Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

UPM y otros silencios

El viernes en Radio Oriental, el Dr. Gustavo Salle -respondiendo a preguntas de Mauricio Almada- expuso un alud de fundamentos para negar validez legal a los acuerdos que el gobierno viene apalabrando y firmando con UPM.

Habló con su vehemencia habitual. Pero esta vez, agregó algo distinto: se encadenó, en protesta ante la Casa de Gobierno.

El sábado la Plaza Independencia amaneció atravesada por un vallado tan completo como antiestético. A un lado, Salle. Al otro, el acto oficial por el Día del Ejército. Al aire libre. Buena decisión del Presidente. Tras haber homologado el fallo sobre Gavazzo en el clima enrarecido y lúgubre que generó firmar sin leer y que completó al defenestrar a un Ministro leal que se moría de cáncer, se ve que aprendió cuánto vale el aire libre.

Eso sí: la ceremonia fue a cielo abierto pero no a Plaza abierta. La Plaza, como dijimos, quedó partida en dos fracciones desiguales, cuya asimetría patentizó el divisionismo irracional que corroe al país.

El encadenamiento de Salle fue un acto fuera de escala. El vallado gubernativo, una exageración. Pero hubo un exceso mucho peor que esos dos. Por unas horas, fueron noticia el abogado entre cadenas y la Plaza entre fierros, pero enseguida el episodio se volatilizó. Se hundió en el silencio de costumbre, que acalla responsabilidades sin medirlas y ahoga argumentos sin examinarlos. ¡Y ese silencio con clima de “no pasó nada” es un escándalo mayor, porque convierte al ciudadano en mero espectador de las noticias, que le desfilan como un entretenimiento, en vez de impulsarlo a asumir la carga de analizar, juzgar y reclamar por derecho propio!

Para la libertad, no basta dejar que el otro diga lo que quiera si los interlocutores enrejan las plazas y taponean los oídos para no tomarse el trabajo de pensar. La libertad exige aprender a escuchar, incluso a los que sobreactúan y se les va la moto. Lo enseña la doctrina universal tanto como la experiencia del terruño.

Los derramamientos de sangre en torno al poder terminaron un día de 1904 en campos de Masoller. Desde sus pastos, el gemir y el dolor se trasmutaron en estertor abierto a las alegrías de la vida republicana. A partir de la Paz de Octubre, el Uruguay capitalizó sus 30 años anteriores de meditaciones religiosas y laicas. Y entrenó a sus hijos en el arte de oír y pensar.

Fue así, a punta de debates, que se forjó un país capaz de albergar y convertir en ciudadanos pacíficos a anarquistas tirabombas, que aquí fueron escuchados por las cabezas abiertas de gobernantes como Batlle y Ordóñez, Arena y Brum y de opositores como Roxlo, los fundadores de El País, Ramírez, Carnelli y Frugoni, que en el fervor de sus polémicas dieron ejemplo de liberalismo republicano y generaron idealistas que trascendían a partidos, doctrinas, izquierdas y derechas.

Hoy el Uruguay es un parque temático pendiente, con la calle muda. Cuando asoman voces independientes -Sarthou, Brecha- o surge un outsider responsable -Talvi, Novick-, generalmente descubrimos que podemos concordar con el que vota diferente. Pero no cultivamos las diagonales fecundas de tales coincidencias. En vez, reducimos las convicciones a asunto privado. Olvidamos que ellas son nosotros mismos.

Por eso, aceptamos que cualquier estupidez en twitter se transforme en noticia, mientras se silencia todo lo que tenemos sin aclarar sobre UPM y otras yerbas.

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