Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Un tal García

La conmemoración del 25 de agosto de 1825 y la siempre olvidada del 27 de agosto de 1828 (Convención preliminar de paz) me arrimaron la memoria de Manuel José García (Buenos Aires, 1784 – 1848): político, jurista, economista y diplomático. Un personaje que pasa liviano por las páginas de nuestra Historia Patria, a pesar de haber desempeñado un singular protagonismo.

La conmemoración del 25 de agosto de 1825 y la siempre olvidada del 27 de agosto de 1828 (Convención preliminar de paz) me arrimaron la memoria de Manuel José García (Buenos Aires, 1784 – 1848): político, jurista, economista y diplomático. Un personaje que pasa liviano por las páginas de nuestra Historia Patria, a pesar de haber desempeñado un singular protagonismo.

Se doctoró en derecho civil y canónico en 1804 en la Universidad de Chuquisaca, escuela de dirigentes para la independencia. Se comportó valientemente durante las invasiones inglesas y alcanzó el grado de Teniente Coronel. Allí terminó su historia militar y comenzó una larga carrera política que cerraría recién en los tiempos de Juan Manuel de Rosas.

El revisionismo histórico suele ponerlo entre sus bestias negras. Jorge Abelardo Ramos lo declara “el personaje colonial más oportunista de su época. Fue hombre de confianza de todos los gobiernos porteños. […] Carecía de un partido político, […] pero había logrado afinar sorprendentes facultades para servir simultáneamente los intereses porteños y la política británica. […] Usaba complacido una caja de rapé guarnecida de diamantes y una plancha de oro con el retrató del insigne cornudo Jorge IV.”

Otro de los astros del revisionismo histórico --José María Rosa— es más ponderado e indulgente: “Era un diplomático nato. Hombre culto, de excelente educación y finas maneras, de palabra fácil y clara, reunía esas condiciones exteriores a una penetrante inteligencia y a una prudencia que llegaba hasta la astucia.” Coincide en esto, sorprendentemente, con Bartolomé Mitre que consideró a García entre “los hombres más notables de su época. Patriota decidido, hombre de elevación moral, cabeza de inteligencia poderosa.” Aunque agrega que “no era hombre de iniciativa ni de lucha. Carácter flexible, se doblaba a impulso de las circunstancias.” Su contemporáneo, el Deán Funes había escrito que “siempre ha sido sospechoso en punto a patriotismo,” mientras Gervasio Posadas dictaminaba que tenía “un alma fría para las cosas de la patria”.

Es probable que Funes, Posadas y Mitre interpreten de manera equivocada a un hombre reticente a las frases y actos grandilocuentes, dictados para la posteridad. En ese sentido Manuel José García es una suerte de antihéroe que se justificó ante la Historia con estas palabras: “Los sacrificios más heroicos son los que no tienen recompensa de gloria ni de fortuna. Una cosa es el patriotismo que inspira el valor de morir por su país, y otra el que hace capaz de conocer bien los intereses de la patria.” Sabía mirarse con justeza.

Le preocupaban menos los partidos que la organización institucional bajo principios liberales y representativos. Aunque era enemigo declarado de los caudillos no se identificó, sin embargo con los unitarios: “Mientras nuestra política interior no tenga más polos que los de unitario y federal, no será posible quietud ni confianza.” En 1829 escribió: “Todos los Gobiernos son para mí respetables, si conservan la paz y la libertad. Que se llame Cónsul, Rey o Pontífice, o cualquier otro nombre el que tiene el Poder Ejecutivo, es indiferente para mí, siempre que produzca aquellos bienes y los asegure.”

Estos rasgos explican, sino justifican, los hechos fundamentales que protagonizó.

En 1815 encaró su primera misión. Fue bajo el gobierno de Carlos María de Alvear. Jaqueado por el federalismo artiguista y ante el temor de la inminencia de la salida hacia América de una expedición española para acabar con la revolución, el entonces Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata le encomendó la misión de negociar con el gobierno británico. Alvear le explicó claramente su misión y le entregó un documento en el que proponía lisa y llanamente que el gobierno británico acogiera “en sus brazos á estas Provincias, que obedecerán su Gobierno, y recibirán sus leyes con el mayor placer.” García, que sí tenía iniciativa, pese a la opinión de Mitre, tuvo la prudencia de no entregar la carta y limitarse a un pedido a una intercesión –fracasada-- ante el gobierno español y sentar las bases de un acuerdo comercial. García concluyó sobre los británicos: “Desengañémonos, son usureros políticos, nada más.” A su regreso se instaló en Rio de Janeiro como embajador plenipotenciario durante cinco años. Su siguiente misión sería destruir a Artigas.

En julio de 1816 escribió, “La escuadra portuguesa está en anclas, y sólo espera buen tiempo para acabar con Artigas, que luego acabará de molestar a Buenos Aires. Hay que suavizar la impresión que un sistema exagerado de libertad ha hecho en el corazón de los soberanos de Europa.” Pero, a su vez, García tenía la vana aspiración de que la ocupación portuguesa de la Banda Oriental fuera transitoria: “Si a los ladrones de poncho substituyen otros ladrones de casaca que acaban por exprimir a esos infelices pueblos, entonces, no se habrá hecho más que mudar la montonera negra con la montonera blanca.”
En 1820 volvió a Buenos Aires para convertirse sucesivamente en un eficiente ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores.

En 1825, los orientales se levantaron en armas y el entusiasmo por recuperar la provincia incendió Buenos Aires. Luego de Sarandí las manifestaciones recorrieron las calles, apedreando sistemáticamente el consulado brasileño. El 24 de octubre García envió una carta de felicitación a Lavalleja; arrancaba eufórica y terminaba con su habitual cautela: “Tenemos que luchar aún con graves dificultades, pero no hay que temer; con un poco de serenidad sacaremos partido de los mismos embarazos para llegar hábilmente a término.”

No quería lanzarse a la guerra inmediatamente y para ello argumentó que el tema oriental concernía a toda América y explicó que estaba en negociaciones con Bolívar. Pero Brasil declaró la guerra el 10 de diciembre de 1825 y el Congreso argentino la aceptó el 1 de enero de 1826. Luego de un año y medio de combates, el 16 de abril de 1827 Manuel José García recibiría las instrucciones para su última misión. (Continuará)

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