Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La verdad y la libertad

En 1957 Albert Camus (1913-1960) recibió el premio Nobel de literatura.

En esa ocasión realizó tres intervenciones en Suecia: el discurso de agradecimiento, el 10 de diciembre en Estocolmo; el 12 en la casa de los estudiantes, también en Estocolmo, tuvo un diálogo con los jóvenes y por fin el 14 en la Universidad de Upsala dio una larga conferencia. Se cumplen sesenta años de estos sucesos y la voz de Camus penetra el tiempo y nos interpela.

El lector que intime con las 697 páginas de su biografía, escrita con precisión filatélica por Herbert R. Lottman, no puede sustraerse al impacto que producen la consistencia moral y la honestidad del escritor argelino.

El escritor polaco Czeslaw Milosz dijo que Camus "tenía el coraje de decir cosas elementales".

Durante el intercambio con los estudiantes se le atribuyó una frase que sus enemigos utilizaron con fruición: "Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre".

Carl Gustav Bjurström, traductor sueco de Camus estuvo allí y sostuvo que la expresión atribuida fue a la vez inexacta y truncada, en medio de una referencia a la guerra de Argelia que tanto le dolía. Podía entender las razones de la rebelión, pero nunca el terrorismo. En realidad dijo: "En este momento se lanzan bombas sobre los tranvía de Alger. Mi madre pudiera encontrarse en uno de esos tranvías. Si eso es justicia, yo elijo a mi madre. […] Lanzar bombas en medio de gente cuya único error es existir es inadmisible". En otra ocasión agregó:

"El fin no justifica los medios salvo que la diferencia de importancia recíproca sea razonable. Se puede enviar a Saint-Exupery a una misión mortal para salvar un regimiento, pero no se puede deportar a millones de personas y prohibir todas las libertades con vistas a un bien futuro", había razonado en 1946, cuando buena parte de sus amigos se dejaban seducir por la Unión Soviética. En esos mismo días, Sartre decía cínicamente que en el país de Stalin existía plena libertad de crítica y más adelante aún, en 1961, que "todo anticomunista es un perro", lo que llevó a Raymond Aron a preguntarle si había que considerar a la humanidad una perrera.

Ese mismo modelo de razonamiento, parado en lo humano le llevó a publicar esta anécdota. A la salida de una conferencia se encontró con un viejo amigo de la Resistencia. Conversaron brevemente, pero aquel viejo camarada mostraba una actitud reservada, "por no decir hostil":

-¿Es Ud. Marxista ahora? Le preguntó Camus.

-Sí.

-Se convertirá entonces en un asesino

-Ya lo he sido.

-Yo también, pero no quiero serlo más.

-Ud. fue mi padrino [en la resistencia]

-Mire, —concluyó Camus— el problema real es el siguiente: pase lo que pase yo lo defenderé siempre contra los fusiles de la ejecución. Ud., se verá obligado a aceptar que se me fusile. Piénselo.

El discurso que pronunció el 10 de diciembre de 1957, ante las autoridades suecas, según lo señala en sus primeros párrafos, trató sobre "la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor."

A continuación me limito a seleccionar extractos del mismo:

"Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos. […] Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual." […]

"Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones de la época, me mantuve por el sentimiento oscuro de que escribir era, en ese tiempo, un honor, puesto que ese acto obligaba y obliga no solamente a escribir. Me obligaba a cargar, en la medida de mis fuerzas, con todos aquellos que vivían la misma historia, la desgracia y la esperanza que compartíamos. […]Por lo mismo el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad, por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte. Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo, en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan, crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión."

Apenas nada ha cambiado en la vigencia de Camus, a diferencia de buena parte de sus contemporáneos, en particular de sus adversarios.

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