Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Una vigilia en islotes

El COVID-19 nos cambió todo. Suspendió el abrazo, el beso y el apretón de manos. Nos prohibió transitar libremente por edificios públicos y privados, incluso cuando acudimos a cumplir las funciones sobrehumanas de curar, cuidar y defender.

Nos tapó la mitad del rostro. Nos alejó de familiares y amigos. Hacia afuera nos cerró las fronteras. Hacia adentro nos confinó en islotes.

Y en islotes nos encontrará esta Nochebuena, vigilia de una Navidad que se constriñe entrecasa, porque están permitidos los gimnasios pero no los cultos religiosos -lo cual es absurdo, como bien señaló Jaime Fuentes, Obispo Emérito de Minas.

Por cierto, las misas dejaron de ser multitudinarias mucho antes que llegara el coronavirus y últimamente se celebran con muchos protocolos juntos y escasos feligreses separados. Pero en esas materias, el tema no es cuantitativo sino de sensibilidad y de principios. Al auténtico liberalismo de espíritu, le duelen todos los amores y todas las espontaneidades que desde marzo viene rebanándonos el virus: del primero a la última, sin más distinción que la jerarquía espiritual, la misión moral y el sentido práctico de lo que se nos va disciplinando, recortando y aun vedando.

Las cuestiones de conciencia constituyen el cogollo mismo de lo humano. Mientras el repicar de los datos diarios nos llama a protegernos cada vez más de las amenazas en crecimiento, la voz interior en vigilia nos llama a enfrentar, reflexionar y batallar por la familia de sangre o de alma, y nos impele a proponernos -como personas y como país- salir enhiestos y mejores de una tragedia internacional que nos tomó desprevenidos.

En el Uruguay, hace mucho tiempo que dejamos afuera de la conversación buena parte de nuestros dolores, callamos nuestros estados del ánimo y soterramos los clamores del ánima. ¿Por qué? Por haber relegado la clásica formación humanista -literaria, musical, lógica y metafísica-, por habernos acostumbrado a silenciar las preguntas y angustias de la religiosidad, por habérsenos colado fanatismos con pretexto ideológico, por haber importado materialismos enceguecedores. Y también por pereza, por “no te metás” y por “de eso no hablemos para evitar discusiones”.

Hace largos años destronamos lo personalísimo -despreciado por una supuesta objetividad social o científica-, menoscabándolo como “meras subjetividades” apiladas en un sótano sin regreso. A la vida interior le pusimos tapabocas largos años antes que a nuestras caras se lo impusiera la OMS. El resultado ha sido el debilitamiento de la ambición idealista, que en horas como éstas debería levantarnos juntos, desde todas las laderas de la fe, la meditación, las perplejidades y las preguntas entreabiertas al Misterio.

Laicos pero no indiferentes, liberales pero no relativistas, abiertos a comprender todas las ideas pero no dispuestos a recorrerlas como turistas banales, erguidos ante la tragedia internacional, ya sintamos la Navidad como realidad o como símbolo, rescatemos lo que tenemos callado. Vitalicémosla como un gran renacer a pesar de todo, como una cita con los Mandamientos y como una convocatoria a luchar por el bien, en respuesta a tantos males que afligen al mundo.

Desde el islote que nos toque, recordemos que la idealidad no es un callejón de sueños muertos sino una razón para vivir por encima de los tiempos y hasta para vencer a la muerte.

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