Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Las cartas de la Tolerancia

Durante el siglo XVII las Provincias Unidas (la Holanda de hoy) vivían su Edad de Oro. No sólo eran una potencia económica y cultural sino también tierra de tolerancia, donde encontraban refugio y espacio los disidentes religiosos

Durante el siglo XVII las Provincias Unidas (la Holanda de hoy) vivían su Edad de Oro. No sólo eran una potencia económica y cultural sino también tierra de tolerancia, donde encontraban refugio y espacio los disidentes religiosos

Benjamin Furly, un rico comerciante inglés de confesión cuáquera, era uno de ellos. En Rotterdam no solo amplió sus prósperos negocios sino que promovió activamente la discusión religiosa. Tenía una biblioteca de más de cuatro mil libros y en ella se reunía un grupo llamado “The Lantern” donde se conocieron John Locke y Pierre Bayle en un impreciso día de 1687 o 1688.

El primero tenía 55 años y una larga carrera detrás. Aunque este hijo de puritanos pasaría a la posteridad como filósofo era médico de profesión y en tal carácter se vinculó al conde de Shaftesbury, líder del partido Whig, adversario del absolutismo monárquico, de la exclusividad de la iglesia anglicana y de las persecuciones religiosas. También fue uno de los propietarios de la Provincia americana de Carolina cuya constitución redactó junto a Locke. Cuando Shaftesbury cayó en desgracia, Locke se exilió en Rótterdam, en 1683, donde prosiguió sus actividades intelectuales.

Pierre Bayle era quince años menor. Había nacido en Pamiers, una pequeña villa cerca de los Pirineos. Su padre era ministro calvinista, aunque Pierre se convirtió al catolicismo a los 22 años y por el breve lapso de diecisiete meses. Al regresar al calvinismo quedó expuesto a la persecución por relapso, de modo que se cambió el nombre, dio clases privadas en Paris, más tarde logró un puesto como catedrático de Filosofía en la Universidad Protestante de Sedan, en Lorena, hasta que en 1681 tuvo que refugiarse en Rótterdam.

Cuando conoció a Locke éste ya había escrito su célebre Carta de la Tolerancia --fue a fines de 1685-- aunque todavía se mantendría inédita por cuatro años. En cambio Bayle ya tenía una considerable obra publicada. Ignoro cuanto trato tuvieron estos hombres y cuantos argumentos intercambiaron.

Como disidentes perseguidos, ambos estaban particularmente interesados en el problema de la tolerancia, un concepto que no tenía aun el prestigio que alcanzaría recién en el siglo XVIII. Por entonces significaba menos una defensa efectiva del pluralismo que un mal menor, un paliativo contra la enfermedad de la unidad perdida de los cristianos, a cambio de la paz, el bienestar económico o la propia supervivencia.
Así la entendía Locke, un individuo “prudente, aficionado al dinero, poco propenso a las aventuras, calculador y frío, duro y legalista, [que] no estaba de ningún modo interesado en el idealismo religioso”, según la poco generosa descripción de Paul Johnson.

Locke sentaría las bases del pensamiento político liberal al afirmar que Estado e Iglesia constituían dos asociaciones diferentes, cada una con sus propias leyes y condiciones de pertenencia. Sobre este punto de partida al magistrado civil le compete solo la paz y gobierno de la sociedad. Lo mismo pensaba Bayle al distinguir entre “opiniones” y “acciones”. El juicio respecto de las primeras, dice, corresponde a Dios; el magistrado, en cambio, debe atenerse exclusivamente a los hechos y no le conciernen las cuestiones referidas a la conciencia o a la religión
Pero hay diferencias entre el pensamiento de Locke –esencialmente político- y el de Bayle, cuyo punto de partida es la religión.

El primero excluye del pacto de tolerancia a los ateos, los católicos y los musulmanes. Unos porque que tiran abajo el sustrato metafísico sobre el que descansa el contrato social: “Prescindir de Dios, aunque sólo sea de pensamiento, disuelve todo”. Los otros porque “no puede tener derecho a la tolerancia una Iglesia en la que cualquier persona que entre se somete al servicio y a la obediencia de otro soberano.” Este sería el caso del Papa y el Muftí de Constantinopla. Los católicos británicos pagarían durante siglos el costo de este argumento.

El concepto de tolerancia religiosa, relativo en Locke, es absoluto en Bayle.

Resulta difícil ocultar que las exclusiones de Locke responden a su posición en la política interior inglesa, pero también es cierto que los dos hombres parten de conceptos opuestos. Para el inglés la razón permitiría alcanzar la revelación divina y la correcta interpretación de sus mandatos superando las disidencias religiosas. El francés piensa lo contrario. Estudioso de las interminables querellas teológicas está convencido, al menos en materia religiosa, que el hombre apenas puede alcanzar la “verdad putativa”, es decir la verdad tal como se le manifiesta a cada uno, apelando a su etimología latina, la verdad “estimada, considerada, ponderada”. La verdad putativa es hija del gusto, la educación, el prejuicio o el lugar donde crecemos, “puesto que si hubiéramos nacido en la China seríamos todos chinos [politeístas], y si los chinos hubieran nacido en Inglaterra serían todos cristianos.”

Dios no exige más que la práctica del bien como ley natural. Bajo esas condiciones es posible fundar una “república” donde todas las confesiones tengan lugar sin degenerar en tiranía o desgobierno. Bayle se atreve, incluso a cruzar una frontera impensable para el siglo XVII y que Locke no cruzó: en su república caben los ateos: Aun en la “hipótesis imposible” de que Dios no existiese […] el ateo conocería que hay una diferencia entre el vicio y la virtud de una manera natural […] y no habría motivos para excluirlo de la sociedad…”

En 1688, John Locke regresó a Inglaterra en ancas de la Revolución gloriosa, fue nombrado Comisionado de la Cámara de Comercio, publicó la totalidad de sus grandes obras y vivió confortablemente hasta los 72 años.

Pierre Bayle, en cambio, jamás pudo regresar a Francia y sus opiniones revolucionarias le valieron también la inquina de sus correligionarios calvinistas, algunos muy poderosos, que no le hicieron la vida fácil. Murió en 1706, a los 59 años. En el siglo XVIII algunos ilustrados rescataron su obra pero ésta se mantuvo mayormente desconocida. En 1906 se erigió una estatua en Pamiers con este texto: “La reparación de un largo olvido”.

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