Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Jacobinismo a la uruguaya

El Frente Amplio ha construido “un relato de la historia que explicita cómo los ‘malos’ llegaron a ser tan malos y cómo ellos, los ‘buenos’, son herederos de los sacrificados de ayer”. (Julio María Sanguinetti, Correo de los Viernes, 29 de mayo). De hecho, hace varias décadas que este relato es hegemónico, pero con el FA en el gobierno, obtuvo un imponente refuerzo desde el Estado.

El Frente Amplio ha construido “un relato de la historia que explicita cómo los ‘malos’ llegaron a ser tan malos y cómo ellos, los ‘buenos’, son herederos de los sacrificados de ayer”. (Julio María Sanguinetti, Correo de los Viernes, 29 de mayo). De hecho, hace varias décadas que este relato es hegemónico, pero con el FA en el gobierno, obtuvo un imponente refuerzo desde el Estado.

Sin embargo, este ha venido a sustituir otro relato y otra historia oficial emanada de las alturas del poder a lo largo de las primeras seis décadas del siglo: el relato batllista.

Aliviado de sus aspectos más ásperos, claro está, Sanguinetti es hoy uno de sus más lúcidos representantes. En una entrevista reciente (El Observador, 30 de mayo), -brillante y compartible en muchos aspectos- expuso buena parte de sus tópicos:

“Batlle [y Ordóñez] es el constructor del Estado moderno. […] Unifica el Estado [luego de la guerra de 1904], a través de una política social muy importante, que cambia, naturalmente la estructura del país. […] Ahí nace un Estado integrado, liberal, en el sentido de que es democrático; liberal, en el sentido de que es economía de mercado, social en el sentido de que el Estado asume roles nuevos: seguridad social, legislación humanista (abolición de la pena de muerte, la protección de la mujer…), […] la república laica, otro aspecto fundamental. Batlle produce una revolución. [Esas] son las características del país que conocemos nosotros. […] El Uruguay al que hemos llegado es el batllista. […] La sociedad uruguaya es una sociedad matrizada sobre las líneas y orientaciones fundamentales del batllismo”. No hubo una palabra para el resto del sistema político de la época batllista.

Sería de necio e ignorante negar el liderazgo de Batlle y Ordóñez y el Batllismo en la construcción de la excepcionalidad uruguaya, combinación de libertades políticas, progreso y bienestar. En los primeros sesenta años del siglo XX Uruguay vivió más años de democracia que la mayor parte de los países europeos y americanos. Entre 1904 y los años 60, en el Uruguay no se mató por política, a diferencia de lo que ocurría en toda la región y en buena parte del mundo.

Pero el relato batllista, tal como lo sintetiza el expresidente, suele olvidar otros aspectos relevantes.

En primer lugar, políticamente, aquel Uruguay no es una donación graciosa de Batlle y Ordóñez: es el resultado de enfrentamientos, aportes, tensiones y acuerdos de un sistema que se articulaba y rearticulaba a través de blancos y colorados, cruzados por sus grandes alas internas, sin olvidar los aportes de los llamados “partidos de ideas”. No todas las grandes leyes, iniciativas y progresos fueron de origen batllista, mientras que las otras fuerzas le impidieron más de un exceso. No es difícil de sostener la tesis de que un batllismo sin contrapesos hubiese podido convertirse en un partido casi único como sería, más tarde, el PRI mexicano.

Esto se apoya en la segunda observación: la condición de “liberal”, atribui-da a Batlle y Ordónez y el Batllismo. Dice Sanguinetti: “Liberal en el sentido de que es democrático.[…] La filosofía liberal lo primero que es, es Libertad, es la que construyó la libertad, los Derechos Humanos. Esa es la filosofía liberal”. Sin embargo, tomando un ejemplo presente, el FA es democrático -en la medida en que acepta el pluralismo de las urnas y no pretende mantenerse en el poder por la fuerza- pero no es liberal.

Batlle y Ordóñez y el Batllismo histórico -más aun el FA- representan formas del jacobinismo, que no es una variante del liberalismo sino una concepción opuesta que tiende a borrar los límites entre la política y la moral y para el cual la voz del adversario es prescindible salvo para señalar errores y desviaciones que deberá corregir, por sus propios medios, aquel que se atribuye la “lectura correcta” de la voz del pueblo.

Los botones de muestra llenarían generosamente una mercería.

El durísimo combate contra la religión es una de las expresiones más significa- tivas de un jacobinismo batllista que aún tiene sus pujos en esa colectividad política. Dejemos claro el punto: la separación de la Iglesia y el Estado, tal como se expresa en las constituciones, desde 1917, es un avance de irrefutable justicia. Pero no lo es el intento de extinguir la religión y sus manifestaciones, cuyo ejemplo más radical es la ley del 23 de octubre de 1919 por la cual se instaura una bufonada antirreligiosa contra la pascua, la celebración más importante de los cristianos -también de los judíos. Podría haberse eliminado el feriado o mantener dos días con un nombre respetuoso, pero no: se le llamó semana de Turismo, instando a los uruguayos -con gran éxito- a dar la espalda a cualquier proceso de reflexión espiritual.

Ya en 1906, José Enrique Rodó había percibido con gran lucidez y costo personal, el problema en su conjunto. El 5 de julio de 1906 escribió respecto al retiro de los crucifijos: “¿Liberalismo? No: mejor digamos ‘Jacobinismo’. Se trata, efectivamente, de un hecho de franca intolerancia y de estrecha incomprensión moral e histórica, absolutamente inconciliable con la idea de elevada equidad y de amplitud generosa que va incluida en toda legítima concepción del liberalismo...”.

Con el mismo espíritu jacobino se creó un aparato simbólico a través de calles y monumentos. Así, dos de las mayores avenidas de Montevideo llevan los nombres de Gral. Flores y Gral. Rivera, mientras que sus contrapartes blancas, Oribe y Berro, quedaron relegados a lo que entonces eran los aledaños de la ciudad y dejando en claro cual era el único motivo por el que merecían un recordatorio (Presidente Berro y Presidente Oribe). En cambio, el antiguo e histórico camino de los Propios y el parque de Los Aliados, cambiaron sus nombres al de José Batlle y Ordóñez.

Hoy, un partido jacobino de manos enyesadas, sordo y carente de superyó, gobierna y bloquea el país, apoyado en el éxito de aquel otro relato, quizás usurpándolo. Vivimos acosados por quienes, bajo una pretensión de verdad única e innegociable han generado un clima de intolerancia y un gobierno de círculos, de sumisos, oportunistas y logreros.

¿No será tiempo de luchar por la instauración de un verdadero liberalismo político? ¿No será necesario vindicar la polifonía liberal, abrir, todos, el camino a las voces multiplicadoras, al sinceramiento, a las objeciones y propuestas racionales? 

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