Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Lo que vendrá

Aplaudo que el Dr. Julio M. Sanguinetti haya ido a dialogar con los senadores Lacalle Pou y Larrañaga en procura de coincidencias que aseguren que, de triunfar la oposición, tendremos un gobierno con bases firmes, para llevar a buen puerto el desbarajuste que recibirá.

Vuelve a conmoverme el ciudadano que, ante un país cundido de apremios morales y desgarrado por el crimen, no se echa a descansar en el pedestal que ya tiene en la historia de nuestra libertad; y para volver a servir al país sin cargo y desde el llano, asume cargas de altura. Ojalá el esfuerzo fructifique: le hará un gran bien a la democracia que cada uno elija sabiendo qué ideas inspiran a cada partido.

La ciudadanía toda —no solo los votantes del actual oficialismo— ha sufrido decepción y frustración al comprobar que se estuvo tropeando votos con señuelos. A todos nos ha dolido que se hayan usado los sentimientos de izquierda para encaramar en el poder un presídium que termina firmando un contrato entreguista con UPM —el Estado se obliga, la empresa no—, arruinando el orgullo nacional que fue Ancap y después forcejeando para que los responsables del descalabro sobrevivan políticamente con cara de yo-no-fui.

¿Cómo no van a angustiarnos a todos tamañas prácticas, si sabemos que engañar al votante es una forma extrema de fraude electoral?

El planteo del Dr. Sanguinetti no debe minimizarse, pues, como si fuera una mera movida del ajedrez preelectoral. Dialogar con los no correligionarios es un imperativo siempre, pero más lo es ahora que venimos de una larga temporada sin definir metas y arriando banderas.

Hacen bien los prohombres, pues, en hablar. Pero la tarea no es solo de ellos. Sustituida la prédica por el mercado de eslóganes, sin costumbre de abrazar finalidades comunes, hace falta que todos digamos en voz alta qué pensamos, para hacer fecundas nuestras afinidades por encima de candidatos y lemas. Y no solo para un quinquenio sino para las décadas cuyos cimientos debemos asentar lúcidamente, volviendo a practicar la libertad creadora y el pulimento recíproco de los conceptos.

Nada de esto se sustituye por publicidad ni por encuestas. Es tarea de filosofía política, de Derecho Público, de Filosofía del Derecho y de filosofía a secas. No es función solo para especialistas refugiados en un lenguaje técnico. Es misión para todo ciudadano inquieto por su destino y el de su prójimo, que, dejando afuera todo preconcepto y enterrando toda pereza mental, se preocupe por devolver solidez a las bases de la República.

Es tiempo de aplicar a los temas del Derecho y la cultura, el mismo rigor que exige calcular la estructura de los edificios para que no los voltee el primer huracán. Tarea difícil, porque la resistencia de los materiales humanos es mucho más lábil que la del hierro y el hormigón, pero tarea imprescindible para que el vaciamiento doctrina-rio no arramble con la democracia.

En los límites superiores de la decadencia no tiene por qué estar el caos. Tampoco la pérdida de fe en los valores. Tampoco la desesperanza.

Si ya se nos ha institucionalizado la tragedia nuestra de cada día, este modo de mal vivir, que ya no es crisis sino decadencia, debe redoblarnos la voluntad de lucha, el espíritu de sacrificio y la vocación de servicio ciudadano, a pie y sin más interés que el de imprimirle dignidad a lo que vendrá.

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