Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Otra vez el Verbo

El Año Nuevo 2021 entrará sin siquiera tener a medio resolver ni uno solo de los intríngulis que generó la pandemia. Ensayado todo, nada ha sido efectivo para frenarla. 

El virus se expande lo mismo en Suecia que en EEUU, lo mismo en la Argentina de la cuarentena que en el Uruguay de la libertad responsable.

Segunda ola. Y una vacunación tan dudosa, que no sabemos si es una desgracia o una suerte venir en el pelotón de los rezagados. Este 2020 volvió a certificarnos la humana vulnerabilidad y a desmentirnos el delirio del ascenso sin fin.

Y vamos extrayendo lecciones.

La idea de que el Uruguay estaba indemne hizo que nos aflojáramos por dentro cuando recién iba a llegar lo peor. Atosigarnos de números sobre lo irreversible -muertos, contagiados, portadores- puede llevar el susto al paroxismo pero no estimula la reflexión. Y de esta guerra contra un enemigo invisible e insidioso no se sale sin levantar las fuerzas espirituales y morales para generar nuevos hábitos conscientes, que sean fruto del amor al prójimo y no del terror al cercano.

Tampoco es cosa de creer que la ciencia es infalible, y merece que nos prosternemos ante sus cultores. La ciencia es pensamiento que observa y organiza, es inteligencia en ropa de fajina. De buena fe muchos gobiernos -entre ellos el nuestro- se apoyaron con plena ilusión en los dictámenes de los especialistas, pero en todos lados los resultados chocaron contra la evidencia de que los hombres que hacen ciencia anduvieron y siguen hoy al tanteo, buceando en lo desconocido. Por tanto, la ciencia de estos tiempos no se parece a la que con Galileo descubrió el movimiento de los planetas ni a la que con Newton dedujo la ley de gravedad. La actual cultiva la duda crítica de un Bachelard, la anarquía fecunda de un Feyerabend o la fermentalidad interrogante de nuestro otra vez joven Vaz Ferreira.

Abrupta, la agresión virósica nos arrancó de cuajo de todo confort y toda molicie. Erizados de tecnología y atravesados por la comunicación mundial, volvimos al punto de partida de lo elemental. Regresamos a los palotes de la palabra razonada, discurrida, amasada por dentro: el logos de los griegos, que hace siglos tradujimos como “el Verbo”, vibración donde las ideas hacen almácigos para trasplantarse a la acción práctica.

El Verbo será Dios, como afirma el cristianismo desde el Evangelio según San Juan, o será apenas la inteligencia ordenadora de la evolución material hecha autoconciencia, como argumenta el materialismo filosófico. Pero ya venga de afuera y arriba o ya venga de abajo y adentro, en ambos casos vuelve a convocarnos a una responsabilidad suprema: pensar.

Del pensar surgió el primer homínido y a esa responsabilidad lo llamó la certeza íntima de tener un albedrío. Del pensar surgieron los ideales y los sueños, semillas de la gigantesca empresa de la cultura, de la lucha contra las miserias y de la construcción de la gran empresa mundial de la persona, la familia y los grupos de gestión ligados por una apuesta enteriza al Bien.

No saldremos de este marasmo si lo encaramos en la cortita de los datos materiales a la medida del virus.

Lo interpelado es hoy la infinitud de lo humano. Y en una República fundada en la persona, para sentir esa infinitud debemos convocar a la masa silente y desorientada que hoy nos abochorna.

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