Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Trump, nativista posmoderno

Veo a Donald Trump y evoco aquel tango de Celedonio Flores: “Desde lejos se te embroca, pelandrún abacanado…”

Veo a Donald Trump y evoco aquel tango de Celedonio Flores: “Desde lejos se te embroca, pelandrún abacanado…”

Los principales medios de los Estados Unidos no han ahorrado calificativos: En su tapa, Time lo definió como “matón, ‘showman’, aguafiestas, demagogo” (5 de marzo). En The New York Times (14 de octubre), David Brooks, prestigioso periodista e intelectual afiliado a posiciones conservadoras escribió: “La constitución emocional de Trump solo le permite tocar unas cuantas notas: furia y agresión. En cierta forma, se comporta en los debates como un airado primate dominante que no deja de golpearse el pecho y gruñir. Cada semana, Trump rompe su propio récord mundial de aberraciones”.

Pero el amplio consenso intelectual sobre el personaje elude la pregunta fundamental: ¿Por qué millones de estadounidenses seguramente lo votarán y aun está en carrera para la Casa Blanca? “El menosprecio de sus adversarios aumenta” las posibilidades de éxito de los demagogos, dice Hanna Arendt.

Donald Trump cumple con las reglas de los demagogos tal como fueron estudiadas desde los griegos hasta hoy. Es pariente directo de Jean-Marie Le Pen u otros personajes menores como el francés Poujade o el italiano Guglielmo Giannini, creador del Frente del hombre común o qualunquismo. El tiempo dirá si accede al podio de los triunfadores.

Eliseo Verón dice que el discurso político implica “definir un colectivo de identificación [...], construir un adversario y poner en escena la sinceridad y la verdad.”

Los Trump fructifican en la fértil tierra del temor, el resentimiento o la envidia. Estos sentimientos implican, necesariamente, crear un sujeto causante, un enemigo a quien odiar. En Europa, los judíos sufrieron durante dos milenios ese horrible e injusto destino de sujeto causante de los males y fueron usados para las ambiciones de los demagogos populares.

Bethany Albertson y Shana Gadarian, publicaron en 2015 Anxious politics, subtitulado La ciudadanía democrática en un mundo amenazador. Su tesis es que muchos norteamericanos sufren “un sentido de precariedad que los hace cuestionarse la seguridad de su futuro económico. Hay una profunda ansiedad entre algunos segmentos por los cambios culturales y demográficos que han ocurrido muy rápido en EE.UU. en las últimas décadas”.

Donald Trump le dio color a esa ansiedad -la tez mate de los emigrantes- cumpliendo la regla de crear un adversario, un sujeto causante, un enemigo a quien odiar. Una práctica que tiene profundas raíces en la historia de los Estados Unidos por lo cual Trump no innova en su “colectivo de identificación”.

Lo encuentra en el Nativismo, una corriente ideológica, que rechaza el modelo demográfico expresado en el texto de la estatua de la Libertad, la puerta del país: “¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad. El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas. Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades a mí.”

Una parte del país blanco originario, que había desplazado a los indios hacia el oeste, se rebeló cuando el masivo ingreso de extranjeros. La primera ola nativista estuvo dirigida contra los millones de alemanes que llegaron por razones políticas y religiosas y los irlandeses, expulsados por la gran hambruna (1845 - 1849). Los nativistas argumentaban que ese aluvión era parte de una conjura organizada desde el Vaticano, que traían enfermedades ya erradicadas y aumentaban los índices de criminalidad. La mayoría de los nativistas eran trabajadores o modestos granjeros cuyos medios de vida se veían amenazados por la mano de obra barata y la nueva cultura que suponían los inmigrantes.

El nativismo tenía como referente ideológico al WASP, acrónimo inglés de “blanco, anglosajón y protestante”, excluyendo católicos, judíos, negros, hispanos, asiáticos y amerindios.

El nativismo prohijó leyes como la que prohibió la inmigración de Chinos entre 1885 y 1943 o la Ley de Cuota para Orígenes Nacionales (1921) que limitaba los inmigrantes legales al 3%, luego bajó al 2%, de los connacionales ya instalados en los Estados Unidos. Además, el Congreso estableció la Patrulla Fronteriza como parte del Servicio de Inmigración. La lucha para la inserción plena de las comunidades no WASP jamás fue fácil.

Trump, como todo demagogo es un virus oportunista que ataca a los sistemas de partidos políticos cuando éstos parecen declinar o claudicar ante el sujeto causante.

Demagogos como Mujica o Trump no son meramente excéntricos sino que expresan, cada uno a su modo el espíritu de los tiempos. El puritanismo que acosó a Bill Clinton en los 90 hoy parece perimido y Donald Trump resulta casi inmune a su ridículo peinado, a sus escándalos sexuales, a sus quiebras y fraudes o a sus groserías de lenguaje.

Francois Furet (El pasado de una ilusión) dice, a propósito de la breve fama y el enorme daño provocado por el senador Joseph McCarthy, que el demagogo se convierte en el supuesto “portador de los valores de la nación, el ‘pueblo’, obsesionado por la traición de las elites, se arroja en los brazos de los demagogos: con ello recupera la tradición ‘nativista’”.

El demagogo se presenta ante la ciudadanía como un Redentor ungido para proteger al pueblo, por encima de los partidos. Cuando figuras principales del Partido Republicano hicieron público su rechazo al magnate, este se congratuló: “Está muy bien que me hayan quitado los grilletes. Ahora puedo luchar por Estados Unidos de la manera que yo quiera”. Y no se equivoca, porque el outsider puede ser irresponsable bajo la apariencia de “decir las cosas como son”, y sus dislates responder el aforismo de que “los problemas complejos tienen soluciones erróneas que son sencillas y fáciles de comprender.”

En el mundo de la demagogia no es la verdad ni la excentricidad lo que importa. Por el contrario, ese es su modo de “poner en escena la sinceridad y la verdad.” Dice Hanna Arendt que los demagogos “escogen aquellos elementos de las ideologías existentes que más aptos resultan para convertirse en los fundamentos de otro mundo enteramente ficticio.” Y ese mundo ficticio se mantiene mientras existe la posibilidad del poder. “La posibilidad del poder es la llave del éxito del demagogo totalitario,” dice Hanna Arendt. Y cuando han llegado al poder, ya conocemos el resto de historia.

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