Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Un Solo Uruguay

El movimiento Un Solo Uruguay ya está acuñado. Por fuera de credos, partidos y sindicatos, ciudadanos libres y diferentes entre sí resolvieron hablar fuerte sobre los dolores que sufrimos todos.

Inicialmente, el gobierno rechazó hablar con ellos. Adujo que carecían de organización institucional. Acaso por adorar ideologías que sólo hablan de movimientos sociales y por haberse acostumbrado a desentenderse del valor creativo de la libertad individual, el Poder Ejecutivo no advirtió que la espontaneidad y la falta de estructura son siempre fuente de legitimación y señorío.

Lo fueron en España, con los Indignados de estos años. Lo son en Francia, con los Chalecos Amarillos de los últimos días. Y lo son en la Banda Oriental desde mucho antes de aglutinarse como nación: por ejemplo cuando el 21 de Setiembre de 1808 los súbditos sintieron que no podían obedecer a una España cuyo rey había sido destronado por las tropas napoleónicas. Desde allí nos viene una tradición de llaneza en los planteos públicos.

La monocordia de los últimos años y la concentración del poder en cónclaves a puertas cerradas no han matado esa tradición, que asoma en las múltiples voces independientes que hoy dicen a la opinión pública mucho más que los legisladores que no saben hablar y los Ministros que se callan porque no pueden justificar sus actos.

En esa tradición de llaneza, propia de las personas dueñas de sí mismas, se inscribe el valor histórico de las voces de Un Solo Uruguay contra las asfixias que impone nuestro actual modo de mal vivir.

Eso sí: hoy, consolidado el movimiento y su lista de reclamos, es imperioso recordar que ni la economía, ni los planes de educación ni la ansiada recuperación de la seguridad bastarán para hacer que el Uruguay deje de vivir fracturado y sea realmente uno solo. Es que sigue siendo verdad lo que enseñó Ernest Renan en 1882: “Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas constituyen esta alma, este principio espiritual. Una es la posesión común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos. Igual que el individuo, la nación es la culminación de una larga historia de esfuerzo, sacrificio y entrega.

Una historia heroica, grandes hombres y gloria verdadera constituyen el capital social sobre el que construimos una idea nacional. Tener grandes glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente, haber hecho grandes cosas juntos y querer volver a hacerlas, estas son las condiciones esenciales para ser un pueblo. Amamos en proporción a los sacrificios que hemos hecho y los males que hemos padecido… Haber sufrido, disfrutado y esperado juntos vale mucho más que las aduanas comunes y las fronteras estratégicas.”

Si levantamos la mirada hacia el país que quisimos ser y la bajamos a éste en que estamos y si en vez de contraponer relatos materialistas que alimentan incomprensión y odios, volvemos a sentir a la Constitución como ideal de vida, entonces sí hemos de unir nuestras diferencias en una República capaz de acoger las diversidades sin explotarlas demagógicamente y sin subsidiarlas tortuosamente.

Para eso, no sigamos importando y mal remedando costumbres ajenas, ya fuere en algo tan importante como los procedimientos judiciales o en temas de apariencia banal, como colgar el retrato del Presidente de la República en las oficinas jerárquicas y con ello confundir la majestad permanente del Estado con la efigie del gobernante transitorio, a contramano de nuestra tradición institucional.

Al revés de esas imitaciones, busquemos ser nosotros mismos. Si Estados Unidos con Trump, Gran Bretaña a los ponchazos en el Brexit, España con su monarquía semianárquica, Alemania en menguante e Italia hecha puzzle no pueden guiarnos, recordemos las veces que salimos adelante solos, abrazando principios, haciendo camino al andar y adquiriendo personalidad no por una imagen marketinera sino merced a salvar nuestra propia esencia.

El relativismo mundial nos enzarza en toda suerte de decadencias y brutalidades. Entrecasa convivimos con la droga y hasta su apología. Los fanáticos siguen cavando zanjas entre las llamadas “izquierda” y “derecha”. Respondamos a todo eso con Rodó y Vaz Ferreira, reflexionando juntos hasta fusionar nuestros horizontes de modo que pongamos en valor e impongamos en todo el país lo mejor de nosotros mismos: la limpieza de Colonia Suiza, la pureza del español hablado en Rocha, la incorruptibilidad de los modestos servidores que hacen grande al país. Busquemos, de veras, los grandes ejemplos que aun tenemos en nuestro jardín.

Por esa vía, aprenderemos a respetar a todos los muertos por el Uruguay, hayan caído otrora en luchas fratricidas o caigan ahora por balas como la que acaba de matar a un niño de apenas 8 años.

Para que la idealidad nos una, hará falta que nuestro espíritu vuelva a levantar vuelo. Y, además, que la ineptitud sea no sólo causal de destitución sino obstáculo infranqueable para alcanzar el poder...

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