Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La mentira patriótica

La elección de dos españoles a cargos de primer nivel en Francia -- Manuel Valls, primer ministro y Anne Hidalgo, alcaldesa de Paris—, también el crecimiento de la extrema derecha nacionalista y xenófoba, me recordó la historia que sigue.

La elección de dos españoles a cargos de primer nivel en Francia -- Manuel Valls, primer ministro y Anne Hidalgo, alcaldesa de Paris—, también el crecimiento de la extrema derecha nacionalista y xenófoba, me recordó la historia que sigue.

El 25 de agosto de 1944, en Paris recién liberada, Charles de Gaulle pronunció un breve discurso que incluía esta oración: “¡Paris! ¡Paris ultrajada! ¡Paris quebrada! ¡Pero París liberada!... ¡Liberada por si misma, liberada por su pueblo, con el apoyo de los ejércitos de Francia, con el apoyo de la Francia toda, de la Francia que lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna!”

De Gaulle siempre quiso dar la impresión de que sus grandes discursos eran improvisados, pero la verdad es que los preparaba cuidadosamente y luego los memorizaba. Este no fue la excepción. En ese caso, cada expresión, emitida rítmicamente, era parte de una construcción política: situar a Francia en el bando de los vencedores y evitar, como país ocupado que era, una administración provisoria en manos de los Aliados.
Hace años, viendo filmaciones de archivo sobre el evento, una imagen me llamó la atención: uno de los half-track (autos oruga blindados) que entraba a Paris llevaba un nombre al frente: “España cañi”. Revisé el clásico de Henri Michel (La liberation de Paris, 1980) que incluye un capítulo --¿Quién liberó Paris?- donde confirma la tesis de De Gaulle: “La liberación de Paris es un victoria incontestable de la Resistencia y de Francia.”

Pasaron los años y “España cañi” quedó en mi memoria hasta que lo encontré en una librería de Madrid. Era la tapa de un libro de Secundino Serrano: La última gesta (Aguilar 2005)

En el invierno de 1939 miles de refugiados republicanos huyeron a Francia. No hay acuerdo en las cifras que, para algunos, alcanza el medio millón de personas. Lo cierto, dice Serrano, es que en diciembre de 1939 había 180.000 españoles censados en Francia, “buena parte de ellos hacinados entre alambradas, acogidos como apestados,” en campamentos improvisados. Unos seis mil se enrolaron en el ejército francés y la legión extranjera, de modo que el 40% de los voluntarios extranjeros eran españoles. Combatieron contra los alemanes en Noruega, Siria y Libia hasta que la rendición francesa los dejó desamparados, muchos fueron reenviados a España como prisioneros de Franco. En cambio los legionarios pudieron integrarse a la Francia Libre en el norte de África. Fueron unos dos mil. En mayo de 1943 se creó la Segunda División blindada al mando del general Philippe Leclerc; una de sus compañías, la nueve, estaría compuesta exclusivamente por españoles, con un francés al mando, Raymond Dronne, y con el valenciano, Amado Granell, como su segundo.

En mayo de 1944 la división fue enviada a Inglaterra y el 1 de agosto de 1944 desembarcó en Normandía como parte del III Ejército estadounidense del general Patton. El mando aliado decidió rodear Paris para evitar los problemas de hacerse cargo de la gran ciudad y seguir hacia Alemania. En respuesta, De Gaulle forzó la mano: el 20 de agosto de 1944, la resistencia sublevó la ciudad y la División Leclerc enfiló hacía la capital. A la cabeza iba la Nueve, así la llamaban, en castellano; sus vehículos llevaban los nombres por ellos elegidos y la bandera de la República.

A las nueve menos cuarto del 24 de agosto entraron a París por la Porte d’Italie. A las 21.22 horas, llegaron a la plaza del Ayuntamiento. El half-track Guadalajara, con tripulación extremeña, fue el primero en llegar, le siguieron el Madrid, Jarama, Ebro, Teruel, Guernica, Belchite, Guadalajara, Brunete, Santander y Don Quijote y un tanque Sherman, el Romilly, el único tripulado por franceses. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron en París se hicieron desde el blindado Ebro.
Los españoles tomaron por asalto la Cámara de los Diputados, el Hôtel Majestic y la Plaza de la Concordia. A las 3:30 horas de la tarde del 25 de agosto, la guarnición alemana de París se rindió y fueron los soldados españoles quienes recibieron como prisionero al gobernador alemán de París, Dietrich von Choltitz. El pueblo se tiró a la calle; Paco Izquierdo era uno de los españoles que patrullaban las calles laterales de los Campos Elíseos cuando una muchacha se lanzó sobre él lo besó y le dijo: “¡Eres el primer soldado francés al que beso!”.

El 26 de agosto el General De Gaulle desfiló a pie por Les Champs Elisées. Con esta imagen bien conocida se abre el documental “La Nueve, los olvidados de la Historia”, de Alberto Marquardt (2009). La voz en off da los detalles: En torno al general “miembros del Consejo Nacional de la Resistencia, oficiales, la muchedumbre, la euforia. También los half-track […] encargados de la seguridad del general. […] Cada uno lleva un nombre, un nombre español. A la izquierda del general, el Don Quijote, detrás Les Pingouins, el apodo que los franceses solían dar a los españoles. Por último, el Madrid. […] En su diario de campaña Raymond Dronne anota: ‘La compañía española, la primera en penetrar en Paris, ocupa en el desfile un puesto de honor.’”

La consigna de los españoles era “¡Paris, Berlín, Barcelona, Madrid!, pero su última gloria será la toma de la residencia de montaña de Hitler en Baviera. Los aliados perdonaron a Franco. Después el olvido y la falsificación oficial de la historia. Adrien Dansette que escribió en 1946 el primer libro sobre el tema mintió que los primeros en entrar a Paris fueron los tanques Montmirail, Romilly y Champaubert, con soldados franceses. ¿Arde Paris?, la célebre obra de Dominique Lapierre y Larry Collins y la película adaptada, universalizaron la mentira y el olvido.

El escritor Jorge Semprun explicó, sino justificó, el olvido, el “el uso de historia” que no retuvo más que aquello que fuera útil a la política francesa de posguerra. Borrar a los extranjeros de la Liberación fue, dice, “una operación política voluntaria de parte de las autoridades gaullistas y de los dirigentes del Partido Comunista francés.”

Pasarían 60 años para que Paris se acordara de ellos. Fue en 2004, cuando solo quedaban Rafael Gómez, Luis Royo y Manuel Fernández. En medio de una larga lista de conmemoraciones y homenajes, se colocó una discreta placa junto al Sena.

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