Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Panzeri contra todos

La lucidez para ver aquello que la mayoría niega suele ser un castigo; la amargura, el ánimo que la acompaña y la soledad, la condena impuesta por el establishment. Dante Panzeri (1921-1978) pagó todos esos precios. Fue un periodista atípico; su género fue el fútbol, pero por su estilo y asuntos parece más un crítico cultural. Sostuvo teorías que defendió con intransigencia –el jugador-artista como centro. Como todo crítico que se precie tenía filias, fobias y caprichos: nunca aceptó la introducción del uso de números en las camisetas, por ejemplo.

La lucidez para ver aquello que la mayoría niega suele ser un castigo; la amargura, el ánimo que la acompaña y la soledad, la condena impuesta por el establishment. Dante Panzeri (1921-1978) pagó todos esos precios. Fue un periodista atípico; su género fue el fútbol, pero por su estilo y asuntos parece más un crítico cultural. Sostuvo teorías que defendió con intransigencia –el jugador-artista como centro. Como todo crítico que se precie tenía filias, fobias y caprichos: nunca aceptó la introducción del uso de números en las camisetas, por ejemplo.

En 1958 llegó a director de la revista el Grafico, donde se había iniciado en 1945; por entonces la más importante de habla hispana. Apenas duró tres años. Un incidente, una presión y una intransigencia le hicieron renunciar en 1962. Desde ese momento vivió un largo peregrinar por innumerables diarios, revistas, radio y televisión. Siempre duraba poco y acrecentaba su fama de inconformista y amargado pero hasta el final de sus días nadie fue indiferente a sus opiniones. “¿Qué dirá Panzeri?” se convirtió en un latigillo entre los aficionados.

Nunca hizo concesiones a lo políticamente correcto y menos aun al chauvinismo. En 1966 cuando Argentina y Uruguay denunciaron una suerte de conspiración para sacarlos del mundial de Inglaterra, no tuvo empacho en atribuir la derrota al mal fútbol y al matonismo de la selección argentina. Fiel a estos principios deploró los triunfos internacionales de Racing y Estudiantes, culminación del exceso, la violencia, las artimañas, las trampas, y el abuso del reglamento: tenía una verdadera obsesión por denunciar las suciedades de Salvador Bilardo, que entraba a la cancha con agujas para lastimar al rival. Los demás festejaban, Panzeri advertía y criticaba.

Su posición frente al mundial de 1978 es tan paradigmática como vigente. Fue una larga y solitaria lucha de más de una década puesto que la designación se produjo en 1966.

Siempre había deplorado la intervención de la política en fútbol y vislumbró que el Mundial era una oportunidad que ningún poder despreciaría: “Además (¿O antes?) de negocio, el fútbol es política. […] La “mina” (en sus dos sentidos) tienta al gobierno.” (25/08/1970).
Creía que el país no estaba capacitado y criticó la fiebre “setentiochista” con sólidas razones, sin ahorrarse las palabras. Su vigencia sorprende y alarma: “El Mundial 78 no se debiera realizar en Argentina por las mismas razones que un tipo que no tiene guita para ponerle nafta a un Ford T no debe comprarse un Torino [una marca de moda]. Si lo hace es porque alguien está robando.” […] Porque vivimos esquivando leyes. Afanándonos entre nosotros mismos. Borges dice que el nuestro es un país venal. Se le nota de mil maneras. […] Nuestros acostumbramientos a vivir afanándonos entre nosotros mismos, determina que queramos hacer el Mundial 78 aun a sabiendas de que nos va ir muy mal, especialmente si lo ganamos.” (Noviembre de 1975).

Las respuestas, también los agravios, no faltaron. A los que sostenían que los costos se absorberían con la plata de los 150.000 turistas les respondió con números simples: sacó la cuenta del transporte que sería necesario disponer, la capacidad para albergarlos y proporcionarles lugar en los estadios y concluyó: “Mucho, ¿No?” Informó con precisión sobre las cifras: en los últimos mundiales los visitantes nunca habían superado las 20.000 personas. (25/08/1970). También recordó que el mundial de Alemania 74 había vendido 900.000 entradas menos que las previstas por los eficientes germanos. La razón era sencilla: muchos equipos que ingresan al Mundial por las cuotas establecidas por la FIFA “no interesan como taquilleros. Los acompaña siempre el vacío.”

También les recordó la voracidad de la FIFA, un detalle que por entonces no solía tenerse en cuenta y en 2014 se muestra en toda su ferocidad: “FIFA establece los precios necesarios para llegar a una recaudación […], pues el 75% de los beneficios deben repartirse en dólares entre FIFA y los 15 países visitantes.”

Nadie quería escucharlo, preferían oír a otros como el relator José María Muñoz que gritaba que “Argentina debe mostrar al mundo que es capaz de organizar una competencia de la magnitud del desafío. El prestigio del país está en juego.” Panzeri respondió “¡Al mundo le importa un cuerno si somos capaces o no de organizar un campeonato de fútbol! Es una demostración que no acredita ninguna aptitud ajena a las obligaciones rutinarias del hombre.” (Noviembre de 1975).

A principios de 1978 le diagnosticaron cáncer de pulmón. Los militares que habían instalado su criminal dictadura en 1976 pusieron el mundial como uno de sus objetivos propagandísticos. Panzeri no dejó de opinar. Entonces el Almirante Lacoste, hombre fuerte de la organización lo citó a su despacho. “Panzeri adujo –cuenta Bauso—que jamás había pisado un despacho oficial y que esa no sería la primera vez.” Lacoste insistió y Panzeri aceptó a ir a su casa. La entrevista duró 150 minutos, Lacoste peroró la mayor parte del tiempo, salvo cuando le sonaba el teléfono. Panzeri se levantó, le dejó dos carpetas y una síntesis de 18 razones por la que no debiera hacerse el mundial y le dijo: “Mire, señor, mejor me voy a mi casa y lo llamo por teléfono, que me va a atender mejor.” Murió el 14 de abril. No vio el Mundial, ni el fanatismo chauvinista ni la guerra de las Malvinas, que fue su continuación lógica, ni el slogan “Los argentinos somos derechos y humanos”.

Tampoco vio como un joven a quien había aconsejado y en cierto modo apadrinado en Radio Colonia, Víctor Hugo Morales, lo llamaría “El mundial de las sonrisas” y escribiría que “en el futuro servirá como modelo de organización el esquema, la infraestructura y hasta el espíritu de los argentinos. Como broche de oro a tan destacado proceso, bien respaldados desde arriba, sus jugadores y Menotti pudieron trabajar como quisieron.” (Mundocolor, 4 de julio de 1978). El arriba eran Videla y sus cómplices.

Pasaron los años, en 2014 Brasil organizó un mundial bajo un gobierno democrático, acosado por las protestas y las denuncias de corrupción. La fiesta terminó. Ahora quedan las deudas, los estadios inútiles y las carencias de siempre

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