Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La verdad extravagante

Hacia 1670, Bussy-Rabutin escribió que “la extravagancia es un privilegio de la realidad”, un axioma que ya había sido promulgado por Aristóteles en su Poética: en todo relato “es necesario preferir lo imposible que es verosímil a lo posible que es increíble”. Lo que sabía y contó Jan Karski entre 1942 y 1944 sufría ese mal de la rareza excesiva.

Hacia 1670, Bussy-Rabutin escribió que “la extravagancia es un privilegio de la realidad”, un axioma que ya había sido promulgado por Aristóteles en su Poética: en todo relato “es necesario preferir lo imposible que es verosímil a lo posible que es increíble”. Lo que sabía y contó Jan Karski entre 1942 y 1944 sufría ese mal de la rareza excesiva.

Había nacido como Jan Kozielewski en 1914 en Lodz, en una familia católica de clase media; las frustraciones que vivió en sus 86 años no le hicieron perder su fe ni abandonar su práctica. Estudió diplomacia y obtuvo varios destinos; era gentil, apuesto y seductor.

En 1939, al comenzar la guerra, fue movilizado, cayó prisionero de los soviéticos, por milagro logró escapar y se enroló en la resistencia. Pronto se destacó por sus excepcionales cualidades para el análisis, su dominio de varios idiomas y sobre todo su prodigiosa memoria: Era “un disco de gramófono que se graba, se transmite, se escucha”. Se convirtió en una figura clave en el área de inteligencia, fatigó las sendas clandestinas a lo largo de Europa obteniendo y transmitiendo información.

En julio de 1940 fue detenido por la Gestapo en Eslovaquia, lo torturaron, intentó suicidarse y lo trasladaron a un hospital de donde fue rescatado por órdenes directas del general Komorowski, jefe de la resistencia polaca. El médico y la mayor parte de los que participaron del operativo serían ejecutados. Luego pasó dos años refugiado en una granja en las montañas hasta que, en octubre de 1942, inició su misión definitiva: hacer un informe detallado de la situación polaca. Tomó contacto con diversos dirigentes. El socialista judío León Feiner lo guió a través de las redes de alcantarillado hasta el Gueto de Varsovia y su memoria fijó cada detalle: “No era un cementerio porque los cuerpos se movían. […] Por todas partes había hambre, miseria, la atroz pestilencia de cuerpos en descomposición, los lastimeros gemidos de los niños agonizantes, los gritos desesperados de un pueblo que mantenía una espantosa y desigual lucha por la vida.”

Más tarde logró infiltrarse en uno de los campos de tránsito hacia el exterminio. Los dirigentes judíos le dijeron: “Creen que exageramos, que somos unos histéricos, pero millones de judíos están condenados al exterminio.” En noviembre de 1942 llegó a Londres y presentó un minucioso informe. El gobierno polaco se movilizó y Jan Karski se convirtió, en “una máquina de relatar”. Recién en febrero de 1943 tuvo la primera entrevista importante. Anthony Eden, ministro de Exteriores le explicó que el objetivo aliado era derrotar a Alemania, y que ningún “asunto secundario” debía interferir. Lord Cranborne líder del Partido Conservador le dijo: “Señor Karski, usted es un hombre inteligente. ¿Se da cuenta de que el mensaje que nos trae es insostenible?” En mayo de 1943, su informe “Las ejecuciones en masa de judíos” fue difundido por la BBC. Nunca fue recibido por Churchill.

Entonces el gobierno polaco lo envió a los Estados Unidos y el embajador Jan Ciechanowski organizó una amplia agenda, lo acompañó y lo asesoró. El 28 de julio de 1943 fueron a entrevistarse con “el hombre más poderoso de la nación más poderosa del mundo...”

Franklin D. Roosevelt escuchó, aparentemente con atención, le hizo algunas preguntas sobre Polonia, ninguna sobre los judíos y lo despidió con un: “Dígales que vamos a ganar esta guerra y que en la Casa Blanca [los polacos] tienen a un amigo.” También les entregó una lista de personalidades que los escucharían.

Un día llegó hasta la embajada Felix Frankfurter, miembro de la Suprema Corte de Justicia. Ciechanowski advirtió a Karski de la importancia del encuentro: “Todas las personas bien informadas consideran a este hombre el más brillante de la escena política americana y uno de los más cercanos al presidente.”

Frankfurter llegó a media mañana, era cordial, imponente a pesar de su corta talla, “todo en él emanaba brillantez”, recordaría Karski.
--“Joven, ¿Sabe que soy Judío?”

A lo largo de toda la entrevista se dirigiría a él llamándolo “joven”

--“Si, claro.”

--“Háblemele de los judíos en Polonia.”

Karski vuelve a ser la máquina de narrar. Frankfurter baja la cabeza, mira al piso, parece ensimismado. Al final del relato, se levanta y comienza a caminar por el amplio salón, hace un elogio de su valentía y le dice: “Joven, ya no soy una persona joven y soy un juez de los hombres. Mi cabeza y mi mente están hechos de tal manera que no puedo aceptar esto, no, no.” Luego levanta la voz y concluye: “Yo no le creo”.

El embajador, en silencio hasta ese momento, interviene enfáticamente a favor de Karski que solo se ha limitado a murmurar algo, consternado. Felix Frankfurter concluye: “No dije que este joven mienta; dije que yo no puedo creerle. Hay una diferencia.” El hombre “más brillante de de la escena política americana”, judío, por si fuera poco, había cerrado todos los caminos.

El último gesto de Karski fue al año siguiente: Se encerró en un apartamento de Manhattan y escribió Historia de un Estado clandestino. Vendió 500 mil ejemplares. En julio de 1945, EE.UU. y Gran Bretaña traicionan a los polacos y los entregaron a Stalin. El holocausto ya era un hecho consumado.

A los treinta años Karski cerró su vida primera. Volvió a estudiar, en 1952 obtuvo un doctorado, luego la ciudadanía norteamericana y un puesto en Georgetown donde enseñaría Ciencia Política durante 35 años. No volvió a mencionar su peripecia hasta 1978 cuando el cineasta Claude Lanzmann lo entrevistó durante dos jornadas para su película Shoa. En 2010 Lanzman difundió 48 minutos inéditos de aquella entrevista.
En la introducción el cineasta se pregunta: ¿Que significa saber? ¿Como configurar lo que la mente nos dice que es imposible? Lanzman concluye citando a Raymond Aron, el filósofo judío refugiado en Londres durante la guerra, quien preguntado si tuvo conocimiento del Holocausto dio una respuesta que parafraseaba, sin saberlo a Felix Frankfurter: “Lo supe, pero no pude creerlo y porque no pude creerlo, no lo supe.”

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