Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

El cura de la Cabaña

El 6 de enero de 1959, Javier Arzuaga, capellán de la antigua fortaleza de La Cabaña se reunió con el nuevo comandante -Ernesto Guevara, el Che- para acordar las nuevas condiciones sobre el ejercicio de su ministerio. Cinco días atrás había festejado intensamente la “revolución de los barbudos” de modo que aquel primer encuentro fue cordial y la primera de muchas conversaciones; ambos tenían treinta años. A la inversa de su antecesor, el Che le prohibió celebrar la misa para la tropa pero le autorizó visitar a los prisioneros.

El 6 de enero de 1959, Javier Arzuaga, capellán de la antigua fortaleza de La Cabaña se reunió con el nuevo comandante -Ernesto Guevara, el Che- para acordar las nuevas condiciones sobre el ejercicio de su ministerio. Cinco días atrás había festejado intensamente la “revolución de los barbudos” de modo que aquel primer encuentro fue cordial y la primera de muchas conversaciones; ambos tenían treinta años. A la inversa de su antecesor, el Che le prohibió celebrar la misa para la tropa pero le autorizó visitar a los prisioneros.

En La Cabaña, principal centro de detención y emblemático sitio del “Paredón”, se apiñaban 800 hombres en un lugar para 300 catres.

El mandato evangélico respecto “al enfermo, al perseguido, al encarcelado” era claro, pero el P. Javier sentía rechazo de cumplir su misión entre represores y contrarrevolucionarios. De todas maneras y sin orden superior alguna, asumió la tarea. Una perspectiva religiosa obligaría a decir que Javier Arzuaga, recibió ese día su señal divina.

En el camino de regreso, aquel hombre que sufría graves dudas sobre su quehacer sacerdotal y su fe, se preguntaba como haría para asistir a los condenados a muerte: “Ahora tienes que ser justo tú el que le ponga luz verde para la otra vida.” Le aguardaban los seis meses más duros y evangélicos de su vida.

Las primeras visitas a los presos fueron ásperas: “Yo no era santo de su devoción y me veían como uno del otro lado. Y sin embargo poco a poco fui introduciéndome entre ellos [y] comenzó a respirarse allí un ambiente de espiritualidad, todas las noches rezábamos el rosario, un rosario lento, comentado.”

Pero el momento de la verdad llegaba a la medianoche, a la hora de los fusilamientos, hasta siete en una jornada. La duda y la culpa le agobiaban: “Un Sacerdote tiene que ser autentico y entero en su fe cuando se enfrenta a la muerte ajena,” se decía. Pero aun con su fe maltrecha asistiría con amor a 55 condenados entre enero y mayo de 1959.

Incluso organizó el orden de los fusilamientos según la capacidad para abordar el momento final: “Me vas a perdonar pero te dejaré para lo último y mientras tanto ve comunicando tu fe y tu fortaleza a los demás”, le decía a los más enteros.

Aun recuerda con indisimulado rencor que “el Che Guevara había ordenado que nadie fuera fusilado sin que yo estuviera presente, al parecer se había corrido la voz de que yo los hipnotizaba, de que yo los llevaba hipnotizados y que por eso todo era mas fácil.”

La única tarea sacerdotal a la que se negó fue la del sacramento de la Confesión. No podía cargar con el dolor de conocer culpas o inocencias; prefería no saber. Les decía: “No me interesa lo que ustedes hayan hecho, si quieren confesarse les traeré a otro sacerdote.” Y así fue.

“En La Cabaña, en aquella época, éramos tres los protagonistas: el fusilado, el que mataba y yo -payaso de Dios, que trataba de ofrecer lo que no tenía”.

El Che impuso que todos sus hombres debían formar parte del pelotón de fusilamiento, en grupos rotativos de seis, pero no todos tenían la sangre fría necesaria. Una noche como tantas, acompañó a un condenado: “Conversamos unos minutos y procedimos a hacer los ritos de despedida, el beso a la imagen de Cristo en su cruz, el abrazo, el que Dios te acompañe. Me hice a un lado.” Tiraron, el hombre se desplomó pero no murió. Gritaba: “Padre, Padre…”. El cura suplicó: “Ya se cumplió la pena de fusilamiento, ya se cumplió la sentencia… llévenlo a un hospital.” Duque Estrada, el jefe supervisor, ordenó al jefe del pelotón que le diera el tiro de gracia; tiró con los ojos cerrados “y no se sabe adonde fue a parar la bala, el moribundo seguía gritando: Padre, Padre. […] Otro tiro de gracia, otra bala perdida y seguían los gritos del moribundo.” Entonces el P. Javier agarró al oficial por la muñeca: “acerqué lo que mas pude la mano a la cabeza del moribundo… le grite: dispara ya… dispara ya.” Solo así acertó. El cura se fue al convento y despertó a un colega: “Quiero confesarme, he matado un hombre.” Luego subió a la azotea a llorar largamente y solo, y a esperar la noche siguiente.

Javier Arzuaga recuerda detalles, angustias, sorpresas e ironías de tantos fusilamientos, pero sin duda, la experiencia más atroz fue la de Ariel Lima, un muchacho de 16 años que desde los 14 era militante revolucionario. Había tomado contacto con el Che y organizó un grupo de jóvenes en la Habana, pero fue capturado y lo torturaron aunque no habló hasta que le trajeron a su madre, se la pusieron delante, comenzaron a desnudarla y le dijeron: “Tu vas a hablar.” El P. Arzuaga oyó, con detalle, toda la peripecia de los propios labios de Ariel. Estaba preso por revolucionario en La Cabaña y allí quedó. Cuando llegó el Che lo condenaron a muerte por traición.

Aunque a esa altura ya sabía que cuanto más compasión se le pedía con mas crueldad respondía, el P. Arzuaga procuró interceder por Lima ante el Che. La charla fue larga, los argumentos de Arzuaga, sólidos. “En la vista de apelación se decidirá”, fueron las últimas palabras de Guevara.

La vista no duró más de diez minutos y como en todos los casos, la condena se confirmó. Arzuaga esperaba ansioso en la puerta. Al salir, el Che apenas le saludó y siguió con su comitiva camino a la comandancia. En ese momento una mujer corrió hacia él y se postró en el suelo, delante de todos. Alguien le advirtió: “Es la madre de Ariel Lima.” El cura de La Cabaña jamás olvidaría ese momento: El Che le dijo: “Le recomiendo que hable con el Padre Javier Arzuaga, es un maestro consolando. Me miró y en tono burlón me dijo: ‘Es suya’. Esa noche odie al Che”.

Javier Arzuaga ya no podía más, estaba sicológicamente destrozado: “Me fui a México para un tratamiento.” Nunca volvería a Cuba y ejerció su ministerio en varios países de América hasta 1974, cuando pidió la dispensa de sus votos a Roma, se casó y tuvo tres hijos.

Cercano a la Teología de la Liberación, seguramente pensaba, ingenuamente, que las revoluciones son buenas y las pervierte la maldad de algunos hombres. Por eso el cura de La Cabaña guardó silencio y anonimato durante 47 años. Sus amigos le decían: “No tienes derecho a llevarte tu testimonio contigo cuando mueras, pertenece a Cuba, son parte de su historia.” En 2006 escribió “Cuba, 1959. La Galera de la Muerte”, mejorado luego con el título de “A la medianoche”, que también es el de un documental sobre su experiencia.

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