Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

El presidente más pobre

Era la madrugada del 28 de junio de 1966. El presidente de la República Argentina se encontraba en su escritorio, acompañado por sus ministros, colaboradores y algunos parlamentarios. Habían pasado la noche en vela luego del anuncio de un levantamiento militar.

Era la madrugada del 28 de junio de 1966. El presidente de la República Argentina se encontraba en su escritorio, acompañado por sus ministros, colaboradores y algunos parlamentarios. Habían pasado la noche en vela luego del anuncio de un levantamiento militar.

A las angustias políticas se sumaba saber que su esposa estaba muy grave. Se habían casado en 1939; cuando ella tenía 22 años y él 39; tuvieron tres hijos. Silvia Martorell, militaba junto él en el partido Radical y le ayudaba en sus tareas como médico. También compensaba a aquel padre ausente que siempre estaba por los caminos, ayudando a los que menos tenían. “Un tipo misterioso […] difícil, no era sencillo. Era enigmático, no era fácil de descifrar. Tenía mucha vida interior… leía mucho, era un hombre reconcentrado.” Así lo recuerda su hija Emma. A las 5.10 horas irrumpió el Gral. Alsogaray al frente de un grupo de oficiales. Con serena indignación el presidente inició el diálogo

-Yo no lo conozco. ¿Quién es usted?

-Soy el general Alsogaray. En representación de las Fuerzas Armadas le pido que abandone el despacho.

-Usted no representa a las Fuerzas Armadas, solo representa a un grupo de insurrectos. Ustedes vienen al amparo de la noche, como los bandidos.

No era la primera vez que se enfrentaba a un militar.

A los 29 años -ahora tenía 65- era médico del ferrocarril en Cruz del Eje, Córdoba, cuando se negó a presentar sus saludos al interventor nombrado por la dictadura de José Félix Uriburu. El hombre tomó nota de la ausencia y a los pocos días quiso conocer al “mediquito ese”. Se le acercó mientras atendía a un enfermo: “Le puse el termómetro en la boca a mi paciente, y en ese momento entró este señor, con otro médico […] Yo le dije ‘mucho gusto’ y seguí atendiendo a mi paciente. Era una situación molesta, porque nadie se animaba a decir una palabra, y […] en una de esas, por querer decir algo, se dirigió a mí y me dijo con tono autoritario: ‘¿Qué tiene ese paciente?’. ‘Un termómetro’, le contesté yo. Me miró y yo le aguanté la mirada. Se fue. A la hora yo estaba despedido por ‘razones de mejor servicio’. Cuando estaba haciendo las valijas en mi hotel, vino un grupo de ferroviarios que me pidieron que me quede en el pueblo. Por eso seguí allá, pero fuera del hospital. Fue mi primer derrocamiento…”

Tampoco esa madrugada se calló ni bajó la mirada. Alsogaray se dio vuelta y se fue, dejando el encargo a un coronel, que tampoco pudo convencerlo. Por fin entró un grupo de la Policía Federal, portando pistolas lanzagases. Eran las 7.45.

Salieron a la calle. “En eso vi que se acercaba entre la gente el que había sido mi ministro de Educación, Alconada Aramburu, y me decía que vaya con él. Yo lo seguí y nos metimos en su coche. Adentro íbamos siete personas. Me acuerdo que mi hermano Ricardo iba sentado en las rodillas del subsecretario Vesco... Así llegamos hasta Martínez [una localidad a 22 kms de Buenos Aires], hasta la casa de Ricardo”.

Arturo Illia (1900-1983), el presidente más pobre de la Argentina, había declarado sus bienes al asumir el cargo: un plazo fijo de 400.000 pesos, un auto y su casa en Cruz del Eje, regalada por sus pacientes y amigos por suscripción popular (un peso cada uno).

Ahora, había gastado todo procurando salvar a su esposa, que falleció el 5 de septiembre; solo le quedaban deudas y aquella casa en Córdoba de la que había salido para ser senador provincial, vicegobernador, diputado nacional y presidente de la Nación

Pero la Historia sería injusta si de Arturo Illia ofreciera apenas la honrosa memoria de un sacrificado médico de provincia que llegó al más alto cargo de la república, de un presidente austero. Austeridad de la que nunca hizo ostentación ni alarde ni uso político.

Había llegado a la presidencia en 1963 en clara minoría parlamentaria. Así y todo cumplió escrupulosamente con sus principales promesas. Creció el PBI, bajaron la deuda externa y el desempleo, aumentó el presupuesto educativo hasta el 26%. Dictó importantes leyes sobre salarios, la banca, el petróleo y los medicamentos y sostuvo una política internacional independiente.

Al llegar a la presidencia había señalado que la igualdad de condiciones para competir electoralmente y la primacía del gobierno civil sobre los factores de poder, serían sus prioridades.

Pero los factores de poder fueron más poderosos: los intereses económicos de lo que llamó “esas cuarenta manzanas que rodean a la casa de Gobierno”, a los que se sumaron, como lo recuerda su hija Emma “desde las fuerzas del peronismo, pasando por la izquierda loca [ya empezaban los movimientos guerrilleros] hasta la del periodismo espurio, plagado de Timerman, Neustadt y Grondona, […] los estudiantes que fueron idiotas útiles de todos estos, […] la CGT que ocupo once mil fábricas...” y por supuesto los militares.

Illia no reprimió ni apeló a los medios para defender su gestión. Tenía un fuerte rechazo hacia la propaganda gubernamental porque había conocido sus peores versiones: “Es que soy enemigo de la mistificación, de la distorsión en lo que se le dice al pueblo. Yo viví en Alemania durante 1934, conocí el fascismo en Italia y el comunismo en Rusia. Sé cómo se puede crear conciencia de algo, por más falso que sea. […] Yo sé que hoy se utiliza la propaganda para magnificar cualquier hecho. A mí, hasta llegaron a criticarme porque no manejaba la publicidad acertadamente. Es que yo respeto a este pueblo que tanto conozco: siempre consideré necesario un diálogo, y no un monólogo. ¿Y dónde se puede producir ese diálogo sino en el Congreso?”

Desde entonces hasta su muerte, el 18 de enero de 1983, Arturo Illia continuó su militancia política. “Andaba con un traje roto y viejo, por la Argentina y por el mundo, tranquilo”, dice Emma. El presidente más pobre murió en una pequeña pieza del Hospital Privado de Córdoba, “con un solo par de zapatos y sus cosas que cabían en una valijita, preguntándole a los hijos: ‘¿Quién va a pagar todo esto?’.”

Dicen que las comparaciones son odiosas. No lo creo. Las comparaciones educan e ilustran.

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