Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Mima y Lola, mis abuelas

El recuerdo de mis abuelas de un lado y otro del Atlántico se instaló discretamente en mi memoria y se impuso a otras crónicas que había imaginado para al día Internacional de la Mujer. De golpe, toda otra opción me hacía sentir convencional u oportunista. Pido disculpas al lector si lo defraudo con una historia simple.

El recuerdo de mis abuelas de un lado y otro del Atlántico se instaló discretamente en mi memoria y se impuso a otras crónicas que había imaginado para al día Internacional de la Mujer. De golpe, toda otra opción me hacía sentir convencional u oportunista. Pido disculpas al lector si lo defraudo con una historia simple.

Nací y pasé la mayor parte de mi vida en Montevideo. Pero también viví largas temporadas en la Asturias de mi padre y recogí muchas historias en el dulce sonido “da nosa fala”.

Mi abuelo de Montevideo era un gallego que hacía mucho que había olvida- do su Magalofes natal y ni acento le quedaba. Era áspero, duro y querible como un personaje de John Ford. Mi abuela uruguaya murió poco antes del casamiento de mis padres, de modo que esa función la cumplió, con creces, mi madrina, a la que mis primeros balbuceos le impusieron el definitivo apodo de Mima.

Era afectuosa, confidente, nunca le faltaban cuentos ni consejos, escuchaba con paciencia y jamás ahorraba risas sonoras y elegantes. Su vida no fue fácil pero siempre se las arregló para ser feliz y hacer feliz a los demás. Tenía una pequeña mercería en Pablo de María y Durazno donde yo pasaba muchas tardes y fines de semana. En la radio sonaban los radioteatros, especialmente los gauchescos como Martín Aquino, Juan Moreira u Hormiga Negra. No pasaba semana en la que no me llevara al teatro, al biógrafo -Mima decía biógrafo y botines- o a la fonoplatea de la radio a ver, en vivo, los programas populares. Una vez salí premiado en un sorteo, subí al estrado del entonces teatro 18 de Julio y me entregaron una hermosa muñeca, de aquellas con cabeza de porcelana. No tenía más de cinco años y bajé rojo de vergüenza y de rabia. Mima me consoló, se quedó con la muñeca y a la salida me compró un regalo equivalente, para varón. Su influencia fue notable y seguramente insoslayable en mis gustos y el arraigado respeto y cariño hacia las culturas populares.

Tuvo una vida larga y provechosa y pude hacerle un pequeño homenaje, un gesto de justicia. Mi tesis de doctorado, un abstruso estudio semiótico sobre el lenguaje cinematográfico, lleva la siguiente dedicatoria en castellano: “A Mima, que me llevaba al biógrafo y a la fonoplatea de la radio”. Al regresar a Montevideo le entregué un ejemplar de aquel libro, editado en francés, que nunca podría leer pero que, en el fondo, le pertenecía.

Mi abuela asturiana era bien diferente y tuvo que pasar el tiempo para situarla en su justo valor. En cambio, al abuelo Nicomedes le tuve -mejor dicho le tengo- un inmenso cariño y una admiración sin par. Era muy bueno trabajando la madera y amaba los caballos. Me enseño a cabalgar por espesos montes y escarpadas alturas.

Ya mayor y retirado, todavía le gustaba ir por las ferias, preguntar, discutir y revisar caballos, como si aún estuviera en el negocio. Aunque casi no usaba el su-yo, alguna noche, luego de cenar, me enviaba con cómplice picardía a desgranar maíz para llevarle al caballo, que acumulaba una reserva de energías, propias de un atleta, sin usarlas. Mi abuela, que no perdía detalle “nos reñía” a los dos. Por las noches, antes y luego de la cena, Nicomedes contaba historias de rayos, centellas, brujas, misteriosos caminantes y personajes extraños de aquellas aldeas perdidas. Fue el mejor narrador oral que he conocido.

He dedicado un largo párrafo a mi abuelo, cuando en realidad esta crónica nació pensando en mi abuela Lola, incluso con un sentimiento de culpa por haber tardado en descubrir el valor que merece su memoria. Usaba un amplio vestido negro y un negro pañuelo en la cabeza que nunca se quitaba aunque casi no tenía canas, y sin razón de luto, puesto que salvo ella misma, que murió con 74 años, toda la familia ha gozado de vidas largas y sanas. Nicomedes vivió hasta los 97, había nacido en 1890, y aun viven seis de sus diez hijos, incluida mi tía Amalia, la mayor.

Sentada en la cocina o alimentando gallinas, la seriedad del rostro era su estado natural. Yo era adolescente y estaba obsesionado por hacerla reír; a veces lo lograba. Entonces hacía un esfuerzo por contener la risa mientras decía con una casi insondable ternura: “Anda, sí que eres tollu como tou bolo” (alocado como tu abuelo).

Con los años comprendí la razón de la devoción de la que era objeto. En aquella aldea perdida llamada Las Mestas, Nicomedes salía a vender caballos, también las crines, la lana del rebaño de ovejas y los corderos. Tenía una bien ganada fama de hombre honesto para quien “la palabra era una escritura”. De allí salía el escaso dinero en efectivo. Mientras, la abuela Lola dirigía con amor y firmeza un batallón de diez hijos: tres varones y siete mujeres, para extraer lo necesario de la empinada y escasa tierra, de las gallinas, de los dos cerdos engordados en casa y carneados para San Martín, en noviembre. También la poca leche que daban dos vacas “del país”.

Por si fuera poco, durante la guerra civil dieron cobijo y guarida en la estrechez del caserío, a una hermana de mi abuelo con sus tres hi- jos y su marido socialista que no perdía ocasión de anunciar la revolución y sus consecuencias a aquella familia de labriegos simples y muy religiosos. Ninguno de los niños olvidaría sus arengas sobre el amor libre. “Anda, calla, pájaro de mal agüero”, protestaba mi abuela, preocupada por sus siete hijas mujeres

La abuela Lola era una excelente modista y cada 10 de agosto, para la fiesta de San Lorenzo, las niñas estrenaban vestido nuevo. Durante la guerra escaseaba la tela así que tomó su bien guardado ajuar de novia, lo tiñó de azul y las niñas tuvieron su vestido. Se las arreglaba para hacer todo bien. Cuando estaba por nacer un niño, allá iba a oficiar de partera para los vecinos. “Hizo nacer a muchos y todos salieron sanitos”, me cuenta mi tía Elvira.

Pero la tierra era avara y no daba para todos; mi padre se ofreció para emigrar. Sería el primero de cuatro. Un día de la semana san- ta de 1942, los varones bajaron a Coaña, a las celebraciones religiosas. Volvieron para la cena, se sentaron y Lola preguntó por mi padre: “Ya marchó para América, -le respondió mi abuelo-, no tuvo valor para despedirse”. Mi abuela lanzó un llanto terrible y desgarrador, el mismo que yo oiría en 1964, el día que se despidió de mi padre, por última vez. Quizás por eso vistiera siempre de negro.

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