Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Día de la Patria

Mes de junio, mes de Artigas. Para el calendario oficial “natalicio” de Artigas. Seguramente que una designación más apropiada de dicha jornada sería “Nacimiento de Artigas - Día de la Patria”.

Se ha debatido y se debatirá acerca de la fecha que los orientales/uruguayos debemos de poner a nuestra partida de nacimiento como nación. Por un lado el 25 de agosto será siempre tildado de sesgado toda vez que no se declara la independencia de las Provincias Unidas. A su vez el 18 de julio es solamente la conmemoración de un documento, por importante que sea que recuerda la organización del Estado. A la vez y de mayor exactitud en materia de política internacional, la Convención de Paz de 1828, en la que se reconoce nuestra independencia es un acto de terceros -por supuesto que los más importantes- pero en la cual nuestro país es objeto y no sujeto.

Ha dado el tema para muchas discusiones y seguirá siendo motivo de análisis contradictorios. El llamar al día del nacimiento del Jefe de los Orientales “Día de la Patria”, va más hondo en la referencia a un acontecimiento que entraña la aparición, en el ámbito de las naciones, de una nueva entidad soberana. Por supuesto que, tal cual ocurre en la gestación de una nueva vida humana, el momento exacto de inicio de esa maravillosa mecánica biológica no es conocido exactamente. Sí se conocen las etapas de la gestación y se conmemora como principal el momento del parto. ¿Dónde nace un río? Se busca entre manantiales, corrientes menores y cuencas hidrográficas la causa para determinarlo.

¿Es en nuestro caso la fundación de Montevideo, para afirmar posesión política hispana? ¿Es cuando en las invasiones inglesas nos constituimos por primera vez fuerza armada? ¿Es por ventura el Cabildo del 8 de septiembre de 1808, rechazando la influencia porteña? ¿Es en la batalla de Las Piedras o en el acto constitutivo de nación que implicó el Éxodo? Todo ello, por acumulación, por sedimento tal como la historia acostumbra a hacerlo.

El proceso colonial, la gesta de Artigas, la Cruzada de los 33 Orientales, la coincidencia con la Gran Bretaña, marcan fechas determinantes. Pero es en la acción y en el pensamiento de Artigas que se amasa la materia prima de nación, de Patria.

No hay en la historia de la América Ibérica una figura política tan completa como la de quien lució los insuperables títulos de Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres. No hay en esta afirmación ninguna exageración, más allá de la que la subjetividad del patriotismo nos impone.

No fue su espada la de un soldado avezado y formado en las escuelas militares europeas, fue el arma con la que ejecutó en el campo de batalla lo necesario para marcar un perfil propio. No vino de logias su vigoroso pensamiento, ni formó parte de sociedades supranacionales, el basamento del mismo es el de los Fueros que le venían en la sangre aragonesa. Su ilustración que fue importante para su tiempo, se completó en las largas cabalgatas escuchando a Félix de Azara y leyendo luego las obras de los Padres Fundadores. Por todo ello es que no cae nunca en la desesperanza de quienes salieron a buscar príncipe inca, francés o español para que gobernara estas tierras. Su norte fue siempre republicano.

El principal problema de la geopolítica platense fue la influencia de Buenos Aires, del “gobierno de Buenos Aires” en la verba del Caudillo que, encaramado en la única fuerza de sus privilegios, hundió la existencia de las Provincias Unidas del Sur en 1813, ahogó y persiguió a las provincias del interior argentino hasta el punto de “independizarse” como Estado de Buenos Aires en 1860.

La llamada disgregación rioplatense tiene una causa suficiente y notoria: el haber ignorado la propuesta de confederación que los diputados orientales llevan en 1813 concretadas en el más claro y apropiado documento político de su tiempo.

La independencia nacional en el ámbito confederado y fuera de él al no aceptarse dicha organización. La separación de los poderes. La libertad de comercio proclamada y concretada en tratados. La libertad de puertos como la vía de su realización. El origen popular del que emana la autoridad política. La más amplia libertad civil y religiosa. La instrucción como mejor arma para la vida. La clemencia para los vencidos como elemento de unidad nacional. La confianza en mejores días radicada solamente en lo que podemos hacer nosotros mismos. La erradicación del despotismo militar. La prudencia en el gasto público para salvaguardar la propia vida colectiva. Afianzarse en la libertad sin ofender ni temer. Separar los poderes del Estado...

Así podría continuar el detalle de los ingredientes que nos constituyen Patria distinta de las demás y que con el tiempo se hicieron realidad. ¡Jefe de los Orientales!

No olvidarlo nunca como meta y cima de nuestros esfuerzos cotidianos.

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