Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Historia oficial o pasado útil

Canal 12 emitió “El Origen: José Batlle y Ordóñez”, un programa que en exiguos ochenta minutos pretende abarcar su obra y legado. El resultado es digno, narrativamente. Su director, Facundo Ponce de León, recurre a un expediente conocido: figuras esperables -Caetano, Sanguinetti, Batlle-, alguna “boutade” de Conrado Hugues, para incomodar, algún testimonio que merecería más tiempo (Adolfo Garcé) y un muy cuestionable corolario donde entrega la última palabra al Pit-Cnt y a la ex presidente del FA: Mónica Xavier.

Canal 12 emitió “El Origen: José Batlle y Ordóñez”, un programa que en exiguos ochenta minutos pretende abarcar su obra y legado. El resultado es digno, narrativamente. Su director, Facundo Ponce de León, recurre a un expediente conocido: figuras esperables -Caetano, Sanguinetti, Batlle-, alguna “boutade” de Conrado Hugues, para incomodar, algún testimonio que merecería más tiempo (Adolfo Garcé) y un muy cuestionable corolario donde entrega la última palabra al Pit-Cnt y a la ex presidente del FA: Mónica Xavier.

Pareciera que nada escapa a los parámetros de la cultura hegemónica y oficial: Don Pepe “hubiese gritado: ¡Viva el Pit-Cnt!” dice Richard Read.

El hecho es antiguo. Los uruguayos arrastramos una enorme dificultad para pensar nuestra Historia, liberándola de los tutores de la Historia Oficial, ya dirigida desde el Estado, ya por sectores dominantes de la intelectualidad.

Nuestra Historia Oficial nació a fines del siglo XIX y coincide con el gran cambio que traen la inmigración, la Reforma Vareliana, el fin de las guerras civiles y el batllismo.

Desde entonces “la uruguayidad” habrá de sostenerse en dos pilares, aparentemente incompatibles, unidos por el arte de un sincretismo casi religioso: Artigas, “fundador de la nacionalidad” y una predestinación histórica que prefigura al Uruguay desde los más remotos tiempos.

Dos piezas extremas de esos pilares:

En 1879 en ocasión de la inauguración del monumento a la independencia nacional en Florida. Juan Carlos Gómez, histórico defensor de la tesis de la “Unión del Plata”, cuestionó la pretensión de independencia de los hombres del 25 de agosto de 1825 y Francisco Bauzá respondió en una serie de artículos publicados en el diario La Nación, entre el 30 de septiembre y el 4 de octubre de 1879.

El Bauzá de la Historia de la dominación española en Uruguay, hombre y obra valiosísimos, es capaz de sostener, sin embargo, que: “Cuando los españoles llegaron a América existían tres naciones organizadas con elementos propios, carácter independiente y límite fijo: el Imperio de los Incas (Perú), el Reino de Lautaro (Chile) y la República Charrúa (Uruguay)”. Carlos Real de Azúa comenta con merecida ironía, que esta afirmación no pertenece a la Historia, sino en todo caso “a la historia de la historiografía y se estudiaría con simpatía indulgente y hasta enternecida”. Sin embargo, apelando a mejores versiones pasaría a formar parte de la Historia Oficial.

La otra pieza es el Himno a Artigas, escrito por Ovidio Fernández Ríos; poeta, batllista y redactor de El Día, estrenado en 1910 y aun en uso. Mediante una inequívoca relación al “Padre nuestro” cristiano, coloca al prócer como un semidiós: “El Padre nuestro Artigas/ señor de nuestra tierra/ que como un sol llevaba/ la libertad en pos./ Hoy es para los pueblos/ el verbo de la gloria/ para la historia un genio/para la Patria un Dios.”

Desde entonces, los principales historiadores con un gran apoyo del Estado dedicaron sus afanes a la proclamación del nuevo evangelio uruguayo. Este proceso culmina a mediados de siglo bajo el magisterio de Juan E. Pivel Devoto.

Historiador y ciudadano benemérito, pero no exento de intolerancia, dispuesto a mantener el altar que se le confiara a cualquier precio, Pivel utilizó la llave de las numerosas publicaciones y colecciones oficiales que se le confiaran, para evitar cualquier desafío.

El caso de Juan Carlos Gómez es paradigmático. Aun descreyendo de sus tesis sobre Artigas y la independencia, no puede negarse que fue un pensador insoslayable en la segunda mitad del siglo XIX, como es indiscutible su influencia sobre el principismo doctoral que, en palabras de Javier Gallardo, se destacó “por una fuerte adhesión a los valores del civismo republicano, la promoción de las libertades liberales, constitucionales e individuales y la defensa de los principios y fundamentos de una democracia de partidos”. Tal fue su prestigio que, en 1905, se dio su nombre a una de las calles más significativas de Montevideo, la que pasaba frente al Cabildo, sede del Poder Legislativo. En 1921 el Estado editó dos tomos con sus escritos políticos y la edición lleva la firma de José Batlle y Ordóñez, Presidente del Consejo Nacional de Administración, hijo de Lorenzo Batlle, su gran adversario.

Sin embargo, Juan Carlos Gómez no figura en la colección de Clásicos Uruguayos. Es más, en el número 145 -“La Independencia Nacional” (1975)- Real de Azúa observa que Pivel recoge los ataques de Bauzá y de José Pedro Ramírez contra Juan Carlos Gómez, pero ni una sola página de éste”. Por si hubiese dudas Pivel inicia su prólogo con la tesis de Bauzá: “La nacionalidad uruguaya está prefigurada desde los orígenes de nuestra formación social”. Tampoco se priva de atacar a Gómez directamente o a través de citas.

Por ese entonces ya habían aparecido nuevas generaciones de historiadores: la Nueva Historia, (Juan Antonio Oddone, Blanca Paris, Raúl Jacob, José Pedro Barrán, Benjamín Nahum), el grupo comunista liderado por Lucía Sala de Touron, sumados a los revisionistas (Reyes Abadie, Bruschera, Melogno o Methol Ferré).

Si bien éstos últimos cuestionarían con cierto éxito la tesis uruguayista, Real de Azúa, hombre libre si los hubo, reflexionaba: “Parecería existir por parte de una orientación historiográfica disidente una cierta voluntad de mimetización en la historiografía tradicional.”

Esa mimetización fue para el FA un sostenido y exitoso programa de apropiación política iniciada el día que hizo suyo el estandarte artiguista, la llamada bandera de Otorgués, algo a lo que nadie se había atrevido hasta entonces. A su debido tiempo reclamó para sí el antimperilismo y el nacionalismo de Herrera (ampliamente citado durante la guerra de Vietnam) y por supuesto el batllismo. En su cajón de sastre también cabrá Wilson Ferreira Aldunate.

Ciertamente, toda Historia Oficial se presta para usos impropios. No quiere decir esto que haya que renunciar al uso ponderado respetuoso y común de “un pasado útil”. La expresión es del poeta inglés T.S. Elliot y la retoma Real de Azúa definiéndolo como: “Un pasado inteligible, capaz de sustentar, de dar sentido, a una faena histórica y nacional proyectada hacia delante”.

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