Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Los temas y las palabras

Desde estas páginas, colegas como Álvaro Ahunchain, Francisco Faig o Heber Gatto se han ocupado de la hegemonía cultural que sufrimos, administrada por un vasto aparato funcional al Frente Amplio.

Desde estas páginas, colegas como Álvaro Ahunchain, Francisco Faig o Heber Gatto se han ocupado de la hegemonía cultural que sufrimos, administrada por un vasto aparato funcional al Frente Amplio.

Algunos pequeños eventos me llevaron a salir del habitual camino de la crónica para reflexionar sobre este asunto. Una vez no es costumbre.

La primera incitación nace de mis tres últimos relatos, dedicados a Milada Horáková y al terrible método soviético de los juicios propagandísticos, fraguados y libretados como grandes puestas en escena. El 23 de mayo publiqué la historia de Ludmila Brožová, la sanguinaria fiscal checa que ejerció entre 1950 y 1979 y protagonizó centenares de procesos políticos.

En los comentarios al pie de la edición digital alguien escribió, junto a los habituales insultos a los que habilita el anonimato de este mecanismo: “¿Cuántos de estos columnistas de este diario están solo para hablar del comunismo y agitar fantasmas a cada rato?” Es la primera vez que me ocupo de un comentario, pero hay razones. No son pocos los que piensan así y lo proclaman. Tal el caso de Fernando Amado al cuestionar a dos expresidentes: “Sanguinetti y Batlle siguen acusando al Frente Amplio de comunistas, dictadores, totalitarios e intolerantes. Quieren la revancha contra algo que ya no existe.”

Entonces revisé algunas fechas: La dictadura uruguaya terminó en 1985, el muro de Berlín cayó recién cuatro años más tarde, el 9 de noviembre de 1989, la fiscal Brožová fue juzgada en 2007, las conclusiones de la Corte Europea sobre el caso son de 2011 y ella murió en enero de 2015.

¿Por qué razón entonces es adecuado discutir la historia reciente en el Uruguay y no en el mundo soviético? ¿Dónde está el anacronismo? ¿Acaso el partido en el gobierno no incluye a una inmensa mayoría de partidos, grupos y votantes que defendieron y aun defienden con ardor sus versiones contemporáneas? ¿Acaso Cuba no es su relicto más notorio? ¿Y los derechos humanos en el socialismo a la venezolana? En estos mismos días, nuestro Poder Ejecutivo creó la Comisión por Verdad y Justicia y oficializó una cuestionable delimitación y definición política sobre la historia reciente, apoyada por el mismo Fernando Amado que se molesta con sus correligionarios que discuten sobre algo que, supuestamente “ya no existe.”

He aquí uno de los más significativos logros de la hegemonía cultural: fijar los temas sobre que se puede y/o debe discutir y juzgar y los que se deben olvidar y enterrar. Edgar Morin, en Para salir del siglo XX (1981), muestra uno de estos mecanismos poniendo como ejemplo los procesos de denuncia sobre el gulag soviético, aunque también vale para la Cuba contemporánea. Los comunistas y sus compañeros de ruta primero se indignan: “Es falso, campaña canallesca, calumnia anticomunista.” Luego matizan “Se ha exagerado sobre el tema”, por fin proponen su caducidad: “Es historia pasada, ya terminó.” Esta sucesión de respuestas, a pesar de anularse mutuamente, por mera lógica, han sido siempre eficientes y todavía habrán de serlo en el futuro, respecto a Cuba y Venezuela.

Ninguno de los grandes asuntos que mueven a la humanidad es historia pasada, clausurada o prescripta. De lo contrario sería inútil todo el conocimiento histórico desde Heródoto hasta nuestros días. Por algo Benedetto Croce sentenció que “toda Historia digna de ese nombre es Historia contemporánea”, puesto que se escribe desde y para el presente.”

El triunfo en el campo de las palabras también ha sido decisivo para la hegemonía cultural.

El 14 de mayo El Observador tituló que el recién electo intendente de Maldonado Enrique Antía “planteará en el Parlamento ‘actitudes fascistas’ del FA en la campaña.” Días antes La república había titulado: “Antía acusó al FA de ‘fascismo y nazismo’”. El dirigente blanco se quejaba así por la campaña del FA a la que definió como “política del enchastre”, un vasto operativo propagandístico destinado a difamarlo.

Entonces me pregunté si el calificativo adecuado era “fascistas”. Releí algunos clásicos sobre el tema. Ciertamente, la propaganda es un ingrediente clásico del totalitarismo, tanto fascista como soviético. Sin embargo los fascismos, antes de tomar el poder, se han distinguido por oponer a sus adversarios menos la palabra, que la violencia callejera, patotera y criminal. La propaganda se convirtió en gran herramienta una vez conquistado el poder.

En cambio el modelo soviético -en la oposición o en el poder- ha tenido una especial predilección por la palabra. Durante la guerra fría, y hasta hoy, el análisis de este modelo nos provee de un festín de “palabras maestras”, como las llama Edgar Morin. También un enorme poder de veto sobre el lenguaje. Así el calificativo de “antifascista” tiene, en el lenguaje común, la connotación positiva de la que carece “anticomunista”, su equivalente. Por eso, en el caso de Antía, se usa la expresión “actitudes fascistas”, a falta de otra reconocida por la cultura hegemónica.

El filólogo Víctor Klemperer (1881-1960) escribió El Lenguaje del Tercer Reich, probablemente la reflexión más importante sobre el lenguaje totalitario. Allí sostiene que el nazismo “se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente.” Ignoro si algún filólogo ha incursionado en los diferentes lenguajes soviéticos. Ciertamente debieran de formar parte de ese estudio expresiones tales como “anticomunismo”, “fascismo”, “antifascismo”, “movimientos por la paz”, “liberación nacional” o en tiempos actuales “neoliberalismo”, “movimientos sociales” “globalización” o “rosaditos”.

Las percepciones, creencias, explicaciones, prejuicios y falsedades que elabora la hegemonía cultural adquieren el valor de cosa juzgada y norma que se derrama desde las universidades hasta las aulas escolares, desde los medios de comunicación hasta los escenarios, desde la palabra impresa al habla cotidiana.

La lucha contra las hegemonías culturales, la defensa de una sociedad polifónica para la búsqueda del bien común implica, entonces, rebelarse contra la prisión de los temas y las palabras.

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