Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

¿Qué es la patria?

El 4 de mayo de 1897 Aparicio Saravia envió una carta a su hermano Basilicio, jefe colorado, acampado del otro lado del río Negro. El caudillo blanco está enlutado y furioso por la muerte de otro de sus hermanos, Antonio Floricio, Chiquito, en la batalla de Arbolito (19 de marzo). Es breve, dura, acusatoria y de ruptura: “…somos extraños el uno al otro.”
Al día siguiente llega la respuesta. Basilicio reconoce las profundas diferencias políticas, pero la abre con “Querido hermano y la cierra con “Yo no puedo ser refractario a los sentimientos de mi corazón y seguiré siendo tu hermano.”

El 4 de mayo de 1897 Aparicio Saravia envió una carta a su hermano Basilicio, jefe colorado, acampado del otro lado del río Negro. El caudillo blanco está enlutado y furioso por la muerte de otro de sus hermanos, Antonio Floricio, Chiquito, en la batalla de Arbolito (19 de marzo). Es breve, dura, acusatoria y de ruptura: “…somos extraños el uno al otro.”
Al día siguiente llega la respuesta. Basilicio reconoce las profundas diferencias políticas, pero la abre con “Querido hermano y la cierra con “Yo no puedo ser refractario a los sentimientos de mi corazón y seguiré siendo tu hermano.”

Aparicio responde inmediatamente, conmovido.

“Caraguatá, 6 de mayo de 1897. Señor comandante don Basilicio Saravia. Presente: Mi querido hermano: He recibido tu larga nota, leyéndola dos veces con profundas angustias de corazón.” El tono ha cambiado, la ira deja lugar al afecto, al recuerdo de “las santas oraciones con que nuestra madre nos adormía” y las “humildes pero augustas virtudes del que nos legó tu apellido y el mío.”

Luego reivindica los gobiernos “del partido que hoy está en armas”, tanto como critica al que su hermano defiende y sus “gobiernos de licencia”, fraude electoral y saqueo de la riqueza pública. Sin embargo, pese al abismo que los separa, Aparicio reconoce que la patria es un “suelo que adoramos los dos”. Luego, en aquel Paso de Pereira, rincón montaraz de la república, escribe una de las más bellas apologías del buen gobierno, de la democracia y el pluralismo que se hayan escrito:

“Es por eso, hermano, que estoy en donde estoy, y aquí estaré al morir. En el bando de los administradores de buena fe; en el partido de las probidades presidenciales, junto a aquellos que suben y bajan pobres del poder. […] La Patria es algo más de lo que tú supones. La patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas; la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos; La patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo.”

Luego llega el reproche, hasta entonces silenciado: “Abandonar la empresa, juzgar mi causa mala, ¿sabes lo que sería? Injuriar la memoria de este muerto adorado, que compartió risueño nuestros juegos de niños y adoró la bandera del Partido en el que estoy.” Basilicio ha optado por quienes mataron a Chiquito, pero escribe: “El grito de la sangre me […] prohíbe [juzgar tus razones] y la voz del cariño no lo permite, más deseo en cambio, hacerte saber lo mucho que me duele y lo harto que me pesa verte luchar en pro de una camarilla sin ley ni Patria […], lo que no obsta para que bien te quiera quien no olvidará nunca los vínculos sagrados que a ti le unen. Es tuyo siempre: Aparicio Saravia.

Habrá otras tres cartas, aun. Los encabezamientos dan el tono e ilustran el devenir de la discusión, las cercanías y las distancias.

Basilicio es un pragmático, no hay lugar en sus cartas para reflexiones y alegatos como los que le acaba de escribir Aparicio. Sus afirmaciones políticas son invariables y se amparan en su coloradismo y la consecuente de un principio de orden: “Mayo 7 de 1897. Señor general en jefe de las fuerzas en armas contra el gobierno constituido. Mi querido Hermano.” En primer expresa la “con profunda dicha” de ver que “los sentimientos fraternales” de Aparicio no se han sido “suplantado[s] por odios inconciliables, indignos de un hombre bien nacido como tú.” No obstante, ahora es él quien reprocha a su hermano la muerte de Chiquito: “¿Quién inició a nuestro hermano Chiquito en esos devaneos de reivindicaciones imposibles? [...] ¿Ignoras acaso que cien veces procuré disuadirlo de las melosas sugestiones de que lo veía acechado?” Le siguen los consejos en lo que insta a su hermano a renunciar a la lucha “tras la vana realización de hechos imposibles en el tiempo y en el espacio.” También le insta a rechazar las acechanzas que “han de explotar tu fanatismo mal comprimido de partidario, […] sugiriéndote ambiciones de gloria y poderío que nunca han atormentado tu corazón y el mío.”

La respuesta de Aparicio demora tres días. Por un lado desiste de continuar una discusión “sobre cuyo fondo histórico no quiero entrar...”, vuelve a mencionar el sacrificio de sus hermanos y devuelve el reproche a Basilicio: “Por desgracia paréceme que eres tu el que te has dejado halagar tu vanidad...” pero [...] “por todo ello no implica que no cuentes en todo tiempo con el cariño de tu hermano. Aparicio Saravia.

El mismo día Basilicio responde al “Señor general en jefe de las fuerzas armadas contra el gobierno constituido” a lo que agrega “y la paz pública”.
Basilicio, militar de un ejército moderno y cada vez más poderoso sabe, o intuye, que el mundo de las patriadas está condenado: “sacrificios inútiles”, “temeridad”, “imprudencia”, así lo define: “Ya pasaron los buenos tiempos en que con florones literarios y ademanes teatrales se enviaba a la muerte en los campos de batalla a nuestros paisanos narcotizados por el incienso de la metáfora.” Luego de las reconvenciones vuelve el afecto: “Recibe el obsecuente saludo cariñoso de tu hermano, que desea para ti tanta felicidad como para Basilicio Saravia.”

No habrá nuevas cartas, pero vuelven a encontrarse en julio aprovechando una tregua de dieciséis días. Se citaron una noche, en una tapera con higuerones, cerca de una pulpería. Mientras los primos que acompañaban a sus padres en la guerra, formaban rueda aparte --“estábamos contentos de vernos”, recuerda Nepomuceno-- los dos hermanos conversaron y se rieron mucho. Nunca más habrían de reunirse.

Basilicio vivió doce años más que Aparicio. Pudo ver la consolidación de un Estado moderno y pujante y la promulgación de la ley, (diciembre de 1915) que habilitaba, por primera vez, el voto secreto y universal (masculino) y un inicio de representación proporcional. Falleció el 14 de marzo de 1916 sin ver los comicios que probarían en las urnas que el Partido Blanco era la otra mitad del país, un primer paso hacia la patria por la que habían muerto sus hermanos, concebida como “el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos.”

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados