Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Las otras traiciones

Evocando el clásico libro de Julien Benda La trahison des clercs —textualmente "La traición de los clérigos", pero propiamente "de los intelectuales"— El País fustigó el domingo a las figuras técnicas y académicas que abdican de la independencia y se convierten en "intelectuales orgánicos" "traicionando lo que debería ser su papel".

Afirmó: "Una sociedad sana necesita de elites intelectuales que critiquen todo lo criticable, denuncien todo lo denunciable y señalen caminos mejores a los recorridos. Eso los obliga a cuestionar aun a los de su propio bando. Si los intelectuales no cumplen esa tarea, nadie más la va a hacer. Y si una sociedad carece de esa fuente de lucidez, se volverá menos racional, menos lúcida y finalmente más vulnerable".

Con ejemplos de opiniones políticamente sumisas, proferidas en estos días por personas con formación y prestigio, concluyó: "Si los intelectuales y técnicos no cumplen su función social con independencia y responsabilidad, estamos perdidos". De acuerdo. Y no solo respecto a los estudiosos con renombre sino también a los simples mortales, pues para que lo humano, la libertad y la República funcionen, hace falta que todos empujemos el pensamiento hasta sus últimas consecuencias y todos le llamemos al pan, pan, y al vino, vino.

Es que todos estamos llamados a sentir y pensar a fondo. Todos tenemos intelecto. Por tanto, distinguir a los "intelectuales", diferenciándolos del resto de la sociedad, es impropio de la convivencia deliberativa republicana. Más bien suena a nuevo oscurantismo: en el antiguo, unos pocos iniciados "sabían" y el resto obedecía y callaba por fe, por oráculo o por alquimia; en el nuevo, unos pocos arman consensos políticos y los de afuera son de palo, de modo que la doctrina y la pertenencia sectorial se usan no ya para impulsar y crear, sino como vallas infranqueables para el pensamiento. ¡Y eso es lo contrario de la República que la Constitución nos manda ser!

Dolorosamente, en la actual decadencia la obligación de ser independiente no es violada solo por encumbrados intelectuales con anteojeras ideológicas o intereses de círculos. Además, viola esa obligación la caída de la inveterada costumbre familiar y ciudadana de debatir sin miedo y de formar convicciones en el bruñirse de unos espíritus con otros.

A esa caída empujó el relativismo cruzado con el determinismo socioeconómico, la potenciación de irracionalidades y el silenciamiento de la prédica formativa.

A fuerza de callar los grandes ejemplos de nuestra historia, de olvidar a nuestros pensadores, poetas y músicos y de matar la inspiración, hemos logrado que hoy haya legión de prójimos que carecen de lenguaje para entusiasmarse, interrogarse, indignarse o condenar.

Lo traicionado no es entonces solo el deber de los iluminados de punta. Además en cada silencio cómplice están siendo traicionados deberes tales como defender los principios desde el alma, deliberar con lógica y asentar la democracia republicana en la virtud ciudadana y no en la indigencia valorativa.

A la vista de lo que hemos llegado a ser por causa de estas traiciones, el Uruguay nos impone hoy exigencias personales y colectivas tan perentorias como inaplazables. Son de todos. Y para todos.

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