Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Crimen en nombre de Dios

El mundo cristiano ha recorrido un largo camino para acercarse al fugitivo horizonte de la tolerancia. En realidad es difícil discriminar en tanta sangre derramada, en tantas penas inflingidas, las razones teológicas de los terrenales motivos del poder. Las guerras religiosas nunca estuvieron exentas de las mismas pulsiones que las demás: el deseo violento de dominación. Hoy, el terrible espejo del totalitarismo islámico nos vuelve a interrogar sobre el crimen en nombre de la santidad.

El mundo cristiano ha recorrido un largo camino para acercarse al fugitivo horizonte de la tolerancia. En realidad es difícil discriminar en tanta sangre derramada, en tantas penas inflingidas, las razones teológicas de los terrenales motivos del poder. Las guerras religiosas nunca estuvieron exentas de las mismas pulsiones que las demás: el deseo violento de dominación. Hoy, el terrible espejo del totalitarismo islámico nos vuelve a interrogar sobre el crimen en nombre de la santidad.

Las guerras de religión que vivió Francia entre 1562 y 1598 son un acabado ejemplo. “Más allá del antagonismo religioso que separa a católicos y protestantes, el drama que se representó […] fue una tragedia política” dice Jean Sévillia. Algunas mentes lúcidas así lo vieron y por ese camino intentaron una solución que sentaría las bases de la tolerancia expresadas filosóficamente por John Locke o Pierre Bayle, un siglo más tarde.

Michel de l’Hospital fue uno de esos hombres venerables que elaboraron, dice Sévillia, “el concepto de tolerancia civil -diferente de la tolerancia dogmática-, cuyo fin era asegurar la paz pública integrando legalmente a los reformados en el cuerpo político, diferenciando en ellos la calidad de súbdito y la de hereje.”

Michel de l’Hospital, de raíces judeo españolas, nació entre 1504 y 1507 en un pueblo de la Auvernia, en el centro de Francia. Su padre era médico del poderoso condestable de Borbón y con él debió exiliarse en Italia cuando éste se enfrentó al rey. Michel se educó la Universidad de Padua, donde luego fue profesor de Derecho Civil; se impregnó de cultura humanista, la expresó en buena poesía y alcanzó temprano renombre como jurista.

Hacia 1533 regresó a Francia y pronto su reputación se hizo notar. Ejerció cargos de jurista y diplomático hasta que en 1560 la regente Catalina de Médici lo nombra Canciller (Ministro de Justicia y Primer Ministro) en un momento en el que la violencia entre católicos y protestantes crecía y cada uno había formado un partido armado en procura del poder a expensas del rey, por entonces el efímero joven Francisco II que morirá el 5 de diciembre de ese año.
La regente y su ministro se imponen la tarea de una política de conciliación. Michel de L’Hospital agrega a sus convicciones profundas su vivencia personal: su esposa y su hija se han convertido al protestantismo.

El 13 de diciembre de 1560 se abren en Orleáns los Estados Generales. El nuevo Canciller debe pronunciar la Arenga en nombre del nuevo rey Carlos, de diez años. El objetivo es exponer la posición del trono en temas políticos, económicos y religiosos. Se pregunta como es posible que la religión, algo bueno que anima a las personas a vivir en comunidad y armonía puede suscitar el odio y el uso de las armas. Eso es contrario a la voluntad de Dios, exclama. “el cuchillo vale de poco contra el espíritu, salvo para perder el alma junto al cuerpo.” El cristiano que siga el Evangelio debe soportar la fuerza, no ejercerla, debe usar la palabra y no la espada. No es justificable matar en nombre de Dios y los súbditos de su rey no debieran usar más que “las armas de la caridad, las oraciones y la persuasión, palabras de Dios.” Solo bajo esas condiciones puede entablarse un combate en nombre de Cristo e inspirado por Cristo.

Evitar la violencia y, menos aun, renunciar al exterminio de una parte de sus súbditos, es la misión del rey. Para L’Hospital, la unidad política está por encima de la unidad religiosa, toda una novedad que recogerá John Locke un siglo más tarde. De todos modos el canciller no propone una renuncia a la religión oficial del Estado, impensable en esa época, sino que cree en la reconciliación bajo los supuestos del diálogo.

Entre tanto será necesario reconocer las diferencias religiosas bajo dos condiciones. En primer lugar la tolerancia civil, la voluntad de reconocer legalmente esas diferencias con el fin de preservar el orden público. En segundo lugar la tolerancia hacia la diversidad de caminos que conducen a Dios: “Tu dices que tu religión es mejor que la mía. Yo defiendo la mía. ¿Qué es más razonable, que tú sigas mi camino o yo el tuyo? ¿Quién podrá ser el juez sino un santo concilio? Mientras tanto suprimamos esos nombres de luteranos, hugonotes y papistas, nombres de partidos y sediciones y usemos todos el nombre de cristianos.”

Por fin, el canciller advierte solemnemente que aquellos que se sirvan de la religión como pretexto para generar problemas, tumultos o confusiones o si los disidentes se convierten en sediciosos y rebeldes a su rey se les castigará con rigor.

La arenga de Orleáns no es sólo un conjunto de reflexiones y promesas. L’Hospital y Catalina de Médici promoverán la reconciliación por todos los medios: Edictos de tolerancia y coloquios como de Poissy, reunido entre el 9 y el 14 de octubre de 1561 del que participaron cuarenta y seis prelados católicos, doce ministros protestantes y unos cuarenta teólogos. Los más doctos representantes de ambas confesiones debatieron sin llegar al menor acuerdo sobre la eucaristía o la autoridad del papado. De todos modos habría nuevos edictos de tolerancia, nuevos intentos de conciliación pero, el 1 de marzo de 1562, cincuenta protestantes murieron y otros ciento cincuenta fueron heridos por las tropas del Duque de Guisa, jefe del partido católico. La matanza de Wassy fue el comienzo de las guerras de religión.

Michel de L’Hospital procura organizar un tercer partido, el de “los políticos”, en el que reúne católicos y protestantes moderados. Con ellos reorganiza la estructura del Estado y simplifica su sistema jurídico. Cuando se convence que es imposible frenar las guerras de religión renuncia y se retira a la vida privada; era octubre de 1568. Durante la matanza de San Bartolomé (1572) su vida corrió peligro cuando una horda de católicos pretende tomar por asalto su castillo. Solo la intervención de tropas reales lo salva, pero ya es un hombre moralmente quebrado, muere unos meses más tarde, el 13 de marzo de 1573.
En el mundo islámico de hoy tampoco han de faltar hombres como Michel de l’Hospital. Pero ignoramos cuanta sangre correrá hasta que sus ruegos y hechos se conviertan en ley.

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