema que enfrenta nuestra sociedad es el propio gobierno.

Ante todo y aunque para algunos no sea de mayor importancia, la contumaz costumbre de hacer poco caso a la legalidad, de actuar al margen de ella, con una soltura que alarma. Una y otra vez saltearse la Constitución, alegremente, con voces que alertan al respecto cuidadosamente ignoradas y con alevosía votar lo que requiere mayorías especiales con un voto de ventaja. Y que no digan que la materia electoral no importa, pues este caso que es el de la creación de los municipios, bien puede mañana convertirse en derogar alguna de las garantías que la ley quiso preservar exigiendo dos tercios. En actitud de cigarra, canta que te canta, a la hora de las vacas gordas, ¡dale que va!, con el gasto público para ahora quejarse de que es difícil bajarlo.

¿Hacer?... aparte de papelones y derroches, nada de obra pública, salvo para los gringos de UPM de quienes el gobierno nacional está a la orden, sin saber si todo lo que se les concederá logrará el sí.

Prevenir el delito no se sabe. No queremos siquiera imaginar que no se quiere, pero la experiencia indica que no estamos seguros con este gobierno. Que no hay manera de que se ejerza la autoridad a plenitud que es lo que se exige.

Autoridad que de quienes votamos procede y se otorga en plenitud legal, pero que cesa ante la presencia cuasi soberana de la dirigencia sindical que, ni en la educación ni en la Intendencia de Montevideo deja hacer lo que hay que hacer.

El problema es el gobierno que prometió no más impuestos, que anunció combustibles más baratos y que, en su lugar trajo a huracán Sendic y al granizo tributario de Astori.

Cuesta completar esta lista. No solo por lo larga que puede ser sino porque verla en su totalidad, estimarla en su contenido negativo nos hace temer por la fortaleza anímica que le pueda quedar a nuestros compatriotas, nos ataca en la confianza acerca de la posibilidad de que con el voto sea posible salir de esta mediocridad, de esta vulgaridad, de esta medianía en la que se nos hunde. Resulta muy cuesta arriba convencer a los jóvenes que se acercan a la militancia de que la misma vale la pena, porque es el único camino. Ni qué decir con los que sucumben ante el "son todos iguales" o "nadie hace nada" que asoma una vez que se alejan las hordas de la pavada que llenan los teléfonos y las computadoras. ¡Qué bien le vienen a estos gobiernos superficiales y frívolos las redes llenas hasta el borde de información que aturde la formación o la reflexión!

No hay peor enemigo de la democracia que los gobiernos incapaces de entender la realidad y de actuar en consecuencia. Porque no puede ser que se yerre tanto, que no se estremezca el ánimo nacional ante las generaciones que salen (o se escapan) del sistema educativo sin saber otra cosa que dibujar su nombre. Que en nada creen porque de nada se les habló en materia de valores y a quienes atrae la saga cinematográfica de la droga y su doble compañía de abundancia de dinero y de muerte, que tanto se parece a la realidad de los espectáculos. Una realidad inversa que, al mirar la que les rodea en los asentamientos, les hace preferir la de una corta aventura fatal más que una larga vida fructífera.

¡Qué terrible es tener al gobierno como problema principal!

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