Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

El vuelo del señorío

Entre las llamadas y el Carnaval, partió Carlos Páez Vilaró. Nonagenario, a su última hora llegó entero, lúcido, dueño de sus actos. En la ruta ascendente que demarcó Tálice, supo trasmutar la vejentud en divino tesoro: hasta el último suspiro exhaló sentido, entrega y creación.
Pintor autodidacta, se consagró mundialmente sin que lo aplaudiera la academia. Poeta, reflejó el espíritu místico que nos inspira a los uruguayos -pueblo laico, a ratos indiferente, pero hecho con almas nunca del todo ajenas a los impulsos y transportes de la religiosidad.

Entre las llamadas y el Carnaval, partió Carlos Páez Vilaró. Nonagenario, a su última hora llegó entero, lúcido, dueño de sus actos. En la ruta ascendente que demarcó Tálice, supo trasmutar la vejentud en divino tesoro: hasta el último suspiro exhaló sentido, entrega y creación.
Pintor autodidacta, se consagró mundialmente sin que lo aplaudiera la academia. Poeta, reflejó el espíritu místico que nos inspira a los uruguayos -pueblo laico, a ratos indiferente, pero hecho con almas nunca del todo ajenas a los impulsos y transportes de la religiosidad.

Por su modo de irse, parecería que la helada Dama del Alba vino a buscarlo en puntas de pie, como respetando la altura de vida que supo construirse ese ejemplo de uruguayo libre, independiente, que sin ataduras ideológicas hizo dentro de sí la síntesis de las razas, los credos, los idiomas, las clases sociales y las distancias económicas y geográficas.

Llevaba la grandeza puesta y era señor de sí mismo. Se distinguió por sus talentos y virtudes, como muy bien manda la Constitución.
La noticia de que su personalidad sin tiempo acababa de apagarse nos hermanó en un sentimiento unánime.

Por cierto, el concepto de unanimidad está hoy machacado y hasta pervertido.

En nuestro Uruguay, construido desde partidos históricos que se nutrieron con la divergencia frontal entre sus prohombres –enzarzados en polémicas a pueblo abierto en diarios, radios y esquinas-, la unanimidad –por adhesión a una ideología, a un programa o a las ganas de quedarse en el poder- se viene invocando para acallar con bozal a quien ose musitar discrepancias o perfilar personalidad propia.

De ese modo, el recuento de los que son supuestamente todos se hace valer por encima de las ideas de los que son supuestamente pocos; y la unanimidad se transforma en el sobrenombre del no pensar y del quietismo zombi.

Pero el sentido profundo de la unanimidad no es ese -deformado por maneras distraídas de entregar la libertad- sino el que brota del origen latino del vocablo. “Unánime”, como anuncia la palabra, indica la unificación de los ánimos -las mentes, los pareceres, los sentimientos- y penetra las fronteras de las ánimas, las almas en su desnudez.

Y ese valor –el de la auténtica unanimidad de las personas y no de los aparatos de poder- nos lo hizo recuperar el tránsito vital de nuestro gran aeda de Punta Ballena. Por un rato, pero con estela por dentro.
En estas mismas horas, el Presidente Mujica ha vuelto a insistir con la necesidad de no vivir para consumir y ha reclamado atender otros valores. En eso, tiene razón.

Pero no saldremos del laberinto consumista ni de la destrucción de los afectos si sigue reforzándose el resentimiento y atizándose la guerra de clases, en vez de afirmar los valores humanos por encima de la circunstancia –rica o pobre, abundosa o estrecha- que nos vaya tocando en cada coyuntura de vida.

La alegría hermana lo que la moda divide, cantó Schiller en su Oda. La conciencia de grandeza, también.

Por eso, si desde Páez recobramos el vuelo del señorío, ¡qué país podremos construir!

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