Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Voto y Perdón

Pasado mañana la elección va a cerrarse en los mismos minutos del crepúsculo en que estará empezando el Día del Perdón.

Excepción sin precedentes: por una pandemia que obra como azote bíblico, corrimos cuatro meses y medio los comicios departamentales; y vinimos a toparnos justo con la celebración anual con mayor arraigo en el Antiguo Testamento. La coincidencia no merece pasar inadvertida.

Define la Constitución que nuestra democracia se funda en la persona. Y desde sus albores, la persona siempre ha emergido de clamores cuya dimensión es bíblica -cualquiera sea el grado de fe, o no fe, de cada uno. El domingo, a reiterar la cita. Atravesaremos calles, caminos, arroyos y descampados. Haremos cola con barbijo, alcohol y distancia, como antes a cara descubierta. Iremos a cumplir el acto mayor de la democracia: votar.

Entre las alegrías y los dolores, entre los sainetes, comedias y tragedias de la vida pública, toda elección contrapone partidos y pasiones, pero nadie debería olvidar que para resolver las contiendas, la Constitución es mucho más que un código de procedimientos. Es un programa.

Por eso, no basta elegir entre las góndolas de ilusión que montan y desmontan los nombres y los partidos. La Constitución nos llama a mucho más que eso: a una vida diaria de unión y armonía con principios y valores que nos imponen -a todos por igual- orden, respeto y búsqueda de lo superior. Nos convoca a esforzarnos por convertir la angustia de hoy en edificación del mañana.

Ahora bien. Cualquiera sea la afinidad o el rechazo hacia las meditaciones religiosas y metafísicas, los mandatos de la Constitución se fundan en conceptos que maduraron a partir de filosofías greco-judeo-cristianas, que hoy serán laicas y aun ateas, pero que reelaboran los Mandamientos recibidos por Moisés en el Monte Sinaí y, tras pasteurizaciones varias, reformulan -como axiomas jurídicos o datos inmediatos de la conciencia- todos los que se atribulan por el destino de la criatura humana.

El judaísmo vive el Día del Perdón con unción religiosa, ayuno y ritos. Es jornada singular del calendario de todos, recibida con pleno respeto hacia los que cierran y se abstienen. Pero la convivencia, como la Constitución, no debe reducirse a un código de tolerancia, buenos modales y procederes externos. Nunca.

Y menos ahora, que, tras décadas de desvaríos, la humanidad llora el éxodo de sí misma y sufre el peso de las mismas interrogantes que atormentaban al pueblo judío en el desierto, antes que lo alumbrasen los Mandamientos.

El Uruguay ciudadano y laico debe rescatar la esencia de la interpelación personal del Día del Perdón y desde allí reafirmar los sentimientos normativos hoy anestesiados. Solo así podrá recuperar a la patria desde el llano que permanece, en vez de esperarlo de los gobiernos que pasan.

Puesto que tenemos una ejemplar convivencia entre religiosos institucionales, creyentes sueltos, espiritualistas laicos y materialistas ateos, juntémonos a enterarnos de lo que cruje y falta en nuestros cimientos íntimos. Aprendamos a reedificarnos desde el caos.

Para ello, usemos toda la tecnología que les faltó a los grandes fundadores de la República, y, a la vez, recuperemos todo lo que a ellos les sobró: valentía y fuego en el alma para pronunciar el voto. Y para, con muy poco, darnos un porvenir noble.

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